Me sentía completamente fuera de lugar, una hormiga observando un desastre inminente. Yo mido 1.58 y peso 55 kilos; soy básicamente un flacucho que no puede intimidar ni a un gato. Mi hermana Mila, en cambio, es una masa de curvas y timidez. Tiene 21 años, es bajita y gorda, y siempre se había sentido insegura por su peso, lo que la llevó a ser virgen hasta hoy. Pero con nuestros padres fuera de viaje por una semana, Mila decidió que era el momento de romper su racha de la manera más caótica posible: citó a dos tipos de Tinder para follar con ambos al mismo tiempo.

Ella estaba aterrorizada, pero excitada. Me rogó, casi llorando, que me quedara en la sala para “cuidarla”. Me parecía ridículo; ¿qué iba a hacer yo si las cosas se ponían feas? Pero insistió tanto que acepté. Cuando llegaron los tipos, me quedé helado. Eran gigantes, ambos de más de 1.80 m, y uno de ellos era un muro de músculos que hacía que yo pareciera un niño de primaria. Mila llevaba una minifalda que yo ni sabía que tenía; era tan corta que, cada vez que se movía, su enorme culo se desbordaba por la tela, dejando muy poco a la imaginación.

La tensión duró segundos. Mientras Mila besaba apasionadamente a uno de ellos, el otro no perdió el tiempo. Se posicionó detrás de ella con una agresividad que me dejó sin aliento, le levantó la falda de un tirón y le bajó la tanga. Sin previo aviso, hundió sus dedos en el ano de mi hermana. Yo abrí la boca, sorprendido, pero Mila soltó un gemido que no era de dolor, sino de puro placer.

Entonces, la situación se volvió violenta. Los dos hombres empezaron a tratarla como a un juguete. La cacheteaban, le golpeaban las nalgas con fuerza y, sin ninguna delicadeza, empezaron a turnarse para follársela por el ano. El sonido de la carne chocando era ensordecedor. Yo estaba espantado, sentía que debía intervenir, pero cuando intenté dar un paso adelante, el más musculoso me lanzó una mirada gélida.

—Ni se te ocurra llamar a la policía, enano —me gruñó con una voz que me hizo temblar—. Si haces un ruido, te vamos a romper cada hueso del cuerpo.

Me quedé paralizado en el sillón. Mila, con la cara roja y los ojos en blanco, gritó: —¡Está bien! ¡No pasa nada! ¡Me encanta, me encanta!

Era surrealista. La primera penetración de la vida de mi hermana no fue en la vagina, sino en el culo. Los tipos la ensartaban con una furia animal, ignorando cualquier rastro de delicadeza. Solo después de que terminaran de destrozar su ano, decidieron pasar a la vagina.

Fue entonces cuando Mila empezó a repetir, casi en un trance: —Soy virgen… soy virgen… tengan cuidado…

Fue curioso y perturbador a la vez. Gritó mucho más fuerte cuando el pene entró en su vagina que cuando la estaban follando por el culo. Pero a los tipos les importaba un carajo; no bajaron el ritmo ni un segundo, ignorando sus gritos y empujando con toda su fuerza hasta que la virginidad de Mila quedó atrás en un mar de fluidos.

En el colmo del ridículo, después de que Mila tuviera su primer orgasmo con uno de los hombretones, ella lo abrazó con desesperación y, con una voz dulce y vulnerable, le preguntó si quería ser su enamorado. El tipo soltó una carcajada burlona, se rió de su ingenuidad y le dio una nalgada tan fuerte que el sonido resonó en toda la sala.

La lujuria no se detuvo. Mila, ansiosa por complacerlos, se puso de rodillas y se metió ambos penes en la boca a la vez. Al principio lo hacía torpemente, ahogándose con el tamaño de aquellas bestias, pero pronto empezó a succionar con hambre. Luego, la acción se trasladó al centro de la sala. Uno de los hombres sacó un vibrador potente y se lo hundió en la vagina mientras él mismo le follaba el culo con violencia. Poco después, se coordinaron para hacerle una doble penetración, llenando cada orificio de Mila al mismo tiempo.

El encuentro duró más de tres horas. Fue una maratón de sexo agresivo y degradante que yo tuve que presenciar desde mi rincón de miedo. Cada uno de los hombres terminó al menos cuatro veces, eyaculando cantidades industriales dentro y fuera de ella.

Cuando finalmente decidieron irse, Mila, que parecía haber sido atropellada por un camión de placer, los miró con adoración. —Díganme cuándo quieran para salir juntos… podemos ir a comer, al cine, o a un hostal si quieren —les dijo, totalmente entregada.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a la casa, pero el olor a sexo y semen impregnaba todo el aire. Mila seguía desnuda, sudada, con el cuerpo brillante y la cara manchada de cum. Se acercó a mí mientras yo seguía hundido en el sillón, procesando el trauma. De repente, me envolvió en un abrazo asfixiante, echándose encima de mí con todo su peso, y empezó a llenarme la mejilla de besos.

—Gracias, Sebas… gracias por cuidarme —me susurró con una sonrisa de satisfacción absoluta.

Yo solo podía mirar al techo, sintiéndome más pequeño que nunca, mientras el cuerpo caliente y pegajoso de mi hermana me aplastaba contra el mueble.