Marco notó la mirada antes de que ella pudiera disimularla. Llevaba suficiente tiempo en las playas del Archipiélago Helio —esas islas artificiales que flotaban a ciento veinte kilómetros de la costa mediterránea, ancladas por cables de grafeno a lechos submarinos que nadie había pisado en décadas— como para reconocer cuándo una mujer lo miraba con intención real y cuándo simplemente dejaba vagar los ojos. Esta mujer no dejaba vagar nada. Esta mujer miraba.

Se incorporó despacio, sin prisa, con esa economía de movimientos que tiene la gente que sabe exactamente cómo ocupa el espacio. La arena blanca —sintética, procesada, idéntica grano a grano gracias a las impresoras de materia del complejo— crujió bajo sus pies cuando se giró ligeramente hacia ella. No demasiado. Lo justo para que ella supiera que él también había tomado nota.

Elena sintió el calor de una forma distinta entonces. No era el sol, que seguía ahí, implacable, calibrado por los paneles de regulación climática del archipiélago para mantenerse siempre entre treinta y dos y treinta y cuatro grados. Era otra cosa. Era ese calor que sube desde algún lugar más profundo y menos cartografiable, ese que se instala entre los muslos y sube por el vientre y llega a la garganta como una sed que no tiene nada que ver con el agua.

Llevaba cuatro días allí con Daniel. Su marido había insistido en el viaje —una de esas escapadas de «reconexión de pareja» que los psicólogos de bienestar del siglo veintiuno habían puesto de moda y que en el veintidós seguían siendo exactamente igual de ambiguas en sus promesas. Daniel era buen hombre. Atento, inteligente, con ese tipo de seguridad tranquila que da haber construido algo propio. Pero llevaban tres noches en la suite del nivel dieciséis del Hotel Helios Prime, con sus paredes de polímero translúcido que filtraban la luz del atardecer hasta volverla casi pornográfica, y las tres noches habían terminado igual: él dormido antes de medianoche, ella mirando el techo con los ojos abiertos y una energía sin destino recorriéndole el cuerpo.

El hombre se llamaba —ella lo supo después, mucho después— Adán. Sin apellido que importara todavía. Solo Adán, como si el nombre fuera suficiente declaración de intenciones.

Caminó hacia el agua sin mirarla de nuevo. Y fue precisamente eso —la indiferencia calculada, el no mirarla— lo que hizo que Elena se mordiera el labio con más fuerza. Siguió su espalda con los ojos: la anchura de los hombros, el descenso preciso de la columna, la forma en que el bañador oscuro se ceñía a unos glúteos que tenían una geometría casi ofensiva. Se preguntó si Daniel estaba mirando desde la terraza del bar elevado donde había dicho que iría a trabajar un rato. Esperó que sí. Le sorprendió descubrir que esperaba que sí.

El agua del Mediterráneo artificial —filtrada, remineralizada, mantenida a veintiséis grados mediante intercambiadores de calor geotérmico— recibió a Adán sin aspavientos. Entró despacio, hasta la cintura, y luego se lanzó de frente con un movimiento limpio que apenas levantó espuma. Elena observó cómo nadaba, la cadencia de sus brazos, la potencia controlada. Había algo en todo aquello que resultaba deliberadamente tranquilo, como si el mundo entero fuera un sitio cómodo para él.

Ella no había nadado esa mañana. Tenía calor, tenía el cuerpo impregnado de crema solar con filtro de espectro completo —obligatoria en el archipiélago desde que los niveles de radiación UV-C habían subido tres puntos en la última década— y tenía, sobre todo, esa inquietud instalada en el cuerpo que hacía difícil cualquier cosa que requiriera concentración. Pero se levantó. Se quitó las gafas, las dejó sobre la toalla con un gesto que fue más decisión que descuido, y caminó hacia el agua.

No hacia él. Hacia el agua. La distinción era importante. También era, en cierta medida, mentira.

El contacto del mar con sus tobillos fue un alivio físico inmediato. Siguió avanzando, sintiendo cómo el nivel subía por sus pantorrillas, por sus rodillas, por sus muslos —y ahí sí se detuvo un instante, porque el agua fría contra la cara interior de los muslos tuvo un efecto que no esperaba, o quizás sí esperaba y por eso se había metido al mar—. Su bañador era de una sola pieza, negro, con un escote en la espalda que llegaba casi al final de la columna. Daniel se lo había comprado. Le había dicho que estaba espectacular. Era verdad, y ella lo sabía, y sin embargo había algo en ese saber que esta mañana tenía un filo distinto.

Adán salió del agua en ese momento. Pasó a su lado —a poco más de un metro— sin detenerse, dejando una estela de agua que le salpicó levemente el brazo. La miró entonces, por primera vez de frente, y Elena entendió por qué había estado evitando ese momento. Sus ojos eran de un marrón tan oscuro que en la luz directa del sol parecían negros, y tenían esa cualidad rara de mirar sin juzgar, de registrar sin catalogar. Una mirada que tomaba nota sin hacer inventario.

—El agua está bien —dijo él. Solo eso. Voz grave, acento neutro, de esos que producen ciertas ciudades que ya no tienen geografía clara.

—Lo sé —respondió ella. Y su propia voz le sonó diferente. Más baja. Más directa.

Él siguió caminando hacia su toalla. Elena se metió en el agua hasta la cintura y se quedó quieta un momento, dejando que la temperatura hiciera su trabajo. Sentía el pulso en lugares donde normalmente no se siente el pulso. Pensó en Daniel trabajando en el bar del nivel dieciséis, con su tableta holográfica desplegada y su café negro y su manera ordenada de pasar las mañanas. Pensó en las tres noches en la suite de polímero translúcido. Pensó en el escote de su bañador y en los ojos oscuros de ese hombre y en la geometría de esos glúteos y en lo que se insinuaba, incluso en reposo, entre sus piernas.

Se sumergió entera. El agua la cubrió completamente durante tres segundos, o quizás cinco, y cuando salió y se apartó el pelo de la cara y abrió los ojos, Adán estaba tumbado en su toalla mirando el cielo. O eso parecía. Las gafas de sol que ahora llevaba eran de espejo, de esas que no dejan leer la dirección de la mirada.

Elena salió del mar despacio. Pasó junto a su toalla. No se detuvo, pero redujo el paso exactamente lo suficiente para que, si él estaba mirando —y ella apostaba a que sí estaba mirando— pudiera verla bien. El agua le corría por la espalda descubierta. Sabía cómo se veía. Tenía treinta y cuatro años y un cuerpo que había cuidado con la misma atención que ponía en todo lo que consideraba importante. Las caderas anchas, el vientre plano, la línea del bañador cortando en diagonal sobre los glúteos. Era consciente de cada centímetro de eso en este momento, y esa consciencia le producía algo que estaba a mitad de camino entre la vanidad y el deseo.

Se tumbó boca abajo en su toalla. Desató las cuerdas del cuello del bañador y las dejó caer a los lados, exponiendo la espalda completa al sol. Apoyó la barbilla en los brazos cruzados y cerró los ojos. O los entrecerró. Porque podía ver, por el rabillo del ojo, la toalla naranja donde Adán seguía tumbado, y podía ver que en algún momento —no sabía exactamente cuándo— él había girado la cabeza en su dirección.

El sol seguía ahí, calibrado y constante. Los paneles climáticos del archipiélago Helio hacían su trabajo con precisión milimétrica. Treinta y tres grados. Sin viento. El sonido del mar artificial —idéntico al real, producido por los mismos principios físicos aunque por una infraestructura construida hace cuarenta años— era hipnótico y regular.

Elena pensó que iba a ser una tarde muy larga. Lo pensó con algo que se parecía bastante a la satisfacción.

Fue él quien habló primero cuando el sol empezó a bajar. No mucho —un par de grados en el índice térmico del archipiélago, suficiente para que las sombras se alargaran sobre la arena blanca y la luz adquiriera esa textura dorada que los ingenieros de ambiente del complejo habían tardado años en replicar con exactitud. Elena había estado leyendo —o fingiendo leer— en su tableta flexible, con la pantalla curvada sobre la arena como una hoja de papel gigante, cuando escuchó su voz desde la toalla contigua.

—¿Llevas mucho tiempo en el archipiélago?

Ella no respondió de inmediato. Se tomó un segundo. Ese segundo tenía una carga que ambos podían calcular.

—Cuatro días —dijo finalmente, girando la cabeza hacia él sin incorporarse del todo—. Con mi marido.

La última parte no era una advertencia. Era información. Elena había aprendido hace tiempo que hay una diferencia, y que esa diferencia lo cambia todo.

Adán asintió despacio, como si la información encajara en algún esquema que ya tenía trazado.

—¿Y dónde está tu marido ahora?

—Trabajando —dijo ella. Y sonrió ligeramente, sin que la sonrisa fuera amable exactamente. Más bien honesta—. Siempre está trabajando.

—Eso explica muchas cosas —respondió él, y en su voz había algo que no era burla pero se le acercaba lo suficiente para ser interesante.

Elena se incorporó entonces, apoyándose en los codos, mirándolo de frente por primera vez sin la mediación de las gafas de sol. La luz dorada de la tarde le daba a su piel ese brillo que solo tienen ciertas horas del día y ciertos cuerpos en cierto estado de consciencia. Él también se había incorporado, sentado con las rodillas flexionadas, los antebrazos apoyados en ellas, mirándola con esa calma que Elena ya empezaba a identificar como una de sus características principales.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Solo?

—Por ahora —dijo él.

Por ahora. Dos palabras que cabía leer de muchas formas. Elena eligió la más interesante y dejó que esa elección se instalara entre los dos como algo que no necesitaba ser dicho en voz alta.

La conversación que siguió fue larga y, en apariencia, sobre nada en particular. Sobre el archipiélago Helio y su historia —construido entre el 2041 y el 2048 como proyecto de ingeniería climática y turismo de élite, ahora democratizado hasta ser simplemente caro en lugar de inaccesible—. Sobre los cambios en el Mediterráneo, el nuevo ecosistema marino que había surgido alrededor de los pilares de grafeno, los arrecifes artificiales que habían resultado ser mejores que los naturales en algunos aspectos y peores en otros. Sobre viajes, sobre ciudades, sobre esa manera contemporánea de vivir que consiste en estar en todas partes sin arraigarse en ninguna.

Pero debajo de todo eso —debajo de cada frase ordinaria, de cada pregunta educada, de cada respuesta calibrada— había otra conversación que no necesitaba palabras. Una conversación que se desarrollaba en la distancia entre sus toallas, que había ido reduciéndose imperceptiblemente durante la última hora. En la forma en que los ojos de Elena bajaban, brevemente pero sin disimulo, a lo que el bañador de Adán contenía. En la forma en que él lo notaba y no hacía nada por remediarlo. En el calor que volvía a instalarse entre sus muslos cada vez que él hablaba con esa voz grave y tranquila sobre cualquier cosa.

Cuando el sol llegó al nivel del horizonte artificial del archipiélago —hay un horizonte real, pero también uno diseñado, una línea de estructuras que recorta el cielo de una manera que resulta estéticamente perfecta y que varios premios de arquitectura habían celebrado y varios críticos habían detestado exactamente por los mismos motivos— Elena recogió su toalla y se puso en pie.

—Ceno con mi marido a las nueve —dijo.

—Qué bien —respondió Adán, sin ironía aparente.

—El bar del nivel cuatro tiene las mejores vistas al atardecer —dijo ella, y se encogió levemente de hombros, como si fuera una información sin destinatario particular—. Suelo ir antes de cenar.

Se puso las gafas de sol —el sol ya no las justificaba, pero era un gesto que cerraba la frase de una forma que le gustó—, recogió la tableta y se alejó por la arena blanca sin mirar atrás. Sabía que él la miraba. Sabía que no iba a llamarla. Sabía también que a las ocho menos cuarto iba a estar en el bar del nivel cuatro, con una copa de algo frío, mirando el atardecer diseñado del archipiélago Helio y esperando ver si por ahora había terminado ya.

La suite tenía una ducha con regulación de temperatura por voz y paredes de vapor que se activaban automáticamente al detectar presencia. Elena entró en el baño, dio las instrucciones en voz baja —treinta y ocho grados, presión media, ciclo largo— y se quedó bajo el agua durante mucho más tiempo del necesario para limpiarse la arena y la crema solar. Se quedó porque el agua caliente tenía ese efecto calmante que su cuerpo necesitaba y también porque su mente seguía reproduciendo, con una fidelidad que le resultó ligeramente perturbadora, la geometría de ciertos glúteos y el tacto imaginado de cierta piel oscura bajo la luz dorada de las cinco de la tarde.

Se pasó las manos por el cuerpo con una lentitud que no era del todo inconsciente. Sintió sus propias caderas, la curva del vientre, la cara interior de los muslos todavía sensibilizada por el agua del mar y por algo más. Pensó en Daniel. Pensó en él de una manera específica —pensó en su cara si la viera ahora, si supiera lo que estaba pensando ahora— y ese pensamiento particular añadió algo al calor que ya tenía. Algo que la sorprendió un poco. Algo que decidió no analizar demasiado de momento.

A las siete y cuarenta y cinco, vestida con un vestido de lino blanco que le dejaba los hombros al aire y unas sandalias planas, le dijo a Daniel que iba a tomar una copa antes de cenar y que lo esperaba abajo. Él levantó la vista de la tableta, le dedicó esa sonrisa tranquila que tenía, dijo que bajaría en cuarenta minutos. Elena asintió. Cogió el bolso pequeño, el que solo cabe el móvil y las llaves de la habitación, y salió al pasillo de polímero translúcido que olía ligeramente a ozono, como todo en el archipiélago…

La segunda parte arranca donde lo dejamos: Elena en el ascensor, Daniel arriba con su tableta, y Adán esperando —o no— en el bar del nivel cuatro. A partir de aquí, el relato se vuelve explícito.

Por ahora — Parte II: El nivel cuatro

El ascensor del Hotel Helios Prime era de cápsula transparente, de esos que suben por el exterior del edificio y dejan ver el mar mientras ascienden. O mientras descienden, que era el caso de Elena en ese momento, observando cómo el Mediterráneo artificial se extendía bajo ella con su calma calculada y sus luces submarinas encendiéndose ya en el crepúsculo. Se miró en el reflejo del polímero. El vestido blanco. Los hombros desnudos todavía con el color del día. El pelo todavía húmedo de la ducha, cayendo en espirales oscuras sobre la clavícula. Pensó que estaba bien. Pensó también que no iba al bar del nivel cuatro a estar bien para nadie en particular. Se lo dijo a su reflejo. Su reflejo no pareció convencido.

El bar del nivel cuatro era lo que en el siglo pasado habrían llamado una terraza, aunque aquí la palabra se quedaba corta. Era una plataforma volada sobre el mar, sostenida por cables de tensión que bajaban desde la estructura principal, con suelo de vidrio reforzado que dejaba ver el agua cuarenta metros más abajo y una barra larga de mármol reconstituido donde se servían cócteles con nombres que referenciaban geografías que el cambio climático había transformado irreversiblemente. El Adriático Azul. El Delta Perdido. El Mar que Fue. Alguien en el equipo de branding del complejo tenía sentido del humor negro o ningún sentido del humor en absoluto, era difícil distinguirlo.

Elena pidió algo con ginebra y hielo y se apoyó en la barandilla mirando el horizonte diseñado. El sol estaba exactamente donde los ingenieros de ambiente habían calculado que estaría a esa hora: rasando la línea de estructuras del archipiélago, tiñendo el cielo de naranja y malva con una precisión que resultaba casi insultante en su perfección. Hermoso de todas formas. La belleza no necesita ser espontánea para ser belleza.

Escuchó sus pasos antes de verlo. O quizás lo imaginó. Quizás solo supo que era él por alguna razón que no tenía nombre técnico todavía, aunque probablemente los investigadores de neurociencia social del MIT-Barcelona llevan años intentando ponerle uno a esa clase de reconocimiento corporal que ocurre antes de que el cerebro consciente haya procesado nada.

Adán se apoyó en la barandilla a su lado. No pidió nada en la barra todavía. Solo se quedó mirando el mismo horizonte que ella, con esa calma que Elena ya había catalogado como su rasgo más perturbador.

—Llegas puntual —dijo ella.

—No sabía que había una hora.

—Las ocho menos cuarto —dijo Elena—. Más o menos.

Él la miró entonces. De cerca, sin las gafas de espejo, sus ojos tenían esa profundidad que en la playa había intuido pero no podido confirmar. Marrón oscuro con algo dorado en el centro, como ciertos ámbaras con insectos prehistóricos atrapados dentro. Elena pensó que era un pensamiento raro para tener en este momento y luego pensó que los pensamientos raros son los más honestos.

—¿Qué quieres que pase? —preguntó él. Directo. Sin el circunloquio habitual, sin la aproximación oblicua que la gente usa normalmente para no comprometerse con lo que quiere.

Elena bebió un sorbo de su copa. El hielo tintineó.

—Sabes perfectamente lo que quiero que pase —dijo.

Adán asintió. Solo eso. Y luego puso su mano sobre la de ella en la barandilla, despacio, sin agarrar, simplemente apoyando el peso de su palma sobre el dorso de su mano, y ese contacto —ese primer contacto real, piel con piel, su mano grande y oscura sobre la suya— le subió a Elena por el brazo hasta el hombro y de ahí a la garganta con una velocidad que la hizo respirar diferente.

—Mi habitación está en el nivel doce —dijo él.

—La mía en el dieciséis —respondió Elena—. Con mi marido.

—Ya.

—Tienes cuarenta minutos —dijo ella. Y él la miró con algo que podría haber sido una sonrisa si hubiera llegado a serlo del todo—. Él baja en cuarenta minutos.

Adán dejó su copa en la barra —la había pedido en algún momento sin que ella se diera cuenta, ese whisky oscuro que ahora quedaba a medias sobre el mármol reconstituido— y se apartó de la barandilla. Elena lo siguió sin que nadie dijera nada más. Había un punto en que las palabras dejan de ser el sistema de comunicación más eficiente y este era claramente ese punto.

El ascensor de cápsula transparente los subió en silencio. Elena miraba el mar iluminarse abajo con sus luces submarinas. Adán miraba a Elena. Ella lo sabía porque podía sentirlo, esa clase de mirada que tiene peso físico, que se posa sobre la piel como algo tangible. Cuando las puertas se abrieron en el nivel doce él puso una mano en la parte baja de su espalda —en el hueco que dejaba el escote posterior del bañador esa tarde, ahora cubierto por el lino blanco pero recordado con precisión por los dedos de Elena— y ese gesto tan simple, tan deliberado, le hizo cerrar los ojos medio segundo.

La habitación del nivel doce era más pequeña que la suite del dieciséis pero tenía la misma arquitectura de polímero translúcido filtrando la luz del exterior, convirtiéndola en algo ambiguo entre el atardecer y la noche. Olía a él: algo neutro con una base cálida debajo, sin colonia aparente, solo esa temperatura particular que tienen ciertos cuerpos.

Adán cerró la puerta y se quedó mirándola desde ahí. Elena estaba de pie en el centro de la habitación, con su vestido blanco y su copa imaginaria ya olvidada en el bar del nivel cuatro, y por un segundo —solo un segundo— tuvo la sensación de estar suspendida entre dos versiones de sí misma. La que subía a la suite del dieciséis, se cambiaba de ropa, cenaba con Daniel en el restaurante del nivel dos y dormía con la misma energía sin destino recorriéndole el cuerpo. Y esta. Esta versión en el nivel doce con cuarenta minutos y un hombre que la miraba como si supiera exactamente lo que había debajo del vestido de lino.

Eligió esta.

Cruzó la distancia entre los dos en tres pasos y lo besó antes de que él lo hiciera, porque eso también era parte de lo que quería —quería tomar, no solo ser tomada— y él respondió de una forma que confirmó todas sus hipótesis de la tarde: con una intensidad controlada, con las manos en su cara primero y luego en su pelo, enredándose en los rizos todavía húmedos con una firmeza que no era brusca pero tampoco era delicada. Sus labios eran más suaves de lo que esperaba y su lengua era precisa y su cuerpo contra el de ella era exactamente tan grande y tan sólido como había imaginado bajo el sol calibrado de las cinco de la tarde.

Mi habitación está en el nivel doce —dijo él.

Elena metió las manos bajo su camiseta. Su piel era cálida —más cálida de lo habitual, de esa temperatura que tienen algunos cuerpos que parece generada desde dentro— y los músculos del abdomen se tensaron bajo sus dedos cuando los recorrió. Él le bajó los tirantes del vestido despacio, sin urgencia, y ese gesto lento en medio de la urgencia que ella sentía le produjo algo que estaba entre la frustración y el deseo puro. Dejó que el vestido cayera.

—Joder —dijo él, en voz baja, casi para sí mismo, cuando la vio. Solo eso. Sin adjetivos. Y fue más efectivo que cualquier cosa elaborada.

Elena no llevaba nada debajo del vestido. Una decisión tomada en el baño de la suite del dieciséis mientras pensaba en esto exactamente, mientras se decía que era solo por comodidad con el calor, mientras sabía perfectamente que era mentira.

Adán la miró durante un segundo completo —ese segundo donde alguien toma posesión visual de algo antes de tocarlo— y luego la empujó suavemente hacia la cama, no con brusquedad sino con esa clase de dirección física que resulta indistinguible del deseo. Elena se dejó caer sobre las sábanas blancas y él se quitó la camiseta antes de inclinarse sobre ella, y la piel oscura bajo la luz filtrada del polímero tenía exactamente el brillo que había tenido bajo el sol de la playa, ese brillo que ella había estado mirando durante horas con una atención que ahora, aquí, tenía su lógica completa.

Le besó el cuello. La clavícula. El espacio entre los pechos. Despacio, con una meticulosidad que parecía tener su propio ritmo, indiferente al tiempo. Elena pensó en los cuarenta minutos y luego dejó de pensar en los cuarenta minutos porque su boca llegó a uno de sus pezones y el pensamiento coherente se volvió técnicamente difícil.

—Dios —dijo ella, y la palabra salió con más aire del que pretendía.

Él sonrió contra su piel. Siguió bajando, con esa misma calma que Elena había visto en la playa y que ahora, en este contexto, adquiría un significado completamente distinto. Cuando llegó a su vientre ella ya tenía las manos en su pelo, no dirigiendo, solo sujetando, necesitando sujetar algo. Cuando fue más abajo abrió las piernas sin que nadie se lo pidiera y emitió un sonido que no reconoció como propio hasta que ya había salido.

Lo que hizo entonces con su boca no tenía la urgencia de alguien que quiere acabar rápido. Tenía la precisión de alguien que sabe exactamente dónde está lo que busca y no tiene ningún interés en encontrarlo demasiado pronto. Elena levantó las caderas. Sus dedos se cerraron en su pelo. El polímero translúcido de las paredes filtraba la última luz del atardecer diseñado convirtiéndola en algo dorado y difuso, y el sonido del mar artificial llegaba desde abajo como un pulso regular e indiferente.

Regala una suscripción

—Así —dijo ella—. Ahí. Joder, ahí.

Él no aceleró. Mantuvo el ritmo. Eso era lo más perturbador —esa capacidad de no dejarse llevar por la urgencia de ella, de seguir exactamente a su propio tempo incluso cuando ella empujaba las caderas hacia arriba y decía cosas que normalmente no decía en voz alta. Cuando llegó al orgasmo fue como un tejido que se desgarra de forma ordenada, empezando por un punto preciso y extendiéndose en ondas hacia afuera, y ella se arqueó completamente y dejó escapar un sonido largo y sin pretensiones y se aferró a las sábanas con la mano libre porque necesitaba aferrarse a algo.

Se quedó quieta durante varios segundos. Él subió despacio, recorriendo su cuerpo en sentido inverso, y cuando llegó a su cara Elena lo besó y saboreó algo de sí misma en su boca y pensó que debería resultarle más extraño de lo que le resultaba.

—Quiero más —dijo ella. No como petición. Como declaración de hechos.

—Sé que quieres más —respondió él.

Tenía treinta minutos. Quizás algo menos.

Adán se levantó y se quitó el pantalón con esa misma economía de movimientos que Elena había observado en la playa, y cuando lo vio completamente lo primero que pensó fue que su intuición de la tarde había sido, si acaso, conservadora. Era grande de una manera que producía ese tipo específico de ansiedad que se parece mucho a la anticipación. Largo y grueso, ya completamente duro, oscuro como el resto de su piel, con una curva ligera que Elena procesó con una parte del cerebro que no es la parte que habla.

—Ven aquí —dijo ella.

Se colocó encima de él. Quería eso también —quería encima, quería el control de la velocidad y la profundidad y el ángulo, quería poder calibrar exactamente cuánto— y él lo entendió sin que nadie lo negociara y se tumbó boca arriba con las manos en sus caderas, no para dirigir sino para acompañar.

Elena lo cogió con la mano primero, calibrando, respirando, y luego se lo puso en la entrada y se fue bajando despacio. Muy despacio. Centímetro a centímetro, dejando que su cuerpo se adaptara a ese tamaño que era considerable por cualquier medida objetiva, y el proceso completo duró suficiente para que emitiera varios sonidos que fueron variando en tono a medida que bajaba.

—Joder, qué grande eres —dijo en voz alta, sin pensar, y él le apretó las caderas ligeramente y ella interpretó ese apretón correctamente como aprobación.

Cuando llegó al fondo se detuvo. Lo sintió completamente dentro, esa sensación de estar llena de una forma que no había sentido en mucho tiempo, quizás nunca exactamente así, y necesitó un momento simplemente para estar quieta y respirar y dejar que su cuerpo catalogara la experiencia antes de empezar a moverse.

Cuando empezó a moverse fue despacio también, pero su despacio era diferente al de él —el de ella tenía urgencia contenida, como una tensión que se estira antes de soltarse—. Sus manos en su pecho, el pecho ancho y sólido donde el corazón de Adán latía con una calma que le resultó casi ofensiva dado el estado en que se encontraba ella. Se movió más rápido. Él dejó que tomara el ritmo que necesitaba, con esas manos grandes en sus caderas acompañando sin imponer, y Elena sintió que el segundo orgasmo llegaba desde un sitio diferente al primero, desde más adentro, desde más abajo, y cuando empezó a construirse aceleró todavía más y se inclinó hacia delante y dijo cosas que en otro contexto le habrían sorprendido escuchar con su propia voz.

—Sí, así, no pares, joder, no pares—.

Adán la miró desde abajo durante todo ese tiempo. La miró directamente, sin apartar los ojos, y esa mirada era parte de lo que estaba pasando, era uno de los elementos constitutivos de lo que sentía, y cuando llegó al orgasmo fue diferente al primero, más profundo, más largo, con una duración que hizo que se derrumbara sobre su pecho con el cuerpo todavía sacudiéndose en oleadas.

Él la giró entonces. La puso boca abajo, con las manos en sus caderas levantándolas ligeramente, y entró en ella desde atrás con una profundidad que arrancó un sonido involuntario que Elena amortiguó a medias contra la almohada. Empezó a moverse y ahí sí perdió algo de esa calma —no toda, pero algo— y el ritmo que tomó era diferente, más decidido, y Elena cerró los ojos y se dejó llevar completamente porque ya había tomado lo que quería tomar y ahora quería simplemente recibir.

Sus manos en sus caderas. Su peso detrás de ella. El sonido del mar artificial. La luz dorada del polímero. Todo eso junto durante un tiempo que no registró con precisión porque estaba completamente fuera del tiempo lineal, en ese otro tiempo que mide las cosas de otra forma.

Cuando él llegó al orgasmo fue con un sonido grave y breve, sus manos apretándole las caderas con fuerza real por primera vez, y ella sintió cada contracción de él dentro de ella y pensó que eso también era parte de lo que quería y que había elegido bien en el ascensor de cápsula transparente cuarenta minutos atrás.

Se quedaron quietos. El polímero translúcido. El mar. La temperatura perfecta de la habitación del nivel doce.

Elena miró el reloj en el panel de control de la mesita. Tenía once minutos.

Obtén 180 day free trial

Se levantó. Recogió el vestido del suelo. Entró en el baño y se miró en el espejo —pelo revuelto, cara encendida, esa expresión específica que tiene la cara de alguien que acaba de ser completamente satisfecha— y abrió el grifo frío y se lo pasó por las muñecas y el cuello. Se peinó con los dedos lo mejor que pudo. Se puso el vestido.

Cuando salió, Adán estaba tumbado boca arriba en las sábanas blancas, con los brazos bajo la cabeza, mirando el techo. Desnudo y completamente cómodo con estarlo. Elena pensó que había algo en esa imagen —la piel oscura sobre el blanco de las sábanas, la luz del polímero, esa postura de calma absoluta postcoital— que era objetivamente hermosa y que lamentaba no tener tiempo para quedarse mirándola más.

—Mañana hay playa —dijo ella desde la puerta.

—Sí —dijo él, sin moverse, mirando todavía el techo.

—Llevaré la misma toalla.

Una pausa.

—Yo también —dijo Adán.

Elena abrió la puerta y salió al pasillo de polímero que olía a ozono. El ascensor de cápsula transparente la esperaba. Subió al nivel dieciséis y cuando entró en la suite Daniel estaba terminando de cambiarse de ropa, con esa camisa azul que le gustaba, y la miró y le dijo que estaba guapa.

Compartir BY JOHNNY ZURI

—Gracias —dijo ella.

Y lo besó. Un beso real, con las manos en su cara, y él respondió sorprendido por la intensidad y la miró con algo entre la pregunta y el placer.

Elena miró el reloj en el panel de control de la mesita. Tenía once minutos.

—¿Todo bien? —preguntó él.

—Muy bien —dijo Elena.

Bajaron juntos al restaurante del nivel dos. El Mediterráneo artificial brillaba afuera con todas sus luces submarinas. La temperatura era perfecta, como siempre. El horizonte diseñado era hermoso, como siempre. Elena pidió pescado y vino blanco y escuchó a Daniel hablar del trabajo con esa atención genuina que le tenía y que no había desaparecido, que nunca había desaparecido, solo se había quedado esperando debajo de algo que hoy había necesitado salir.

Pensó en la toalla naranja. Pensó en once minutos de margen y en cuánto cabía en once minutos cuando el tiempo se mide de otra forma. Pensó que mañana había playa y sol calibrado y arena blanca idéntica grano a grano. Pensó en la frase que Adán había dicho esa tarde al borde del agua, con esa voz grave y sin urgencia.

Por ahora.

Bebió su vino. Sonrió a su marido. Afuera, el archipiélago Helio flotaba sobre el Mediterráneo como siempre había flotado, anclado por cables de grafeno a lechos submarinos que nadie había pisado, sostenido por una infraestructura colosal que hacía que todo pareciera natural, inevitable, perfectamente en su sitio.

¿CONTINUARÁ? …