Capítulo 6: La Maratón

El amanecer del tercer día no trajo consuelo. Un gris plomizo se aferraba a los ventanales de la cabaña, y el frío, más intenso que nunca, mordía la madera. Pero dentro, en el gran salón de troncos, el ambiente era un húmedo infierno tropical. El aire olía a sexo rancio, a sudor agrio, a lubricante de silicona y a la madera quemada de la chimenea que no había dejado de arder en cuarenta y ocho horas. Érica y Camila despertaron en la colchoneta del suelo, aún enlazadas conmigo, sus cuerpos un catálogo de abuso. Moretones violáceos y amarillentos decoraban sus caderas, espaldas y muslos como un mapa de archipiélagos sádicos. Sus sexos, tanto el de mi esposa madura como el de mi hija joven, estaban visiblemente hinchados, los labios mayores protuberantes y sensibles al menor contacto. Aun así, cuando sus párpados se abrieron, pesados, no vi resignación ni dolor puro, sino esa chispa familiar de excitación ansiosa, de adicción al límite que ya era el motor de nuestras vidas.

Javier irrumpió en la habitación no con los pasos sigilosos de la noche anterior, sino con una energía eléctrica, vestido con una capa negra de seda que se abría para mostrar su torso velludo. En una mano sostenía un cronómetro digital. "¡Arriba, perras! Hoy es el día de la consagración. La maratón de doce horas. Las reglas son simples, pero absolutas." Su voz resonó en la habitación espartana. "A partir de las nueve en punto de la mañana y hasta las nueve de la noche, serán usadas de manera continua e ininterrumpida. Los hombres no tendrán permitido correrse rápidamente; les he dado instrucciones precisas y pastillas para asegurar resistencia. Deberán aguantar, practicar edging, cambiar de posiciones y de hoyos para prolongar el placer y la tortura. Solo después de una secuencia completa de al menos cinco posiciones diferentes con la misma mujer, un hombre podrá venirse. Y cuando lo haga, será reemplazado al instante por otro. No habrá pausas largas; solo breves intervalos para hidratarlas, alimentarlas con glucosa y, si es necesario, orinar sobre ellas para refrescarlas. ¿Queda claro?"

Érica y Camila, con un esfuerzo visible, se incorporaron en la colchoneta. "Sí, Javier", dijeron al unísono, sus voces roncas por los gritos y el sueño.

"Bien. Roberto," su mirada se clavó en mí, "tú participarás también en las rotaciones, pero tu rol principal sigue siendo de asistente y cronista. Ayudarás a cambiar las posiciones, a guiar las vergas, a aplicar lubricante, a limpiar fluidos. Y cuando te toque coger, también deberás aguantar. No quiero que desperdicies tu carga rápido. He repartido Sildenafil de alta dosis entre los hombres. No habrá flaquezas físicas."

El desayuno f