Hola.

Antes de que empieces a leer, quiero presentarme brevemente.

Soy el autor de esta serie y todo lo que aquí se cuenta está basado en experiencias reales de mi matrimonio. Este primer capítulo tiene como objetivo principal dar contexto: quiénes éramos al inicio, cómo pensábamos y cómo empezó a gestarse todo.

Lo escribí así para que, a medida que avancemos en los siguientes tomos, se comprenda mejor la evolución de ambos y el camino que recorrimos.

La intensidad irá aumentando conforme se publiquen más capítulos. Este es solo el punto de partida.

Si pueden, dejen sus comentarios. Nos ayudan a mejorar y, la verdad, nos da mucho morbo leerlos.

Gracias por leer.

Nos conocimos siendo casi unos adolescentes. Ella tenía diecisiete años y yo veintiuno. Vivíamos en el mismo pueblo pequeño, donde todos se conocían y las apariencias pesaban más de lo que nadie quería admitir.

Mi esposa era entonces una muchacha delgada, casi frágil. El cabello negro le caía largo sobre los hombros, con un flequillo que le rozaba los ojos grandes y oscuros. Tenía labios carnosos y una sonrisa fácil, abierta, que contrastaba con la reserva que mostraba dentro de su casa. Su cuerpo era fino, sin curvas marcadas: pechos pequeños, cintura estrecha, caderas apenas dibujadas. Se movía con esa ligereza de quien aún no ha terminado de descubrir su propia forma.

Fuera de casa era otra. Alegre, juguetona, sociable. Le gustaba reír, bailar con las amigas y hablar sin filtros. Pero en cuanto cruzaba la puerta de sus padres se volvía más contenida, más consciente de las miradas y de las reglas no escritas. Era catequista, respetuosa, y cargaba con esa educación conservadora que le habían inculcado.

Yo, en cambio, era lo contrario. Tímido, serio, de expresión cerrada. Cabello negro corto, bigote fino que intentaba darme un aire de mayor, complexión delgada. Nunca fui el que llamaba la atención. Prefería observar. Y observando fue como mi mente empezó a ensuciarse.

Desde muy joven me excitaba imaginar cómo serían las mujeres que conocía cuando estaban a solas, sin la máscara del día a día. No se trataba solo de cuerpos. Era la curiosidad por sus gestos íntimos, por lo que ocultaban detrás de la sonrisa o del silencio. Ese morbo fue creciendo en silencio, alimentándose de miradas robadas y de fantasías que nunca compartía con nadie.

Cuando empezamos a vernos con más frecuencia, ella aún conservaba esa figura delgada y juvenil. Fue después del primer mes de noviazgo, cuando por fin nos entregamos el uno al otro —los dos vírgenes, torpes y nerviosos—, cuando su cuerpo comenzó a cambiar. Poco a poco los pechos se redondearon, las caderas se ensancharon y las nalgas adquirieron una forma más llena y firme. Como si el deseo hubiera despertado también su carne.

Durante el noviazgo, mi mente sucia empezó a pedirle cosas. Al principio eran pequeños detalles. Le pedía que se masturbara mientras yo manejaba hacia el cine, solo para poder mirarla de reojo. Después le pedía que lo hiciera también dentro de la sala, en la penumbra, con gente a nuestro alrededor. Antes de dejarla en su casa, nos desviábamos a un camino de terracería rodeado de árboles. Allí, con el miedo constante de que alguien apareciera, nos entregábamos con una urgencia que mezclaba placer y peligro.

Le preguntaba por sus experiencias anteriores, aunque sabía que habían sido pocas. Me excitaba escucharla hablar de eso, aunque ella se sonrojara y cambiara de tema. Poco a poco le pedí que no usara ropa interior bajo los vestidos cortos que empecé a comprarle. Las primeras veces se negó, se sentía expuesta e incómoda. Pero con paciencia y insistencia, fue aceptando.

Cada petición mía era un paso más. Cada aceptación suya alimentaba esa parte oscura de mí que no sabía cómo detener. Yo no le contaba aún la fantasía completa que crecía dentro de mi cabeza. Solo le pedía cosas, una tras otra, y ella, entre la vergüenza y una excitación que apenas empezaba a reconocer, las iba cumpliendo.

Así fue como empezó todo. No con una decisión clara, sino con pequeños actos que, poco a poco, fueron abriendo una puerta que ya no se cerraría.

Yo vivía en otra ciudad, a unos treinta minutos de distancia. Cada fin de semana viajaba a verla y me quedaba en casa de mi abuela, en el cuarto de visitas. Ese cuarto, sencillo e inocente en apariencia, terminaría siendo testigo de muchas cosas más adelante.

La rutina se volvió fija. Llegaba el viernes o el sábado por la tarde. Ese primer día era solo nuestro: regresábamos a mi ciudad, íbamos al cine y disfrutábamos del tiempo a solas. Al día siguiente, por la tarde-noche, salíamos con los amigos que frecuentábamos allí: Juan, Alejandro, mi primo Ricardo, ella y yo. Comprábamos cervezas y nos íbamos al vado del río o simplemente dábamos vueltas en el carro, a veces el mío, a veces el de Juan.

En otras ocasiones se unían más amigos del pueblo, no tan frecuentes. Algunos consumían cocaína. Una vez la probamos nosotros, de forma muy leve, y no nos hizo nada especial. Tiempo después Juan y Ricardo empezaron a consumir cristal. Juan nos lo ofrecía con regularidad, pero nosotros no aceptábamos. Aun así, cuando el carro se detenía en lugares ocultos junto al río o entre las nogaleras, el humo se acumulaba dentro y terminábamos inhalándolo sin querer. Ese ambiente —alcohol, humo, complicidad nocturna y conversaciones cada vez más sueltas— aceleró el cambio que ya venía gestándose en mi cabeza.

Así pasó un año de noviazgo. Después decidimos juntarnos en unión libre. Fue entonces cuando todo empezó a acelerarse de verdad.

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