Era una noche de verano en el sur de España. Calor pegajoso, el aire quieto y el zumbido lejano de algún aire acondicionado. Estaba solo por trabajo. La habitación del hotel era sencilla, con la ventana entreabierta y la luz cálida de la lámpara de noche.
Llevaba semanas con la misma idea rondándome la cabeza. La curiosidad. Esa gana sorda de saber cómo se sentiría estar con otro hombre. No lo había hecho nunca. Ni siquiera lo había intentado. Pero esa noche, después de una ducha y con la toalla todavía en la cintura, abrí la aplicación de citas.
Puse el filtro en hombres. El corazón me latía un poco más fuerte solo con eso.
Empecé a deslizar. Algunos perfiles me dejaban frío. Otros me hacían apretar un poco más las piernas. Hasta que paré en uno. Moreno, mirada directa, poca información y una foto de torso. Le escribí sin pensarlo demasiado.
En menos de diez minutos estábamos hablando. El tono fue subiendo rápido. Él era claro. Yo, más tímido, pero no me eché atrás. Le dije que era mi primera vez con un hombre. Que estaba nervioso. Que no sabía exactamente qué quería, solo que necesitaba probarlo.
Él respondió con calma:
—Entonces déjate llevar. Yo me encargo.
Quedamos en que vendría a mi hotel. Mientras esperaba, me vestí solo con el bóxer oscuro y me senté al borde de la cama. La polla ya se me estaba marcando solo de imaginarlo. Me toqué por encima de la tela, despacio, sintiendo cómo se ponía más dura. Me bajé un poco el elástico y me acaricié el bajo vientre, el vello, la base. Estaba caliente. Nervioso. Y muy duro.
Cuando llamaron a la puerta, el corazón me dio un vuelco.
Abrí.
Él entró sin decir mucho. Me miró de arriba abajo, se acercó y, sin pedirme permiso, me puso una mano en la cintura. La otra me sujetó la mandíbula con suavidad y me besó. Fue un beso lento, profundo, de alguien que sabía lo que hacía. Yo me dejé. Me abrí la boca y noté cómo se me ablandaban las piernas.
Me empujó con suavidad hacia la cama. Me tumbé. Él se quedó de pie un segundo, mirándome, y luego se bajó el pantalón. No llevaba ropa interior. Su polla estaba semidura, gruesa, más oscura que la mía.
—Ábrete las piernas —me dijo en voz baja.
Lo hice. Sin discutir. Sentí cómo se me ponía todavía más dura la polla solo de obedecer.
Él se arrodilló entre mis muslos, me bajó el bóxer de un tirón y me dejó expuesto. Me miró un momento, como disfrutando de la vista, y entonces me agarró la polla con una mano mientras con la otra me rozaba los huevos y bajaba hacia el culo. Solo un dedo. Seco al principio. Luego se llevó la mano a la boca, la humedeció y volvió a tocarme el agujero, presionando apenas.
Yo tenía la cabeza echada hacia atrás, respirando por la boca, las piernas abiertas y la polla latiéndole en la mano.
—Así… —susurré—. Así me gusta.
Él sonrió un poco y siguió tocándome. Despacio. Sin prisa. Como si tuviera toda la noche para abrirme.
Y yo, por primera vez, me dejé hacer.
Completamente.
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