La mañana amaneció con una calma engañosa. El mar, habitualmente embravecido en esa zona de la costa oaxaqueña, parecía haberse rendido a una quietud plateada bajo el sol abrasador. Sin embargo, dentro de la cabaña, el ambiente estaba cargado de una electricidad ominosa.
Mateo no había pegado ojo en toda la noche. Sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro entre las manos, escuchaba la respiración suave y acompasada de Valeria. Ella dormía boca abajo, con la sábana blanca enredada en la cintura, dejando al descubierto la curva dorada de su espalda y el perfil de sus caderas. Verla así, tan vulnerable, tan suya, le provocaba un dolor sordo en el pecho. Sabía que el tiempo se había agotado. El instinto forjado en las calles, ese que le había mantenido con v