Esto pasó en los años noventa. Recuerdo que en casa se festejaron los 15 años de una de mis sobrinas y esto se volvió una fiesta de tres días. Por mi trabajo y la necesidad de ir al centro de la ciudad de México, me tuve que ausentar de la fiesta el día domingo, dejando a mi familia en casa de mis padres.
Bueno, les comento que sí soy de carrera larga, pero también soy muy comprometido con mi trabajo.
Esa misma noche no pude coger con mi esposa y andaba con la verga parada. Al llegar al metro Salto del Agua, la cruda ya me estaba comenzando y me pasé a comer un caldo de gallina y me tomé unas cervezas. Compré lo necesario y al pasar por Eje Central miré la marquesina del cine Teresa anunciando su permanencia voluntaria: películas XXX. La curiosidad me mató. Pagué mi boleto, penetré al interior. Al no ver muy bien, decidí sentarme en las primeras butacas y, en la mera entrada de las mismas, era el primero.
Recuerdo que era una película de Mario Salieri de un sacerdote y varias monjas, morbo al máximo, cogiendo y varios agasajando.
De repente, aunque había mucho ambiente, a mí me ganó el sueño por la desvelada más las chelas y la comida que me relajaron. Me cuajé.
No sé cuánto tiempo pasó y comencé a sentir algo suave pero muy caliente y duro sobre mi boca y cara, con un muy agradable aroma. Esa sensación en mi vida la había sentido.
Entreabrí mis ojos y vi una verga grande, ¡wow!, como si fuera un pepsi cilindro. Ese aroma y ese pedazo de carne me calentaron muy cabrón y comencé a abrir inesperadamente mi boca lo más que pude y a comer ese tronco inmenso. Sí, soy de mandíbula amplia y me comenzó a coger la boca. Ya con la calentura al máximo, me saqué la verga y me comencé a masturbar. Mi verga estaba hecha piedra. Yo, con 23 años, era muy caliente. Seguía con los ojos cerrados, solo escuchaba la voz de mi cojedor diciéndome: “Qué rico mamas la verga”. Yo ni sabía, jeje, que siguiera. Les juro que duró como 20 minutos cogiéndome la boca y yo muy excitado.
De repente me dice: “¿Traes papel?”. Moví mi cabeza afirmativamente y comenzó a venirse a chorros, llenando mi boca de semen. No me pude tragar todo por lo mismo de su grosor.
Pero qué rico sabía su esperma. Su higiene determinaba que se alimentaba muy bien y su sabor, por ende, era maravilloso. Me dio las gracias, se limpió y se fue. Yo pasé a los baños, también me limpié, me salí sabiendo que esto era el comienzo de algo muy rico en mi vida.
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