Ella se arrodilló entre mis piernas sin que yo se lo pidiera. Todavía tenía el brasier colgando de la cintura y las tetas al aire. Me miró un segundo desde abajo, con esa carita de princesa ya marcada por el esfuerzo anterior, y después abrió la boca lo más que pudo.
Intentó tragar el glande otra vez. Los labios se estiraron al máximo alrededor de aquella cabeza gruesa. Apenas consiguió meter tres o cuatro centímetros antes de que el grosor le cerrara la garganta. Un sonido húmedo y desesperado le salió del fondo de la boca. Lágrimas le asomaron de inmediato en los ojos, pero no se detuvo. Agarró la base de mi verga con las dos manos —necesitaba las dos para sostenerla— y empezó a mover la cabeza arriba y abajo con determinación torpe.
Cada vez que bajaba, su boca se llenaba por completo. Las mejillas se le hinchaban. La saliva le resbalaba por la barbilla en hilos gruesos que le caían sobre las tetas. Intentaba usar la lengua, pero apenas tenía espacio. Lo único que podía hacer era chupar con fuerza, apretar los labios y mover la cabeza con ritmo corto y desesperado. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, jadeos ahogados, el roce de su saliva contra la piel tensa de mi polla.
Yo le sujeté el cabello con una mano, sin forzarla, solo para sentir cómo su cabeza pequeña se movía sobre aquellos treinta y ocho centímetros. Ella subía y bajaba, cada vez más sucia, más salivosa. Cuando necesitaba aire, se apartaba un segundo, jadeando, con un hilo espeso de saliva uniendo sus labios al glande, y volvía a lanzarse sobre él como si tuviera hambre.
—Así… más profundo si puedes —le dije en voz baja.
Ella lo intentó. Empujó la cabeza hacia abajo hasta que el glande le golpeó el fondo de la garganta. Un gorgoteo ahogado le salió del pecho. Los ojos se le pusieron vidriosos. Aun así se quedó ahí un segundo más, temblando, antes de retirarse tosiendo y jadeando. Un reguero de saliva le cubría la barbilla, el cuello y los pechos.
Volvió a la carga. Esta vez usó las manos con más fuerza, masturbándome el tronco que no cabía en su boca mientras chupaba con avidez la punta. El contraste era brutal: su cara angelical, sus labios estirados al límite, sus pequeñas manos intentando rodear algo que claramente la superaba. Cada vez que bajaba la cabeza, una de sus tetas rozaba mi muslo. El brasier seguía colgando inútil a su cintura.
Sentí que me acercaba. Le avisé con un gruñido:
—Me voy a correr…
Ella no se apartó. Al contrario: se pegó más, abrió la boca lo máximo posible y me miró desde abajo con los ojos húmedos, como pidiendo que lo hiciera dentro. Las manos le temblaban alrededor de la base.
La primera descarga le llenó la boca de golpe. Fue un chorro espeso, caliente, abundante. Ella intentó tragar, pero no dio abasto. El semen le desbordó por las comisuras de los labios en hilos blancos y densos. Seguí corriéndome. La segunda y la tercera descarga le llenaron la boca otra vez; parte se le escapó por la barbilla y le cayó en cascada sobre las tetas. Ella tosió un poco, pero no se retiró. Siguió chupando y tragando lo que podía mientras yo seguía bombeando.
Medio litro no fue una exageración.
El semen le cubría la boca, la barbilla, el cuello y los pechos en una capa espesa y brillante. Le resbalaba entre los pechos pequeños y le manchaba el vientre. Algunos chorros le habían salpicado hasta el cabello. Ella seguía con la boca abierta alrededor del glande, tragando a trompicones, con lágrimas en los ojos y la respiración entrecortada. Cada vez que engullía, un poco más se le escapaba por los labios y se unía al desastre blanco que le cubría el torso.
Cuando por fin terminé, ella se quedó quieta un momento, con mi polla todavía dentro de su boca, respirando por la nariz. Después se separó despacio. Un hilo grueso y viscoso de semen unió sus labios con el glande durante un segundo antes de romperse y caerle sobre una teta. Tragó lo que le quedaba dentro con dificultad, hizo una mueca y después se pasó la lengua por los labios, recogiendo lo que podía.
Estaba hecha un desastre hermoso.
La cara de princesa completamente manchada de blanco. Las tetas brillantes de semen. El brasier empapado y colgando. El cabello pegajoso en algunos mechones. Me miró desde abajo, jadeando, con los ojos brillantes y una expresión entre orgullosa y agotada.
—Es… muchísimo —susurró con la voz ronca—. Nunca había visto tanto.
Se pasó dos dedos por el pecho, recogió un poco del semen espeso y se lo llevó a la boca, chupándolos despacio mientras me miraba. Después se inclinó otra vez y lamió la punta de mi verga, limpiando los restos que todavía brotaban.
—Saca una foto ahora —pidió en voz baja, casi sin aliento—. Quiero ver cómo me quedó la cara… y las tetas.
Yo todavía respiraba agitadamente. Levanté el móvil con la mano libre y le tomé varias fotos mientras ella se quedaba arrodillada entre mis piernas, cubierta de semen, con mi polla de treinta y ocho centímetros todavía semi dura rozándole la mejilla.
El contraste seguía siendo absurdo.
Y ella, lejos de asustarse, parecía querer más.
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