Capítulo 6: El contrato
La propuesta de Eduardo resonó en nuestra casa durante días, como un eco que no se apagaba. La idea de ser filmadas, de convertir nuestra lujuria en un producto, en arte según él, era a la vez aterradora y excitante. Mi mamá, Perla, estaba encantada. La veía moverse por el apartamento con una energía renovada, planeando, imaginando escenas, ángulos, vestuarios. Para ella, esto no era solo sexo; era una carrera, una forma de vida que podíamos compartir y monetizar.
—No seríamos putas callejeras —me explicaba una tarde, mientras desenredaba mi cabello con sus dedos después de una ducha—. Seríamos actrices eróticas de alto nivel. Solo trabajaríamos con gente selecta, en ambientes controlados. Eduardo tiene contactos, dice que hay un mercado para esto, para la belleza natural, la química real, la historia de madre e hija… —Su voz se volvía un susurro cálido en mi oído—. Y nos pagarían muy bien, Luci. Suficiente para que nunca tengas que preocuparte por dinero. Podrías estudiar lo que quieras, viajar, tener lo mejor. Y todo mientras hacemos lo que más nos gusta.
Yo escuchaba, dejando que sus palabras me calentaran por dentro. La idea de que nuestra perversión tuviera un valor económico era extraña, pero también liberadora. Justificaba todo. Le daba un propósito. Asentía, y ella me besaba, sus labios húmedos prometiendo más.
—Pero —dije una vez, cuando estábamos preparando la cena juntas, yo picando verduras mientras ella freía carne—, ¿no es peligroso? Que haya grabaciones… ¿y si alguien las filtra?
Ella se volvió, la espátula en la mano, una gota de aceite saltando del sartén.
—Eduardo es discreto. Tiene un estudio privado, con seguridad de alta gama. Las grabaciones se guardan en servidores encriptados, solo accesibles para él y sus clientes más exclusivos. Además —su sonrisa se volvió pícara—, si alguien filtrara algo, ¿qué? ¿Que el mundo se entere de que una madre y su hija se aman de una manera poco convencional? Sería un escándalo, sí. Pero también nos haría famosas. Y en este mundo, cualquier publicidad es buena publicidad. Lo que importa es que nosotras estemos cómodas, que controlemos la narrativa.
Me quedé pensando en eso. La idea de que el mundo supiera me daba vértigo, pero también una extraña emoción. Ser vista. Ser deseada por desconocidos. Ser juzgada y admirada al mismo tiempo.
Eduardo nos envió un borrador de contrato por correo unos días después. Era un documento legal, frío, lleno de cláusulas sobre derechos de imagen, compensaciones, confidencialidad, límites de lo que se podía y no se podía grabar. Pero al leerlo, en la intimidad de nuestra sala, con una botella de vino tinto caro entre nosotras, las palabras se volvían obscenas. Cada párrafo sobre “sesiones de grabación” era una promesa de sexo. Cada mención de “escenas explícitas” me hacía mojar. Había secciones detallando los tipos de actos sexuales que se