Seguimos un rato más con el juego del cuello. Cada vez que aflojaba para que pudiera respirar, ella me pedía que volviera a apretar. La marca rojiza alrededor de su garganta ya era evidente: un anillo grueso y oscuro dejado por el grosor de mi verga. Cuando por fin se cansó de ese juego, se levantó con las piernas temblorosas y fue otra vez a la cocina.

Volvió con el mismo vaso alto de cristal… y una cuchara de postre.

—Hoy quiero verlo lleno de verdad —dijo, dejándolos sobre la mesa—. Hasta el borde si puedes. Y después… me lo das con la cuchara. Como si fuera postre.

Me senté en el sofá. Ella se arrodilló entre mis piernas, agarró mi polla con las dos manos y empezó a masturbarme con ritmo constante, apuntando siempre hacia la boca del vaso que había colocado justo debajo. De vez en cuando se inclinaba y chupaba el glande con fuerza, ensalivándolo, para que todo resbalara mejor. Sus tetas pequeñas rebotaban con el movimiento. El cuello todavía le brillaba un poco por el sudor del ahorcamiento anterior.

No tardé mucho. El recuerdo de haberla tenido casi sin aire, con mi verga rodeándole la garganta, me tenía al límite. Cuando sentí que llegaba, le avisé con un gruñido:

—Ahora…

Ella no se apartó. Aceleró las manos y mantuvo la punta exactamente sobre el centro del vaso. La primera descarga salió potente y espesa, golpeando el fondo del cristal con un sonido sordo. Seguí bombeando. Chorro tras chorro, denso, blanco, caliente. El nivel subía a ojos vista. Ella no dejaba de mover las manos, exprimiendo cada contracción, asegurándose de que ni una gota se perdiera fuera.

Cuando terminé, el vaso estaba lleno hasta el borde.

No era una exageración. El semen llegaba casi a rebosar, una masa blanca, cremosa y pesada que se movía lenta cuando ella levantó el vaso con las dos manos para mirarlo contra la luz. Algunas burbujas quedaban atrapadas en la superficie espesa. El olor era fuerte, característico.

Ella se quedó un momento en silencio, contemplándolo.

—Está… completamente lleno —susurró, casi incrédula—. Parece leche condensada, pero hay muchísima más cantidad.

Dejó el vaso sobre la mesa con cuidado para no derramar nada. Cogió la cuchara de postre, la hundió en el semen y la sacó llena, goteando un poco. Me miró desde abajo, arrodillada, con las tetas al aire y la marca del cuello todavía visible.

—Ábrela —le dije en voz baja.

Ella abrió la boca. Yo sostuve la cuchara y se la llevé a los labios. Ella cerró la boca alrededor y chupó el contenido despacio, tragando con dificultad. El semen era tan espeso que le costó un segundo hacerlo bajar. Cuando terminó, sacó la lengua y se limpió el labio inferior, donde había quedado un resto blanco.

—Otra —pidió.

Volví a llenar la cuchara. Esta vez ella misma se inclinó hacia adelante para recibirla. Tragó otra vez, más despacio, saboreándolo. Un hilo le resbaló por la comisura y le cayó sobre una teta. No se limpió. Dejó que se quedara ahí, brillando.

Seguí dándole cucharada tras cucharada. Cada una era abundante. Ella las aceptaba todas, abriendo la boca como una niña que recibe postre, aunque la cantidad y la textura la obligaban a tragar con esfuerzo. A veces cerraba los ojos. Otras me miraba fijamente mientras la cuchara entraba y salía de su boca. El vaso iba bajando poco a poco. Cuando ya solo quedaba un tercio, ella tomó la cuchara de mi mano y empezó a servirse sola, llevándose a la boca porciones todavía más generosas.

—Está caliente todavía —murmuró entre cucharada y cucharada—. Y hay tanto… que siento que me voy a llenar el estómago.

Cuando el vaso quedó casi vacío, recogió los últimos restos con el dedo, se los metió en la boca y chupó hasta dejar el cristal limpio. Después dejó la cuchara a un lado, se pasó la lengua por los labios y me miró con las mejillas un poco sonrosadas y la voz pastosa.

—La próxima vez quiero que me lo corras directamente en la boca otra vez… pero sin tragar. Que me lo dejes todo dentro y después me hagas escupirlo otra vez al vaso. Para ver la diferencia.

Se acercó más, apoyó la mejilla contra mi muslo y añadió en un susurro:

—Y mientras tanto… puedes volver a ponérmela alrededor del cuello. Me gustó demasiado sentir cómo me faltaba el aire con tu verga.

Su mano pequeña ya estaba otra vez rodeando la base de aquellos treinta y ocho centímetros, como si el vaso lleno y las cucharadas no hubieran sido más que el principio.