El camión volcador ruge a unos cincuenta metros adelante, dejando tras de sí una estela de humo blanco y denso.
El olor a alquitrán caliente lo inunda todo; es un aroma químico, pesado, que se mete en la garganta y hace que la piel se sienta pegajosa bajo la noche fría de la ruta.
Ramiro y Mateo se han quedado atrás. La máquina alisadora avanza con el grueso de la cuadrilla, dejándolos a ellos dos a cargo de emprolijar los bordes con las palas, atrapados en un cono de sombra donde la luz de los focos apenas llega de refilón.
Mateo clava la pala en la brea humeante con demasiada furia. El metal raspa contra el suelo seco. —Te dije que no lo tires ahí, Ramiro. Estás tapando la banquina de más —escupe Mateo, sin mirarlo, con la respiración ya agitada por el esfuerzo. Ramiro frena en seco. Se apoya en el mango de su pala, enderezando su imponente porte. Sus ojos oscuros brillan bajo la visera. —Hacé tu parte y no me digas cómo laburar, pendejo. Llevo más años que vos en este asfalto. —Me chupan un huevo tus años —responde Mateo, tirando la pala a un costado.
El metal resuena seco contra la tierra. Se da vuelta, quedando a un paso de Ramiro—. Lo estás haciendo para romperme las pelotas a mí. Siempre hacés la misma mierda. La distancia entre los dos desaparece en un segundo. El aire entre ellos es puro fuego, cargado del calor que sube de la ruta y de una vibración mucho más peligrosa.
Ramiro no retrocede un centímetro. Da un paso al frente, clavando su pecho macizo contra el de Mateo. El roce de los chalecos reflectantes emite un sonido plástico, áspero. —¿Y qué vas a hacer si lo hago para romperte las pelotas, eh? —provoca Ramiro, con la voz gruesa, bajando el tono, una octava más oscura.
Mateo respira agitado. Tiene los ojos fijos en la boca de Ramiro y luego en sus ojos. Se puede ver el pulso acelerado en su cuello, donde una gota de sudor corre limpia entre el polvo. Está furioso, pero la rabia en sus ojos empieza a mutar en otra cosa. El pecho de ambos sube y baja de golpe, chocando fuertemente el uno contra el otro con cada respiración.
—Te creés muy hombre vos —desafía Mateo, pero la voz ya no le sale con odio. Le sale con una urgencia pesada, animal.
Ramiro estira la mano y le agarra el cuello de la remera con fuerza, arrugando la tela, pegándolo tanto que Mateo puede sentir el calor húmedo de su aliento. Estaban a un milímetro de trenzarse a piñas, pero ninguno levanta un puño.
Las miradas están fijas, devorándose. El desafío tosco de la obra se ha quebrado por completo. La agresión se confunde con el hambre.
El agarre violento en la ropa de Mateo pasa de ser una amenaza a un anclaje. Mateo no se defiende; en su lugar, sus manos buscan los hombros anchos de Ramiro, apretando el músculo firme, hundiéndose en la tela de su ropa de trabajo. La violencia contenida se convierte en una gravedad inevitable que los empuja al punto de no retorno.
El agarre de Ramiro en el cuello de la remera de Mateo se afloja apenas, pero no lo suelta. En cambio, tira de él con fuerza controlada, pegando sus cuerpos por completo. El pecho ancho y sudoroso de Ramiro choca contra el de Mateo, y ambos sienten el calor que irradia del otro a través de la ropa húmeda. El olor a alquitrán, sudor y hombre se mezcla en el aire caliente de la noche.
Mateo gruñe bajo, con los labios entreabiertos. Sus manos suben por los hombros de Ramiro hasta su nuca rapada, clavando los dedos en la piel caliente. Ya no hay palabras. Solo respiraciones pesadas y miradas que se devoran.
Ramiro baja la cabeza y muerde el labio inferior de Mateo con rudeza, casi como una advertencia. Mateo responde empujando la lengua contra la de él, un beso agresivo, lleno de dientes y hambre acumulada. Sus cuerpos se frotan con fuerza, las caderas chocando, sintiendo cómo ambos se endurecen rápidamente bajo los pantalones de trabajo.
La mano libre de Ramiro baja por la espalda de Mateo, apretando el culo firme a través del pantalón, atrayéndolo más contra su erección. Mateo jadea en su boca y desliza una mano entre los dos, palpando el bulto grueso que se marca en la grafa de Ramiro.
—Acá no… —murmura Mateo, aunque su cuerpo dice todo lo contrario mientras frota la palma contra esa dureza.
Ramiro suelta una risa grave y oscura, mordiéndole el cuello.
—¿Querés que pare, pendejo?
Mateo agarra la muñeca de Ramiro con fuerza y tira de él, alejándolo de la luz tenue de los focos. —Al camión —gruñe, con la voz ronca.
Corren agachados los pocos metros que los separan del volcador estacionado. Ramiro abre la puerta del acompañante con un movimiento seco y empuja a Mateo adentro primero. El espacio es estrecho, el asiento de vinilo está caliente y huele a polvo, diesel y sudor viejo. Apenas cierran la puerta, el mundo exterior queda reducido a un rumor lejano de máquinas y el resplandor naranja de las luces de obra.
Adentro hace más calor. El aire es denso.
Ramiro no se abalanza como un animal. Esta vez se toma su tiempo. Se sienta en el asiento grande, abre las piernas y mira a Mateo con esos ojos oscuros y calmos. —Vení.
Mateo se acerca gateando por encima de la consola. Se detiene a horcajadas sobre los muslos gruesos de Ramiro. Sus manos van directo al chaleco reflectante de él y lo abren del todo, deslizándolo por los hombros anchos. La remera de grafa gris, empapada, se pega a cada relieve de su torso: pectorales pesados, abdominales marcados por el trabajo, el vello oscuro que baja hacia el ombligo.
Ramiro levanta los brazos y deja que Mateo le quite la remera. El olor a hombre limpio y trabajado invade la cabina. Mateo se inclina y pasa la lengua lentamente por el centro del pecho de Ramiro, saboreando el sudor salado. Chupa uno de sus pezones con fuerza mientras sus manos recorren los costados duros de su cintura.
Ramiro respira pesado, pero no se mueve mucho. Solo observa, con una mano grande acariciando la nuca de Mateo y la otra bajando por su espalda hasta meterse debajo del pantalón, apretando la carne firme de su culo.
—Despacito… —murmura Ramiro, casi como una orden—. Quiero sentirte entero.
Mateo se incorpora y se saca su propia remera. Su cuerpo es más definido, con músculos que se marcan explosivamente bajo la piel brillante de sudor. Ramiro lo mira con hambre contenida y pasa las palmas abiertas por su pecho, bajando por los abdominales hasta llegar al borde del pantalón. Desabrocha el botón con calma, baja el cierre y mete la mano adentro, envolviendo la polla dura y caliente de Mateo por encima de la ropa interior.
Mateo gime y empuja las caderas hacia adelante. Se inclina y lo besa profundo, más lento que antes, mordiendo su labio inferior mientras frota su erección contra la mano grande de Ramiro.
Ramiro lo masturba con movimientos largos y firmes, sintiendo cómo palpita en su palma. Con la otra mano le baja el pantalón y el bóxer hasta las rodillas. La polla de Mateo salta libre, gruesa y mojada en la punta. Ramiro pasa el pulgar por la cabeza, esparciendo el líquido preseminal mientras lo mira a los ojos.
—¿Cuánto tiempo venías queriendo esto, eh? —pregunta Ramiro con voz baja y grave, casi susurrando contra su boca.
Mateo no responde con palabras. Solo baja la mano y abre el pantalón de Ramiro, liberando su verga pesada, más gruesa y venosa. La agarra con fuerza y empieza a mover la mano al mismo ritmo que Ramiro le da a él. Los dos se masturban mutuamente dentro de la cabina caliente, respiraciones agitadas, miradas clavadas, cuerpos pegajosos por el sudor.
La exploración se pone más intensa: Ramiro lame el cuello de Mateo, baja por su pecho, y lo obliga a incorporarse un poco para poder chuparle la polla con lentitud deliberada, tomándola profunda mientras sus manos grandes aprietan sus glúteos.
Mateo jadea, sosteniéndole la cabeza, moviendo las caderas con control.
Ramiro suelta una risa baja y ronca al sentir cómo Mateo tiembla bajo sus manos. —Así me gusta, bien caliente… —murmura contra su cuello, mordiéndolo suave—. Mirá lo dura que la tenés para mí.
Lo gira con facilidad en el espacio reducido de la cabina y lo pone a cuatro sobre el asiento amplio del conductor. Mateo se apoya en el volante, respirando agitado, el culo ofrecido y los músculos de la espalda tensos. Ramiro se arrodilla detrás, abre bien esas nalgas firmes y pasa la lengua despacio por toda la raya, saboreándolo sin apuro.
—Joder, Ramiro… —gime Mateo, empujando hacia atrás.
Ramiro escupe y lame con más hambre, metiendo la lengua mientras una mano grande le acaricia la polla pesada que cuelga entre las piernas de Mateo. —Qué rico te ponés cuando te como el culo… Te voy a dejar bien mojado y abierto para mí.
Introduce un dedo grueso, luego dos, moviéndolos lento pero profundo, curvándolos para tocar ese punto que hace que Mateo apriete los dientes y suelte gemidos graves. Ramiro no para de hablarle, la voz cada vez más sucia y cargada:
—Sentís cómo te abro, ¿no? Esta colita tan apretada me está pidiendo verga… Quiero metértela toda, llenarte bien adentro.
Mateo ya no aguanta. Con un gruñido animal se da vuelta, empuja a Ramiro contra el respaldo del asiento del acompañante y se sube encima de él a horcajadas. —Ahora me toca a mí —dice con la voz ronca, mirándolo fijo.
Se escupe la mano, agarra la polla gruesa y venosa de Ramiro y la frota contra su entrada. Baja despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo lo abre y lo llena. Cuando lo tiene todo adentro suelta un gemido largo y gutural.
—Puta madre… qué gruesa la tenés… Me estás rompiendo rico.
Ramiro agarra fuerte las caderas de Mateo con las dos manos, clavando los dedos en la carne. —Movete, boludo. Montame esa verga como sabés.
Mateo empieza a cabalgarlo con ritmo cadencioso pero potente. Sube y baja, girando las caderas, sintiendo cada vena y cada centímetro dentro suyo. El sudor corre por sus pechos, sus abdominales se marcan con cada movimiento. Ramiro sube la mano y le agarra la nuca, atrayéndolo para besarlo sucio, lenguas enredadas mientras le habla entre dientes:
—Así, seguí rebotando en mi pija… Mirá cómo te la tragás toda. Tenés el culo más caliente y apretado que probé en mi vida.
Mateo acelera, apoyando las manos en el pecho ancho de Ramiro, usándolo de apoyo mientras lo monta con fuerza. Sus pollas se frotan entre los dos, mojadas y resbaladizas. El sonido húmedo de carne contra carne llena la cabina junto con sus respiraciones pesadas y gemidos.
—Dame más fuerte… —pide Mateo con voz quebrada—. Quiero sentirte bien profundo, Ramiro. Llename.
Ramiro empuja desde abajo, embistiéndolo con estocadas potentes que hacen que Mateo tiemble. Los dos están perdidos en el placer, sudados, pegajosos, con el olor a sexo inundando todo.
Ramiro suelta un gruñido profundo y, sin salir de adentro de Mateo, lo levanta con fuerza bruta. Lo gira y lo empuja contra el tablero del camión, haciendo que Mateo se incline hacia adelante, con las manos apoyadas en el parabrisas y el culo bien ofrecido.
—Ahora te voy a dar lo que pedís, hijo de puta —dice Ramiro con la voz cargada, casi un ronroneo sucio—. Te voy a reventar ese culito apretado hasta que no puedas ni caminar derecho mañana.
Agarra las caderas de Mateo con manos de hierro y empuja de una sola vez, metiéndosela hasta el fondo. Mateo suelta un gemido ronco que retumba en la cabina. Ramiro no le da tiempo: empieza a cogérselo con estocadas fuertes, profundas y rápidas, haciendo que sus huevos choquen contra el culo de Mateo con cada embestida.
El sonido es obsceno: carne húmeda golpeando, el crujido del asiento, los jadeos de ambos.
Ramiro le da una nalgada sonora, luego otra, dejando la marca roja de su mano en esa nalga firme.
—Mirá cómo te traga la verga… Qué culo tan rico y caliente tenés, carajo. Te estoy abriendo entero y seguís pidiendo más.
Mateo empuja hacia atrás, encontrándose con cada embestida, sudando a chorros. —Dale más fuerte, Ramiro… Rompeme la cola con esa pija gruesa. Me encanta cómo me llenás.
Ramiro acelera el ritmo, follándolo con fuerza animal. Una mano se enreda en el pelo corto de Mateo y tira hacia atrás, arqueándole la espalda mientras la otra le agarra la polla dura y la masturba al mismo compás de las embestidas.
—Sentís cómo te late adentro, ¿no? Te voy a llenar de leche caliente… Te voy a acabar adentro hasta que te chorree por los huevos.
Los movimientos se vuelven más salvajes. Ramiro le da otra nalgada fuerte y luego se pega completamente a su espalda, mordiéndole el hombro mientras lo penetra sin piedad. El sudor de ambos se mezcla, el olor a sexo es denso y pesado dentro del camión.
Mateo gime cada vez más alto, apretando el culo alrededor de la verga de Ramiro.
—Estoy cerca… No pares, seguí metiéndomela así…
Ramiro gruñe contra su oreja, acelerando todavía más:
—Corréte para mí, boludo. Quiero sentir cómo te corrés mientras te estoy partiendo el orto.
Ramiro acelera con todo, embistiendo con fuerza bruta y precisa. El camión se mece ligeramente con el movimiento. Mateo aprieta los dientes, el culo contrayéndose alrededor de la verga gruesa que lo está partiendo.
—Estoy por correrme… —avisa Mateo con voz quebrada.
—Hacelo. Corréte mientras te lleno —gruñe Ramiro, apretando más la mano alrededor de su polla y dándole las últimas estocadas profundas y rápidas.
Mateo suelta un gemido largo y gutural. Su cuerpo se tensa entero y se corre con fuerza: chorros espesos salpicando la mano de Ramiro y el tablero del camión. Casi al mismo tiempo, Ramiro empuja hasta el fondo y se descarga adentro de él con un rugido bajo, llenándolo de leche caliente en pulsos potentes y largos.
Ambos quedan jadeando, temblando, pegados por el sudor. Ramiro se queda unos segundos más adentro, disfrutando las últimas contracciones, y luego sale despacio. Un hilo de semen corre por el muslo de Mateo.
El silencio que sigue es cómodo, casi íntimo. Ramiro agarra una camiseta vieja que había tirada en la cabina y limpia con cuidado el tablero y el muslo de Mateo. Luego pasa la misma tela por su propia polla y se la guarda. Mateo se da vuelta, todavía respirando pesado, y se deja caer sentado en el asiento.
Ramiro se sienta a su lado, abre el brazo y Mateo se apoya contra su pecho ancho y sudado sin decir nada. Se quedan así un rato, recuperando el aliento, con la mano de Ramiro acariciando perezosamente la espalda de Mateo.
—Esto no lo esperaba esta noche… —murmura Mateo, con una media sonrisa.
Ramiro suelta una risa grave y le besa la sien. —Ni yo. Pero no me quejo. Estuviste increíble.
Se miran un segundo y algo cambia. Ya no hay esa tensión cortante de antes. Ahora hay un entendimiento silencioso, una complicidad nueva. Ramiro le pasa la remera a Mateo y le ayuda a ponérsela, un gesto extrañamente tierno para dos tipos tan rudos.
—Esto queda entre nosotros —dice Ramiro, pero su tono es suave—. Y si querés repetirlo… sabés dónde encontrarme.
Mateo asiente, con una sonrisa cansada pero satisfecha. —Contá con eso. Y la próxima vez no te hacés tanto el orto duro en la obra, eh.
Se ríen bajito. Se visten en silencio, acomodándose la ropa de trabajo. Antes de bajar del camión, Ramiro le da un último beso fuerte y corto, agarrándolo de la nuca. Salen juntos, caminando de vuelta hacia donde está el resto de la cuadrilla como si nada hubiera pasado, pero con una nueva complicidad en la forma en que se miran de reojo.
A partir de esa noche, la relación en la obra cambia. Siguen siendo los mismos de siempre delante de los demás —Ramiro callado e imponente, Mateo temperamental—, pero ahora hay miradas que duran un segundo de más, roces “accidentales” cuando nadie mira, y alguna que otra noche más en el camión o en algún otro rincón oscuro de la ruta.
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