Isabel estaba recostada en su silla de oficina, con el auricular del teléfono fijo pegado a la oreja, escuchando la voz monótona de su marido al otro lado de la línea. Eran las 17:05 de un viernes de julio y el calor en el despacho era denso, casi sólido. El aire acondicionado llevaba dos horas muerto, soltando solo un hilo de aire tibio que apenas lograba mover las hojas acumuladas junto al teclado.
—Sí, cariño… sí, ya sé que mañana tenemos que ir al supermercado… —respondía ella con voz cansada, mecánica, mientras se quitaba los tacones negros bajo la mesa.
Sus pies descalzos tocaron el suelo frío, un alivio mínimo que solo subrayaba el hastío del resto de su cuerpo. Con una mano libre, se aflojó discretamente el botón superior del pantalón de traje gris, que se le clavaba en las caderas.Bajó lentamente la cremallera; el sonido metálico de los dientes abriéndose quedó completamente ahogado por el ruido lejano de los ordenadores y el ventilador defectuoso. Metió la mano a presión bajo la tela rígida del pantalón, sintiendo el calor húmedo que salía de su entrepierna. Apartó las bragas negras de encaje con dos dedos; estaban completamente empapadas por el bochorno de la tarde y su propia excitación acumulada, pegadas a los labios gordos de su coño.
Al otro lado del cable, su marido seguía enumerando productos: leche desnatada, pollo, detergente, papel higiénico. Una lista que sonaba a sentencia, reduciendo la existencia a una rutina perfectamente organizada.
—Sí, claro... lo que tú digas... —murmuraba ella mecánicamente al teléfono, mientras introducía dos dedos directamente en su coño caliente, hinchado y resbaladizo.»
“Mierda de matrimonio”, pensó Isabel, sintiendo una punzada de rabia pegajosa en el pecho. “Joder… qué asco de vida, dieciséis años de matrimonio. Dieciséis años de sábados iguales, follando con el mismo hombre como un puto trámite. Dos minutos de polla blanda, un gemido fingido para acabar rápido y dormir de espaldas. Estoy hasta los cojones de esta mierda doméstica y pegajosa.” continuo pensando para si mientras seguia masturbandose con movimientos lentos y profundos empujada por el hastío acumulado.
El jugo espeso le chorreaba por los dedos mientras seguia escuchando a su marido hablar de la lista de la compra.
Metió un tercer dedo, abriéndose el coño con más fuerza. Los labios carnosos y rojos se separaban con cada embestida de sus dedos. Con el pulgar empezó a frotarse el clítoris hinchado en círculos duros y rápidos. El sudor le corría por el escote y le pegaba la blusa blanca al cuerpo; sus tetas grandes y pesadas subían y bajaban con la respiración agitada.
En ese momento, levantó la vista a través de la mampara de cristal de su despacho y lo vio.
Fran, el chico nuevo de 24 años, cruzaba el pasillo central hacia la sala de fotocopias. Llevaba un fajo de documentos y avanzaba con esa torpeza concentrada de quien aún no domina el espacio, pero con una energía limpia, ajena al cálculo y al desgaste de la oficina, esto , a Isabel le resultó sumamente provocador. Había una seguridad física latente en sus hombros anchos que contrastaba con su inexperiencia.
Era rubio, de hombros anchos, con una camisa azul clara ajustada marcando el pecho y el pantalón gris ceñido a un culo prieto y redondo. Había algo limpio en él que Isabel encontró insoportablemente tentador.
A Isabel se le oscurecieron los ojos. Sin pensarlo, la adrenalina de la transgresión le encendió la sangre y aceleró brutalmente el movimiento de su mano bajo el escritorio. Sacó los tres dedos y volvió a meter cuatro de golpe, follándose el coño con rabia mientras no apartaba la mirada libidinosa del chaval.
—Claro, amor… como tú digas… —jadeaba al teléfono, pero su voz ya no sonaba plana.
“Joder… mira esa polla que debe tener el cabrón”, pensó con la mente sucia, frotándose el pubis. “Seguro que la tiene gruesa, venosa y joven, de esas que se ponen duras en dos segundos. Me imagino esa verga abriéndome el coño hasta el fondo… o metiéndomela en el culo sin piedad. Quiero que me llene de leche caliente mientras tiembla como un gorrion asustado.”
El sonido húmedo y obsceno de su mano entrándo y saliéndo del coño era cada vez más fuerte. Metió los dedos hasta el fondo, curvándolos y golpeando contra el punto más sensible. El jugo le chorreaba por la mano, manchándole el pantalón gris y el interior de los muslos gruesos. Se frotaba el clítoris con la palma de la mano con movimientos rápidos, brutales y agresivos.
“Me gustaria verle la cara de miedo cuando le saque la polla y me la meta en la boca. Quiero que se corra como un niño mientras le abro el culo con los dedos”
—Claro… —contesto a su marido con voz ahogada justo cuando el orgasmo le llegó como un mazazo.
Su coño se contrajo violentamente alrededor de sus dedos, soltando un chorro caliente que le empapó toda la mano hasta la muñeca. Se mordió el labio inferior con fuerza para no gemir alto, mientras sus muslos temblaban sin control bajo la mesa y una subita corriente electrica le recorría la espalda. Sacó los dedos lentamente, chorreando de corrida espesa y brillante. Se los olió un segundo, disfrutando de su propio olor y se los metió directamente en la boca para limpiárselos uno a uno, disfrutando del sabor de su propio jugo antes de mirar hacia el pasillo.
Observó cómo Fran entraba en la sala de fotocopias.El murmullo del resto del departamento pareció apagarse de golpe. El mundo exterior se convirtió en ruido de fondo. Algo definitivo le hizo clic por dentro: la certeza de que ya no quería obedecer a la vida que otros esperaban de ella.
—Te llamo luego —cortó a su marido a mitad de frase.
Dejó caer el auricular sobre la mesa con un golpe seco. Apartó la silla y se incorporó, alistándose la blusa blanca de la que desabrochó tres botones con una calma deliberada, dejando que la tensión del calor y la respiración agitasen su escote. Con paso firme, descalza y dejando los tacones olvidados como una prueba de su deserción, cruzó el pasillo directo hacia la sala de fotocopias.
Isabel empujó la puerta de la sala de fotocopias, entró y giró el pestillo. El clack metálico resonó en el pequeño espacio como una sentencia.
Allí dentro, el bochorno era aún más denso; olía a papel recalentado, ozono, tóner y electricidad vieja. La máquina trabajaba con un zumbido rítmico, escupiendo hojas de forma autómata. Fran estaba de espaldas, ordenando los folios en la bandeja. Se giró bruscamente al oír el seguro de la puerta.
—Señora Isabel… ¿necesita algo?
Ella avanzó un paso, cerrando el espacio, obligándolo a recular sutilmente contra la máquina. Su presencia física, rotunda y segura, llenó el cubículo.
—Primero, deja de llamarme señora.
Fran parpadeó, desconcertado. Sus ojos bajaron de forma instintiva hacia el escote abierto de la blusa de Isabel, donde el sudor brillaba en el canalillo, y volvieron a subir con una rapidez delatadora.
—Perdón. Isabel.
—Así mejor. ¿Estás nervioso?
—No —mintió él, aunque el leve temblor en las hojas que sostenía decía todo lo contrario.
—Mientes fatal —dijo ella en voz baja, afilada, apoyando una mano sobre la tapa caliente de la fotocopiadora, acorralándolo sin llegar a tocarlo—. Llevas semanas mirándome cuando crees que no me doy cuenta. Y a mí me gustan más las verdades incómodas que las mentiras educadas.
Fran tragó saliva, atrapado por el magnetismo y la desinhibición aplastante de la jefa de planta. Había un deseo joven y transparente en su turbación, una fascinación que no podía camuflar. La fotocopiadora terminó el lote de copias y el silencio repentino volvió la tensión puramente ambiental, casi respirable.
Isabel sostuvo la mirada del chaval, disfrutando de la escala de poder que acababa de subvertir.
—Podrías abrir ese pestillo y salir ahora mismo —desafió ella, con una sonrisa lenta y peligrosa.
Fran miró la puerta de reojo. Luego volvió a mirarla, midiendo la distancia, el calor y la promesa de lo prohibido. No se movió. Se quedó.
Isabel se acercó un centímetro más, a la vez que llevaba sus manos al cuello de su camisa y jugueteaba con él, mientras le rozaba levemente el cuello .
No esperó a que Fran procesa la pregunta. Cerró el último centímetro de distancia y empujó con fuerza el cuerpo atlético del chaval contra la fotocopiadora, gracias a sus años de yoga y pilates, Isabel manejaba su peso con una agilidad y una fuerza física descomunales; sus tetas grandes y pesadas se aplastaron contra el pecho del chico con un impacto seco, mezclando el sudor de ambos en mitad del bochorno del cubículo.
—Shhh… ni se te ocurre moverte —le susurró al oído con una voz ronca, autoritaria, que no admitía réplica.
El chaval se quedó completamente bloqueado, con las manos apoyadas en la máquina y el cuerpo rígido de la pura impresión. Isabel, manteniendo el control absoluto de su respiración, bajó la mano derecha directamente a su entrepierna y le agarró la polla por encima del pantalón. Notó su grosor, el calor denso atrapado tras la tela y ese latido fuerte y sordo que empezó a golpear contra su palma a medida que el chaval se tensaba.
—Joder… qué bien calzas, cabrón —murmuró satisfecha.
Le bajó la cremallera con una lentitud deliberada que hizo sufrir al chaval y le sacó el miembro, que saltó tieso, venoso, con un glande grande y rosado que ya goteaba precum. Con la soltura física que le daban sus entrenamientos, Isabel se deslizó hacia abajo con gracia y se arrodilló entre las piernas de Fran en el suelo del cubículo. Le bajó los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos de un tirón, dejándolo completamente expuesto, le dio la vuelta de forma energica y le separó las nalgas firmes con las dos manos.
—Mira qué culito más limpio y apretado… —gruñó en voz baja—. Hoy me lo voy a follar.
Escupió abundantemente sobre el ano de Fran, una saliva espesa que resbaló lentamente por el esfínter arrugado. Pegó la cara entre sus nalgas y empezó a lamerlo con hambre, pasando la lengua plana desde los testículos hasta el ano, una y otra vez, presionando y dando vueltas alrededor del agujero para humedecerlo con una paciencia brutal. Con la mano derecha, comenzó a pajearle la polla con movimientos largos y firmes, desde la base hasta el glande, apretando justo debajo de la cabeza y girando la muñeca para deslizar la piel sobre la carne dura.
Fran soltaba gemidos ahogados, con la frente apoyada contra el plástico caliente de la máquina. Isabel escupió más saliva y, aprovechando la tremenda elasticidad de sus propias muñecas y dedos, introdujo la punta de un dedo en su ano. Lo movió con suavidad, entrando y saliendo, y de golpe añadió un segundo y un tercer dedo, empujando con más profundidad y girándolos dentro del culo apretado para ensancharlo sin piedad.
—Relájate… deja que te abra poco a poco —ordenó de forma implacable.
Follaba su ano con tres dedos, entrando y saliendo con movimientos profundos y controlados, estimulándole la próstata por vía rectal. Al mismo tiempo, su mano derecha aceleraba la paja: apretaba más fuerte en la subida, rozaba el glande sensible con el pulgar en cada movimiento y bajaba apretando la base con fuerza. El chaval gemía cada vez más fuerte, empujando su culo hacia atrás contra los dedos de la mujer.
—Te gusta que te abra el culo, ¿verdad cabron ,,,,, ?
El chico ya no podía articular palabra; el contraste entre la dominación de Isabel, el dolor de la dilatación y el placer de la paja lo tenía deshecho. Isabel aceleró el ritmo, apretando fuerte la verga humedecida por el precum, mientras sus tres dedos entraban y salían del ano sin parar.
Fran soltó un gemido largo y roto. Su polla palpitó violentamente en la mano de Isabel y se corrió con fuerza, disparando chorros espesos y calientes de leche que salpicaron la parte frontal de la fotocopiadora. Su ano se contrajo espasmódicamente alrededor de los tres dedos de Isabel mientras se vaciaba por completo. Ella siguió moviendo los dedos dentro de él durante todo el orgasmo, ordeñándole hasta la última gota y exprimiendo la polla con la mano.
—Buen chico… —susurró con satisfacción criminal.
Isabel se levantó lentamente, con los dedos brillantes y manchados de la leche de Fran. Lo miró con una sonrisa soberbia y, agarrándolo por los hombros con agresividad, lo giró con fuerza para ponerlo de cara a ella.
—Ahora me toca a mí —dijo con voz ronca.
Se puso de rodillas frente a él. Agarró la polla todavía medio dura del chaval y se la metió en la boca de un solo movimiento. Chupó con hambre y rabia, pasando la lengua por el glande, bajando hasta la base y volviendo a subir mientras succionaba con fuerza para reanimarlo. La polla reaccionó rápidamente dentro de su boca caliente; Isabel la sacó un momento, escupió abundante saliva sobre el miembro y volvió a tragarlo hasta el fondo, haciendo que el capullo le rozara la garganta. En menos de un minuto, a base de chupadas salvajes y pajas con la mano mojada, Fran tenía la polla completamente tiesa otra vez: gruesa, venosa y palpitante.
Isabel se levantó, se dio la vuelta con brusquedad y apoyó sus tetas grandes y pesadas contra la tapa caliente de la fotocopiadora. Gracias a su increíble flexibilidad de pilates, arqueó la espalda de una forma imposible, bajándose el pantalón de traje gris y las bragas negras hasta los tobillos de un tirón, separando las piernas de espaldas a él. Su coño empapado y su culo grande, redondo, carnoso y sudado quedaron completamente expuestos, mostrando su anatomía dilatada por el deseo.
—Ahora métemela en el coño —ordenó con voz autoritaria y sucia—. Hasta el fondo. Quiero que me folles como un hombre.
Fran, temblando y con la mente anulada por el morbo, se acercó. Agarró su polla gruesa y la guió directamente hacia los labios carnosos de Isabel. Empujó con todo su peso; la verga joven y dura entró de un solo golpe, hundiéndose hasta la base en su coño hirviente y resbaladizo. Isabel soltó un gemido ronco, agarrándose con fuerza a la máquina mientras sentía el tremendo grosor abriéndola por dentro. Fran, espoleado por el calor de la jefa, dio tres embestidas salvajes y profundas. Fue demasiado para Isabel: el choque de la carne desató una corriente eléctrica instantánea en su pubis y se corrió de golpe, con un orgasmo rápido y violento que le hizo contraer las paredes del coño como una prensa contra la verga del chaval.Sin dejar que Fran se relajara ni amagase con venirse abajo, Isabel apoyó las manos con más fuerza en la fotocopiadora y ordenó entre dientes:
—Sácala... Sácala ya y métemela por el culo. No te pares, cabrón.
Fran, obedeciendo ciego y con la polla empapada en los jugos del orgasmo de la mujer, retiró el miembro con un sonido húmedo. Inmediatamente apoyó el glande reluciente contra el ano de Isabel, que esperaba tenso y dilatado. Ella misma separó más las nalgas con las dos manos.
—Empuja.
Fran empujó de nuevo con todo su peso. Con la lubricación previa de su propio coño, el glande grueso entró lentamente, abriendo el ano de Isabel centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido desgarrado de puro placer, sintiendo cómo el esfínter se estiraba al máximo alrededor de esa carne joven…
—Más adentro… no te pares, cabrón.
La polla fue entrando poco a poco, abriéndole el recto hasta que los testículos de Fran chocaron contra su coño chorreante. Isabel sintió cómo su esfínter se estiraba al máximo alrededor de esa carne joven y gruesa, pero su control muscular del yoga le permitió relajarse y absorber el impacto sin romperse. El calor era asfixiante.
—Fóllame. Fuerte.
Fran empezó a embestir. Al principio con ritmo torpe, pero el instinto animal afloró y empezó a clavarle la polla con confianza. Su verga entraba y salía completamente del culo de Isabel, dejando el agujero abierto, rojo y lubricado. El sonido de carne golpeando contra la máquina era fuerte y constante; cada embestida hacía que las tetas de Isabel se aplastaran contra la tapa caliente.
—Más fuerte, cabrón… Quiero sentir cómo me revientas el culo.
Fran aceleró, dándole golpes secos, profundos y salvajes. El ano de Isabel tragaba la polla entera una y otra vez. Ella metió una mano entre sus piernas y comenzó a frotarse el coño con rabia, metiéndose los dedos húmedos mientras recibía cada embestida por detrás. El culo de Isabel hacía sonidos húmedos y obscenos con cada impacto. Fran la agarró de las caderas anchas con fuerza, dejando sus dedos marcados en la piel, y se dedicó a sodomizarla sin cortapisas.
Isabel sintió el clímax encima; su coño y su culo se contrajeron en un espasmo brutal al mismo tiempo.
—Córrete dentro —ordenó entre dientes—. Quiero que me llenes el culo de leche.
Fran soltó un gruñido largo y animal. Empujó la polla hasta los huevos y se corrió violentamente. Chorros calientes, masivos y espesos de semen salieron disparados dentro de las tripas de Isabel, inundando su colon. El chaval siguió embestiendo ciego mientras se vaciaba, metiendo hasta la última gota de leche dentro de ella. Isabel se corrió también, su coño soltando un chorro de flujo que le cayó por los muslos, mientras su ano apretaba la verga de Fran con fuerza para ordeñarlo.
Se quedaron unos segundos pegados, jadeando exhaustos contra la máquina. El semen empezó a chorrear lentamente del ano abierto de Isabel, bajando en hilos blancos por sus muslos.
Ella se incorporó con total parsimonia. Se subió el pantalón de traje gris y las bragas, sintiendo la viscosidad de la leche caliente goteando dentro de la ropa. Se abrió la blusa blanca botón a botón, se colocó el pelo frente al reflejo del cristal y miró a Fran, que seguía con los pantalones abajo, temblando y apoyado contra la fotocopiadora.
—Vístete y vuelve a tu mesa —dijo con una soberbia implacable—. Y ni se te ocurra abrir la boca sobre esto. Esto no ha sido una conversación de oficina.
Fran, asustado de sí mismo, asintió despacio. Isabel abrió la puerta de la sala de fotocopias y salió al pasillo caminando con paso firme, descalza todavía, sintiendo el semen de su empleado corriendo por su pierna. Una sonrisa satisfecha y criminal iluminaba su rostro; se había deshecho de todos los nombres que le pesaban: esposa, empleada, señora, mujer correcta.
Caminó de vuelta a su mesa. Los tacones seguían abandonados bajo el escritorio y el móvil vibraba entre los papeles. Probablemente era su marido, queriendo añadir algo más a la lista de la compra del supermercado. Isabel lo dejó sonar.
Se sentó, cruzó las piernas y miró hacia la sala de fotocopias a través de la mampara de cristal. Fran apareció unos segundos después, con los documentos en la mano y el rostro demasiado serio para resultar natural. Pasó por delante de su despacho sin detenerse, pero esta vez sí giró la cabeza y la miró fijamente.
Isabel sostuvo la mirada de su nuevo juguete. Y sonrió.