Al día siguiente apareció en mi departamento a media tarde. Llevaba una camiseta holgada y un pantalón corto que le dejaba ver casi toda la pierna. En cuanto cerré la puerta detrás de ella, me miró con esa mezcla de timidez y determinación que ya le conocía.
—Anoche estuve viendo vídeos —dijo sin rodeos, mientras se quitaba las zapatillas—. De esos en los que el tío tiene la polla muy grande… y se la pasa por el cuello de la chica. Como si la estuviera ahorcando con ella.
Se quedó un segundo en silencio, mordiéndose el labio inferior.
—Quiero que me lo hagas. Con la tuya. Quiero sentir cómo me rodea el cuello… y que aprietes un poco.
No hizo falta que dijera nada más. Me quité la camiseta y el pantalón mientras ella se desnudaba con prisa. En menos de un minuto estaba otra vez desnuda frente a mí, pequeña, de un metro cincuenta y cinco, con esas tetas firmes y el cuerpo de princesa que contrastaba de forma absurda con mi altura y mi complexión. Mi verga ya estaba dura solo de oírla. Los treinta y ocho centímetros se balancearon pesados cuando me acerqué.
La hice arrodillarse en el centro del salón. Me puse delante de ella y levanté mi polla con una mano, dejándola caer suavemente sobre su hombro. El grosor casi igualaba el de su cuello delgado. Ella tragó saliva al sentir el peso y el calor.
—Ponla alrededor —susurró.
Obedecí. Pasé mi verga por detrás de su cuello, rodeándolo por completo. El tronco grueso y venoso le abrazó la garganta como un collar obsceno. El glande quedó apoyado sobre su clavícula izquierda; la base, sobre la derecha. Había tanta longitud que los dos extremos se tocaban casi por delante, formando un círculo perfecto de carne oscura alrededor de su cuello pálido y fino.
Ella cerró los ojos un segundo y soltó un temblor.
—Está… caliente. Y pesada.
Con las dos manos sujeté los extremos de mi polla y empecé a apretar con cuidado, cerrando el círculo. El grosor hundió un poco la carne blanda de su cuello. Ella abrió la boca y soltó un jadeo corto. Sus manos subieron por instinto y se agarraron a mis muñecas, pero no para apartarme: solo para aferrarse.
—Más… —pidió en un hilo de voz.
Apreté un poco más. El contraste era brutal. Mi verga de treinta y ocho centímetros, gruesa como su brazo, rodeándole por completo ese cuello delicado. Cada vez que contraía un poco los músculos, el tronco se hinchaba y le robaba un poco más de aire. Ella jadeaba en respiraciones cortas y rápidas. Las tetas le subían y bajaban agitadas. Un hilo de saliva se le escapó por la comisura de los labios.
—Así… como en los vídeos —murmuró, con la voz ya afectada—. Que se me marque.
Aflojé un segundo para que pudiera coger aire y volví a cerrar el círculo, esta vez con más firmeza. El glande presionaba contra un lado de su cuello; la base, contra el otro. La piel de su garganta se hundía alrededor de la forma gruesa de mi polla. Se le empezó a poner un poco roja la cara. Los ojos se le humedecieron, pero no pidió que parara. Al contrario: movió un poco la cabeza de un lado a otro, frotando deliberadamente su cuello contra aquella carne caliente y dura.
—Saca el móvil —jadeó—. Quiero fotos… viéndome ahorcada con tu verga.
Con una mano mantuve la presión alrededor de su cuello y con la otra alcancé el teléfono. Le tomé varias desde arriba. En todas se veía lo mismo: su carita de princesa enrojecida, los labios entreabiertos, mi polla oscura y venosa formando un anillo grueso y obsceno alrededor de su garganta delgada. En una de las fotos se le veía incluso cómo la vena principal de mi verga le marcaba la piel.
Aflojé otra vez. Ella inspiró hondo, tosiendo un poco, con lágrimas resbalándole por las mejillas. Pero en cuanto recuperó el aliento volvió a levantar la mirada, todavía arrodillada, todavía con mi polla rodeándole el cuello.
—Otra vez. Más rato. Quiero sentir que de verdad me falta el aire.
Volví a cerrar el círculo. Esta vez mantuve la presión más tiempo. Ella empezó a jadear de verdad, con respiraciones cada vez más cortas y desesperadas. Las manos le temblaban sobre mis muñecas. El color de su cara pasó del rosa al rojo. Un hilo de saliva le colgaba de la boca abierta. Sus tetas subían y bajaban con violencia, buscando el aire que apenas le dejaba pasar.
Cuando por fin aflojé, ella se desplomó un poco hacia adelante, tosiendo y jadeando, con la frente apoyada contra mi muslo. Mi verga, todavía dura y brillando un poco de sudor, le resbaló por el hombro. Tenía la marca rojiza del grosor marcada alrededor del cuello, como un collar temporal.
Le acaricié el cabello mientras recuperaba el aliento.
—¿Estás bien?
Ella asintió varias veces, todavía sin poder hablar del todo. Cuando por fin levantó la cara, tenía los ojos brillantes, las mejillas empapadas y una expresión que mezclaba agotamiento con una excitación casi febril.
—Otra vez —susurró, con la voz ronca—. Pero esta vez… quiero que me la metas en la boca mientras me aprietas el cuello con el resto.
Y sin esperar respuesta, volvió a ponerse en posición, ofreciéndome otra vez ese cuello delgado y esa boca pequeña para que mi verga de treinta y ocho centímetros la usara como quisiera.
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