—Tres... Cuatro... —La voz de Arturo resonaba en la cabaña de madera con la cadencia metálica e inexorable de un verdugo.
El aire se había vuelto irrespirable. El calor tropical que la noche anterior había sido cómplice de sus caricias más íntimas, ahora se adhería a su piel como una mortaja. Valeria, temblando con una violencia que le nacía de los huesos, sentía el cuerpo de Mateo frente a ella. Estaba rígido, convertido en un bloque de músculos tensos y adrenalina pura. Su respiración era superficial, rápida, la de un animal salvaje a punto de saltar.
—Cinco...
Valeria vio cómo la mano derecha de Mateo, esa misma mano de dedos ásperos que horas