Tengo 22 años ahora, pero lo que llevo cargando desde los 15 no se lo he contado nunca a nadie. Vivo con mi mamá, mi hermana mayor (que ya tiene un hijo), y mi tío político, el marido de una hermana de mi papá. Mis papás están separados de papeles nunca se divorciaron, y él terminó viviendo con nosotras porque mi mamá le renta un cuarto y, bueno, se conocen de toda la vida, estudiaron juntos. Mi papá falleció hace años, así que en casa estamos los cuatro y el bebé.

Lo que nadie sabe (ni mi mamá, ni nadie) es que a mis 15 años descubrí que mi hermana (de 24 años) y mi tío (de 47 años) son amantes. Y no fue una sola vez: los espié durante años.

La primera vez fue un día que nos dejaron salir temprano del colegio por reunión de profesores. Eran como las 9 o 10 de la mañana, nadie me esperaba en casa. Entré con mi llave, había música alta en el equipo (de esos de CD que duraban horas), dejé el bolso en el sofá y fui a la cocina por agua. Desde la ventana que da al patio los vi.

Mi hermana estaba tendiendo ropa… pero con un babydoll morado transparente, sin nada debajo. Mi tío, sin camisa y en short de básquet, se le acercó por detrás, la abrazó por la cintura y empezaron a besarse como desesperados. Él le levantó la tela y le manoseó el culo a dos manos mientras ella se restregaba contra él. Yo me quedé helada detrás de las persianas.

De repente mi hermana le bajó el short, le sacó la verga (era grande, gruesa, con la cabeza como hongo y muy peluda) y empezó a masturbarlo ahí mismo, en pleno patio. Luego se la metió entre los muslos y él empezó a bombear como si ya estuviera dentro, rozándole todo. Yo sentía que me quemaba la cara y que algo caliente me bajaba por la panza.

Se metieron al cuarto de mi hermana y, claro, no cerraron la puerta porque creían que estaban solos. Yo me fui corriendo a la bodega que está entre mi cuarto y el de ella; el tabique es de plycem y siempre había huequitos. Me pegué a uno y ahí los tenía, a menos de dos metros.

Mi hermana sentada en la orilla de la cama, él de pie masturbándosele en la cara. Ella empezó dándole besitos en la punta, luego lamidas largas desde los huevos hasta arriba. De un momento a otro se la metió en la boca y empezó a bombearle la cabeza. La baba le caía por la barbilla, le chorreaba las tetas, el piso… todo. De vez en cuando él le sacaba la verga, le daba cachetadas con ella y volvía a metérsela hasta el fondo.

Después la desnudó del todo, la puso boca abajo, le amontonó cojines debajo de la cintura para que quedara con el culo bien arriba y con una toalla le amarró los tobillos juntos. Le dio unas nalgadas que dejaron marcas rojas y de una sola estocada se la clavó hasta el fondo. Empezó con un ritmo lento pero brutal: plap… plap… plap… cada golpe levantaba el culo de mi hermana. Ella se mordía la almohada para no gritar, pero igual se le escapaban gemidos.

Luego cambió: la puso boca arriba, le dobló las piernas hasta los hombros y volvió a darle como loco. La cama se sacudía, él jadeaba cada vez más fuerte. De pronto se la sacó, mi hermana se sentó rapidísimo, lengua afuera, y él le apuntó directo a la boca. El primer chorro fue tan fuerte que le entró hasta el fondo; los demás le cayeron en la lengua y en la cara. Ella se metió la cabeza entera, tragó todo, abrió la boca para que él viera que no quedaba nada y luego le limpió la verga a lengüetazos hasta dejarla brillante.

Se acostaron un rato a hablar y yo salí de la bodega en silencio, con las piernas temblando y las bragas empapadas. Fui a la sala, apagué la música y grité como si acabara de llegar: “¡Alexaaa! ¡Ya vine del cole, voy rapidito a la tienda!”. Me di una vuelta, compré cualquier cosa y cuando regresé ella ya estaba vestida, peinada, haciendo el almuerzo como si nada. Me dijo: “El tío está trabajando, no hagas ruido”. Yo solo me reía por dentro mientras me iba a cambiar.

Esa fue la primera vez. Pero no la última. Durante años los seguí espiando cada vez que podía: en la ducha, en el cuarto de mi mamá, de noche en el patio, en el taller del tío… siempre que mi mamá no estaba. Nunca me pillaron (o eso creo), y mi mamá jamás se enteró de nada.

A veces me siento sucia, otras me excita recordar cada detalle. Pero mientras la casa esté en paz, me lo guardo. Es mi secreto más grande y más caliente.

Y bueno… ahora ya lo solté.