Todavía estaba arrodillada entre mis piernas, con la cara y las tetas brillantes de semen. Respiraba agitada, limpiándose un poco los labios con el dorso de la mano, pero sin conseguir quitarse del todo aquella capa espesa y blanca que le cubría la barbilla y el pecho. Me miró desde abajo con una mezcla de asombro y curiosidad casi científica.
—Espérate… —dijo de repente, con la voz todavía ronca—. Quiero comprobarlo.
Se levantó con las piernas un poco temblorosas y fue hasta la cocina. Volvió un momento después con un vaso de cristal transparente, de esos altos de beber agua. Lo dejó sobre la mesa del salón y se volvió hacia mí, todavía desnuda de cintura para arriba, el brasier colgando inútil y el semen empezando a resecarse un poco sobre su piel.
—Córrete otra vez… pero dentro del vaso —pidió—. Quiero ver de verdad cuánto es. Porque ahora mismo siento que me has llenado la boca como si fueran medio litro… y no sé si es que me lo imaginé por lo espeso que estaba.
Me reí bajito, incrédulo, pero la excitación volvió a subirme de inmediato. Mi verga, que todavía no se había ablandado del todo, volvió a ponerse completamente dura solo con la idea. Ella se arrodilló otra vez, esta vez junto a la mesa, y me hizo acercarme. Con las dos manos volvió a agarrar mi polla de treinta y ocho centímetros, la acercó al borde del vaso y empezó a masturbarme con movimientos firmes y decididos.
Su mano era ridículamente pequeña alrededor del tronco. Tenía que usar las dos para poder rodearlo bien. Subía y bajaba con ritmo constante, apretando un poco más cerca del glande, mientras con la lengua salía de vez en cuando a lamer la punta para mantenerla bien lubricada. El sonido húmedo de su saliva y del semen anterior mezclándose llenaba el silencio del salón.
—Más rápido —le gruñí.
Ella obedeció. Sus pechos pequeños rebotaban ligeramente con el movimiento de sus brazos. El vaso estaba justo debajo, esperando. Cada vez que el glande pasaba cerca del borde, ella lo guiaba con cuidado para que no se saliera ni una gota.
Sentí que me acercaba otra vez. El nudo en la base del vientre se apretó con fuerza. Le avisé entre dientes:
—Ya viene…
Ella no se detuvo. Al contrario: aceleró las manos y abrió un poco más la boca, como si quisiera verlo de cerca. La primera descarga salió potente, espesa, y cayó directamente dentro del vaso con un sonido sordo y húmedo. El chorro era tan fuerte que salpicó un poco contra el cristal. Seguí corriéndome. Segunda, tercera, cuarta descarga… cada una añadiendo más volumen blanco y denso al fondo del vaso. Ella seguía masturbándome sin parar, exprimiendo cada gota, apuntando siempre hacia adentro.
Cuando por fin terminé, el vaso tenía una cantidad obscena de semen. No llegaba exactamente a medio litro, pero se acercaba de forma ridícula. El líquido era espeso, blanco, casi cremoso, y cubría más de la mitad del vaso alto. Algunas burbujas de aire quedaban atrapadas en la superficie densa.
Ella se quedó mirándolo en silencio durante varios segundos, con los ojos muy abiertos.
—Joder… —susurró—. No me lo estaba imaginando.
Levantó el vaso con cuidado, lo inclinó un poco hacia la luz y observó cómo el semen se movía, lento y pesado, contra el cristal. Después me miró a mí, todavía con mi verga semi dura y brillando de saliva y restos en la mano.
—Es una puta burrada —dijo, casi riéndose de la incredulidad—. Nunca había visto tanto junto. Parece… no sé, como si te hubieras guardado días.
Se pasó la lengua por los labios, pensativa, y después acercó el vaso a su cara. Olió el contenido con curiosidad y puso una mueca entre asco y fascinación.
—¿Me dejas probarlo así? Solo un sorbo. Quiero sentir la cantidad de verdad.
No esperó respuesta. Inclínó el vaso y bebió un trago corto, pero suficiente para que se le hincharan un poco las mejillas. Tragó con dificultad, cerró los ojos un segundo y después soltó un sonido bajo, casi un gemido.
—Está… muy espeso. Y hay muchísimo.
Dejó el vaso otra vez sobre la mesa. Todavía quedaba una cantidad considerable dentro. Ella se pasó un dedo por el borde interior, recogió un poco más y se lo llevó a la boca, chupándolo despacio mientras me miraba.
—Ahora sí que lo creo —murmuró—. Medio litro no era una exageración del todo.
Se levantó, se acercó a mí y apoyó la frente contra mi pecho, todavía con las tetas manchadas y el brasier colgando. Su voz salió baja, casi tímida, pero cargada de algo más:
—La próxima vez… quiero que me lo corras otra vez en la boca. Todo. Aunque me ahogue un poco.
Y mientras lo decía, su mano pequeña volvió a buscar mi verga, todavía sensible, como si ya estuviera pensando en la siguiente ronda.
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