Noche de secretos bajo el calor del norte
El calor del verano en el norte de España no solía ser tan sofocante, pero aquella noche de julio de 2020 se había colado entre las montañas como si quisiera recordarnos que el mundo seguía existiendo más allá de las restricciones. Estábamos en la casa de campo de los padres de Marcos, a las afueras de un pueblo pequeño de Asturias. El confinamiento había reducido nuestras vidas a videollamadas y paseos limitados, así que cuando Lucía cumplió veintiséis años, los cuatro decidimos saltarnos un poco las reglas. Solo un poco. Solo entre nosotros.
Éramos cuatro: Lucía y yo (Ana), amigas desde el instituto; Marcos, el anfitrión, y Hugo, su primo, que había bajado desde León. Habíamos llegado por la tarde, con bolsas de comida, varias botellas de vino y una promesa silenciosa de no hablar de la pandemia. Durante las primeras horas todo fue normal: risas, recuerdos de fiestas pre-covid, alguna queja sobre el aburrimiento. Pero cuando el sol empezó a bajar y el vino a subir, el ambiente cambió.
La terraza daba al jardín. Las sillas de ratán crujían bajo nuestros cuerpos y el aire olía a hierba húmeda y a piel caliente. Lucía llevaba un vestido corto de tirantes, blanco, que se pegaba a su cuerpo cada vez que sudaba. Yo había optado por una camiseta fina y un pantalón corto. Los chicos, camisetas sin mangas y shorts. Nadie se había molestado en poner el aire acondicionado; el calor se sentía casi como una excusa.
—Os juro que nunca había tenido tantas ganas de… de algo —dijo Lucía de pronto, riendo, con la copa en la mano—. De tocar a alguien. De que me toquen. Este puto confinamiento me tiene loca.
Marcos sonrió de lado, ese gesto que siempre le había quedado bien.
—Yo pensaba que eras de las que se controlan —dijo.
—Me controlo cuando quiero —respondió ella, mirándolo directamente—. Y ahora mismo no quiero.
Hugo soltó una risa nerviosa. Yo sentí cómo el vino me subía a la cabeza más rápido de lo normal. Había algo en el aire, una electricidad que no venía solo del alcohol.
Empezamos a hablar de secretos. Primero tontos: quién se había masturbado más durante el confinamiento, quién había mirado perfiles antiguos de gente del pueblo. Después, más profundos. Lucía confesó que llevaba meses fantaseando con Marcos, desde antes incluso de la pandemia. Marcos admitió que la había deseado en silencio durante años. Hugo, más callado, dijo que a veces se imaginaba a las dos juntas. Yo me quedé en silencio un segundo demasiado largo.
—¿Y tú, Ana? —preguntó Lucía, girándose hacia mí—. No te hagas la santa.
Tragué saliva. El calor me subía por el cuello.
—Yo… he pensado en los tres. En los cuatro. En todo lo que no hemos hecho y podríamos haber hecho.
El silencio que siguió fue denso. Solo se oían los grillos y el sonido lejano de algún coche en la carretera.
Marcos fue el primero en moverse. Se levantó, cogió la botella y llenó las copas otra vez. Cuando se sentó, lo hizo más cerca de Lucía. Su rodilla rozó la de ella. Ella no se apartó.
—Si vamos a decir secretos —murmuró él—, entonces que sea de verdad.
Lucía lo miró. Después me miró a mí. Después a Hugo. Y de repente se levantó, se quitó el vestido de un solo movimiento y se quedó en ropa interior: un sujetador negro y una braga del mismo color. El aire de la noche le rozó la piel y se le erizaron los pezones.
—Cumpleaños —dijo, casi en un susurro—. Quiero regalo.
Marcos no dudó. Se levantó, la atrajo hacia él y la besó. Fue un beso largo, húmedo, de esos que empiezan suave y terminan con lenguas y manos agarrando. Yo sentí un calor bajo el vientre que no tenía nada que ver con el verano. Hugo me miró. Sus ojos preguntaban. Yo asentí casi sin darme cuenta.
En menos de un minuto estábamos los cuatro de pie. Las camisetas cayeron al suelo. Los pantalones. La ropa interior. El cuerpo de Lucía, pequeño y curvilíneo, se apretó contra el de Marcos. Yo me quedé frente a Hugo. Su polla ya estaba dura, gruesa, y cuando la toqué con la mano él soltó un suspiro que sonó casi a alivio.
Nos movimos hacia el sofá grande de la terraza, el que nadie usaba nunca. Lucía se sentó a horcajadas sobre Marcos y empezó a frotarse contra él, sin meterlo todavía, solo sintiendo el calor de su polla entre los labios de su coño. Yo me arrodillé delante de Hugo y lo chupé. El sabor salado de su pre-semen me llenó la boca. Él me agarró el pelo con suavidad y empujó un poco más profundo.
—Joder, Ana… —murmuró.
Al lado, Lucía ya tenía la polla de Marcos dentro. Gemía bajo, agarrándose a sus hombros mientras subía y bajaba. El sonido de piel contra piel se mezclaba con nuestros jadeos. Hugo me levantó, me sentó sobre él y me penetró de un solo empujón. Estaba tan mojada que entró sin esfuerzo. El calor de su polla dentro de mí me hizo echar la cabeza hacia atrás.
Durante un rato solo hubo movimiento y respiraciones. Después cambiamos. Lucía se arrodilló entre mis piernas y me lamió mientras Hugo la follaba por detrás. Marcos se puso delante de mí y yo le chupé la polla todavía húmeda del coño de Lucía. El sabor de ella en él me volvió loca.
En algún momento terminamos en el suelo, sobre la manta que alguien había traído. Lucía y yo nos besamos mientras los chicos nos miraban, tocándonos, metiendo dedos, pollas, lenguas. Hugo me folló mientras yo le chupaba a Marcos. Después Marcos se metió entre las piernas de Lucía y Hugo entre las mías, y nos follaron al mismo tiempo, mirándonos a los ojos. El calor del verano se había vuelto el calor de cuatro cuerpos sudados, de gemidos que no se contenían, de manos que exploraban sin permiso porque ya no hacía falta pedirlo.
Cuando Lucía se corrió, lo hizo fuerte, con el cuerpo temblando y un gemido largo que se perdió en la noche. Yo me corrí poco después, apretando la polla de Hugo dentro de mí. Los chicos aguantaron un poco más. Marcos se corrió en la boca de Lucía. Hugo sobre mi vientre, marcándome con su semen caliente.
Después nos quedamos tumbados, respirando, con el sudor secándose en la piel y el olor a sexo impregnándolo todo. Nadie habló durante un rato. Solo el sonido de los grillos y el viento moviendo las hojas.
—Feliz cumpleaños —dijo Marcos finalmente, con una sonrisa cansada.
Lucía se rió, todavía con la voz ronca.
—El mejor regalo que me han hecho en años.
Yo miré a Hugo. Él me miró a mí. Y supe que aquella noche no iba a ser la única. El confinamiento seguía ahí fuera, pero dentro de aquella casa, en el norte de España, habíamos descubierto algo que ya no se podía guardar.
Los secretos habían salido. Y el calor del verano solo había sido el principio.
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