Mientras Gertrudis era sometida por el mendigo en la cocina del restaurante, muy cerca, a tan solo dos calles de distancia más o menos, su hija Clarita se encontraba atada a una silla sujeta por las manos y con los ojos vendados esperando que su hermano la dijera algo.

La chica se había ofrecido de forma voluntaria a chuparle la misma punta de anoche, la que había mamado como un ternero y había soltado en su boca un delicioso reguero de leche blanca. Y se ofrecía porque creía que de esta forma, Manu se decidiría por fin a tocarla ahí abajo, en ese granito que tenía escondido por donde hacía pis y que tanto la gustó cuando se lo tocó tan suavemente la noche pasada.

Vio que su hermano no decía nada, que seguía rozando con la punta calentita la mejilla de su cara, y se puso muy nerviosa y volvió a repetirlo de nuevo para que la contestara.

  • Jo, Manu. – exclamó con vocecita infantil aunque denotando cierto enfado – Que a mí no me importa chuparla, si tú lo dices yo lo hago.

Carlos, el jefe de su hermano, juntó las manos en señal de ruego, pidiendo a Manu que dejara que su hermana le chupara la polla aunque solo fuera un poco, se lo imploró repetidamente, no podía decirle nada porque la chica podría oírle y sería peligroso, pero le rogó con los ojos y las manos como si fuera un perrito faldero esperando ansioso el premio de su amo.

Éste lo pensó, negó con la cabeza y le hizo una señal muy clara con la mano, que se la chupase Clarita no iba a salirle gratis, iba a costarle quinientos euros y tenía que pagárselos de inmediato.

Aunque a él el dinero realmente no le importaba nada, viviendo en casa con su madre y con el sueldo que tenía, vivía de forma desahogada e incluso le sobraba pasta todos los meses para irse de putas a una población cercana.

Lo que realmente quería era seguir morboseando con su hermana, se ponía como una moto tan solo con pensar en todo lo que podría hacer con ella a partir de ahora. Ya le había chupado la polla anoche y lo siguiente iba a ser follársela, Clarita no iba a decir que no, eso lo tenía muy claro, era tan inocente que se la iba a follar más de mil veces sin que ella protestara.

Pero ahora, al verla atada a la silla y deseando chupar la polla que rozaba su cara, la maquiavélica mente de Manu comenzó a morbosear con ella.

Se abrían un sinfín de posibilidades, su jefe le había pagado por acariciarla y ahora estaba dispuesto a pagar