Pasado un par de días después de ellos
estábamos en una casa hablando un poco ya de forma más relajada
ese día es de esos donde uno solo anda con la verga parada y entonces ella me preguntó
— y me dijo que le daba curiosidad de ver cómo tenía la verga
entonces le respondí que si lo decía en serio
que se la mostrara yo no lo dudé ni un segundo
entonces acostados en la cama
— le mostraba lo duro que lo tenía por encima del pantalón y por debajo de la tela se podía ver cómo se movía esa enorme serpiente de carne
mientras que ella solo la tocó con la punta de los dedos
Ella se quedó completamente quieta.
me abrí la cremallera y me la saqué
mi verga sin parar ya se veía bastante grande
—Hostia… —susurró.
Me acerqué un poco más. La punta de mi polla quedó a pocos centímetros de su nariz. Ella no retrocedió. Al contrario: inclinó un poco la cabeza y abrió más los ojos, como si estuviera midiendo mentalmente.
ya que estaba acostado pero ella también alrededor de la cama
—Saca el metro —le dije en voz baja.
Ella se movió con torpeza, buscó en su bolso y sacó la cinta métrica rosa que siempre llevaba “por si acaso”.
pero dijo que no podría medirla ya que no estaba parado entonces yo la tenía agarrada mientras le decía que ella la cogiera también entonces cogí su mano
y con algo de fuerza se la puse sobre mi verga y entonces
no dudó en agarrarla con su pequeña mano
— solo comenzó a moverla de arriba a abajo y en cuestión de segundos solo creció como un árbol
Con dedos temblorosos me la puso desde la base hasta la punta. El número volvió a marcar los mismos treinta y ocho centímetros. Después, sin que yo se lo pidiera, levantó la cinta hasta su propia cabeza y la comparó. La risa nerviosa que soltó fue casi un gemido.
—Es… más larga que mi cabeza —dijo, casi incrédula—. Y casi del grosor de mi brazo.
Le cogí la muñeca con cuidado y le puse el antebrazo junto a mi verga. Efectivamente: el grosor era casi idéntico. Su brazo delgado y pálido parecía ridículamente pequeño al lado de aquella columna de carne oscura y pesada. Ella tragó saliva. Sus pechos subían y bajaban rápido.
entonces se sentó en medio de mis piernas y con ambas manos comenzó a masturbarme
—Quiero una foto —dijo de pronto, con la voz un poco rota—. Con ella… junto a mi cara. Y otra con el brazo.
Saqué el móvil. Ella se acomodó en el borde del sofá, todavía con el brasier caído a la cintura y las tetas al aire. Me acerqué hasta que el glande rozó su mejilla. El contraste era brutal: mi polla de treinta y ocho centímetros, gruesa como su brazo, oscura y venosa, pegada a esa carita de princesa de dieciocho años. El glande le llegaba casi hasta la oreja. Ella giró un poco la cabeza y apoyó la mejilla contra el tronco, como si quisiera sentir el calor y el peso.
Disparé varias fotos.
En una de ellas se le veía la expresión exacta: ojos semiabiertos, labios rozando la piel caliente, una mezcla de asombro y excitación. En otra posó deliberadamente, sacando un poco la lengua para tocar la vena gruesa que le recorría el costado. En la tercera levantó el brazo y lo puso paralelo a mi verga; la diferencia de tamaño era obscena.
la agaché y puse mi verga alrededor de su cabeza donde mi tronco la rodeaba y era enorme y más con esa cabeza tan pequeña
—Otra… con las tetas —pidió en un susurro.
Me agaché un poco. Ella se inclinó hacia adelante y apretó sus pechos pequeños contra la base de mi polla, intentando abrazarla con lo poco que tenía. Apenas conseguía cubrir una parte del tronco. El glande le quedaba por encima del pecho, casi a la altura de la clavícula. Saqué más fotos. En todas se veía lo mismo: una chica diminuta, de cara angelical, intentando contener algo que claramente no estaba hecho para ella.
Cuando terminé, ella no se apartó. Se quedó mirando mi verga como hipnotizada. Con dos dedos la tocó por primera vez, recorriendo una vena gruesa desde la base hasta casi la punta. Su mano era tan pequeña que ni siquiera podía rodearla por completo.
—Es absurda… —murmuró—. Parece que no va a caber en ningún sitio.
Me reí bajito y le pasé el glande por los labios, dejándole un rastro brillante de líquido preseminal.
—Eso ya lo veremos.
Ella abrió la boca un poco más, solo lo suficiente para que la punta entrara. Ni siquiera llegó a la mitad del glande. Sus labios se estiraron alrededor de aquella cabeza gruesa y ella soltó un sonido ahogado, mitad risa, mitad gemido. Sus ojos se humedecieron de inmediato por el esfuerzo. Aun así no se echó atrás. Intentó bajar un poco más la cabeza, pero su boca era demasiado pequeña; apenas conseguía meter un par de centímetros antes de que el grosor le impidiera avanzar.
Me aparté un poco para no ahogarla. Un hilo de saliva unía sus labios con mi glande. Ella respiraba agitada, con las mejillas rojas y las tetas aún al aire, el brasier colgando de su cintura como un recordatorio de lo fácil que había sido desnudarla.
—Sigue sacando fotos —dijo de repente, con la voz ronca—. Quiero ver cómo se ve… cuando intento chuparla.
Volví a levantar el móvil. Ella se arrodilló en el sofá, se agarró a mis muslos con las dos manos y volvió a abrir la boca. Esta vez fue más determinada. Empujó la cabeza hacia adelante hasta que el glande le llenó por completo la boca y le hinchó las mejillas. No podía más. Lágrimas le asomaban en los ojos, pero no se detuvo. Movía la lengua torpemente por debajo, intentando estimular lo poco que conseguía meter. Cada vez que bajaba un milímetro más, su garganta hacía un sonido húmedo y desesperado.
Disparé foto tras foto.
En una de ellas se le veía el perfil exacto: labios estirados al máximo alrededor de mi polla, una lágrima resbalándole por la mejilla, una de sus tetas pequeñas aplastada contra mi muslo. En otra tenía los ojos cerrados y una expresión de puro esfuerzo, como si estuviera intentando tragar algo imposible. En la última sacó la lengua y lamió desde la base hasta la punta, dejando un camino brillante de saliva a lo largo de los treinta y ocho centímetros.
Cuando por fin se separó, jadeaba. Un hilo grueso de saliva le colgaba de la barbilla hasta el pecho. Se limpió con el dorso de la mano y me miró desde abajo, con esa carita de princesa completamente destrozada por el esfuerzo.
—Es demasiado grande… —susurró—. Pero no quiero que la guardes todavía.
Me senté en el sofá y ella se subió a horcajadas sobre mis muslos. Sus piernas apenas conseguían rodearme. Tomó mi verga con las dos manos —necesitaba las dos para sostenerla— y la frotó despacio contra su vientre plano, contra el brasier aún colgando, contra sus tetas. El contraste era obsceno: aquella columna de carne oscura y gruesa rozando su cuerpo diminuto, marcándole la piel, dejando rastros brillantes de líquido.
—Saca más fotos —pidió otra vez, casi suplicante—. Quiero que se vea lo pequeña que soy a tu lado.
Le obedecí. La cámara capturó cada detalle: mi verga de treinta y ocho centímetros apoyada verticalmente sobre su torso, superando con creces la distancia entre su pubis y sus pechos; su mano diminuta intentando rodearla; su expresión de asombro y excitación mientras la frotaba contra su propia piel.
Cuando por fin dejó de pedir fotos, se quedó quieta un momento, mirándome desde arriba. Su respiración era irregular. Las tetillas aún estaban duras. El brasier colgaba inútil a su cintura.
—Ahora… —dijo en voz muy baja—, quiero que me la pongas entre las tetas. Aunque no me lleguen ni a la mitad.
Le hice caso.
Y ella, con esa carita de princesa y ese cuerpo de dieciocho años, empezó a moverse despacio, frotando sus pechos pequeños contra la base de mi verga, mientras el resto de aquellos treinta y ocho centímetros le subía por el pecho, le rozaba el cuello y casi le llegaba a la barbilla.
Las fotos seguirían después.
Pero en ese momento solo importaba el contraste absurdo y adictivo de su cuerpo diminuto intentando contener algo que claramente la superaba.