Capítulo 10: Berlín – Nuevos Horizontes
El vuelo a Berlín fue un viaje hacia lo desconocido. Diez horas en primera clase, con champán y asientos que se convertían en camas, pero ni el lujo podía calmar los nervios que retumbaban en mi estómago. Mi mamá, Perla, dormía a mi lado, su mano entre las mías. Henrik nos había organizado todo: visas de artista (gracias a su influencia y a nuestro portafolio), boletos, un auto que nos recogería en el aeropuerto. Aún así, la realidad de dejar México, nuestra lengua, nuestro pequeño imperio incipiente era abrumadora.
Aterrizamos en Tegel un frío martes por la mañana de noviembre. El cielo era una losa gris, el aire cortante. Henrik nos esperaba en la puerta de llegadas, envuelto en un abrigo negro largo, con una sonrisa que derretía el hielo del continente. Nos abrazó con fuerza, olía a colonia cara y a frío.
—Bienvenidas a casa —dijo, y la palabra resonó en mí.
El apartamento estaba en Prenzlauer Berg, un barrio de edificios antiguos reformados, calles adoquinadas, cafés orgánicos y tiendas de diseño. Su edificio era del siglo XIX, con una fachada de piedra amarillenta y un portal alto. El apartamento ocupaba todo el tercer piso. Henrik abrió la puerta y nos hizo pasar.
Era enorme, luminoso, de techos altos con molduras, suelos de madera oscura pulida. Un loft abierto: la sala con sofás grandes de cuero, una cocina integral de acero y mármol, una biblioteca con estanterías hasta el techo, y al fondo, separadas por mamparas de cristal, tres dormitorios. Pero lo que más nos impresionó fue el estudio. Henrik había dedicado una habitación entera, aislada acústicamente, equipada con luces profesionales, cámaras de video de última generación, un set con varios fondos intercambiables (un dormitorio elegante, una sala de interrogatorio, un aula, un cuarto de hotel), y un armario lleno de vestuario y juguetes de alta gama. Era mejor que el estudio de Eduardo, mejor que nuestro cuarto en Polanco. Era una declaración de intenciones.
—Esto es… increíble —susurró mi mamá, recorriendo el espacio con los dedos sobre una cámara.
—Solo el comienzo —dijo Henrik, abrazándola por detrás y besándole el cuello—. Aquí vamos a crear magia.
Esa primera semana fue de adaptación. Henrik nos mostró la ciudad: el Muro, la Puerta de Brandeburgo, museos, parques. Nos presentó a sus amigos, un grupo diverso de artistas, empresarios, modelos, todos abiertos, liberales, sin prejuicios aparentes. Nadie parpadeó cuando Henrik nos presentó como “mi novia Lucía y su madre Perla, mis compañeras”. Asumieron que éramos un trío