Un verano en Hawái

Isabel y su marido
decidieron viajar
a disfrutar en Hawái
todo un período estival.

Sus paradisíacas playas
y paisajes sin igual
les parecieron un escenario
completamente ideal.

Más el sitio donde fueron,
por pura casualidad,
tenía en sus inmediaciones
una base militar.

Donde era habitual
cruzarse constantemente
con muchísimos marines
con cuerpazos imponentes.

Chicos fuertes y atractivos
y todos de muy buen ver,
cuyo aspecto era sin duda
del agrado de Isabel.

Y en aquellas largas playas
y casi en cualquier lugar,
coincidir con muchos de ellos
era de lo más normal.

Y siendo Isabel tan bella,
era normal esperar
que muchos de esos marines
la quisieran conquistar.

Y algunos, los más osados
y seguros de sí mismos,
intentaron seducirla,
pese a estar con su marido.

Con total desenvoltura
y gran espontaneidad,
con ingenio, desenfado
y una alegría sin par,
finalmente consiguieron
lo que querían lograr,
que era conversar con ellos
y entablar cierta amistad.

Se unían al matrimonio
para hablarles del lugar
y de los muchos rincones
que podrían visitar.

Y contaban ocurrencias
que a Isabel hacían reír
y sus muchas atenciones
la hacían sentirse feliz.

Y si ella les gustaba,
que es obvio que era evidente,
era también más que obvio
que ante ellos Isabel
no quedaba indiferente.

Y observando su marido
lo bien que la hacían sentir,
no evitaba para nada
frecuentar aquellos sitios
donde solían coincidir.

Lugares en donde iban
muchos de aquellos soldados
que se sentían muy a gusto
con Isabel a su lado,
la cual también disfrutaba
sintiéndose acompañada
de todos aquellos hombres
que tanto la festejaban.

Y viendo que a su marido
eso no le incomodaba,
se sintieron más dispuestos
para intentar conquistarla.

Ellos eran bien conscientes
de lo que sentía Isabel
y también de que su marido
se lo tomaba muy bien,
que estaban de vacaciones,
que habían ido a disfrutar
y que lo que allí pasara
allí habría de quedar.

Y cuando de forma clara
ya pudieron entrever
que había posibilidades
de seducir a Isabel,
hablaron directamente
de un magnífico lugar,
con paradisíacas playas,
que podrían visitar,
donde tenían una casa
perfectamente equipada
donde pasar unos días
si acaso lo deseaban.

Pero ya sin disimulo,
plenamente decididos,
dijeron que deseaban
que fuera sin su marido,
que solo querían con ella
algunos días pasar
y que gozara con ellos
de aquel hermoso lugar.

Y sabiendo su marido
que a Isabel le gustaban,
no puso objeción alguna
a que con ellos marchara,
sabiendo que esos marines
cuidarían de Isabel,
su dulce, maravillosa
y deseable mujer.

Y aunque fueron tres marines
a los que ella acompañó,
muchos otros visitaron
aquel precioso lugar,
con sus esperanzas puestas
en con Isabel gozar.

Y durante la semana
que aquella estancia duró,
muchos fueron los marines
con los que Isabel gozó,
todos jóvenes y apuestos,
con muchísimo vigor,
expertos en esas lides
de los juegos del amor.

Cada día pudo Isabel
tener distintos amantes
y pasar con todos ellos
momentos alucinantes,
disfrutando enormemente
del exquisito placer
que con diferentes hombres
ella podía obtener.

Y tras pasar la semana
y volver con su marido,
le habló de todos los hombres
que allí había conocido,
lo bien que lo había pasado
estando en su compañía,
siendo «la novia» de todos
durante esos siete días.

Que lo que allí disfrutó
ya jamás olvidaría
y que, de haber ocasión,
mucho le gustaría
poder volver a Hawái
y volver de nuevo a ser
la novia de esos marines
durante unos cuantos días.

Aunque, de no ser posible
hasta Hawái viajar
y tener en ese caso
que elegir otro lugar,
con algo de coqueteo
y picardía sin igual,
dijo Isabel a su esposo
que elegiría sin dudar
algún otro paraíso
que tuviera, por supuesto,
una base militar.

isbel37@yahoo.es