Tengo 25 años y, aunque voy al gimnasio casi todos los días, nunca me siento suficiente. Los chicos que me atraen siempre parecen ignorarme o solo mirarme de lejos. Esa noche salí a bailar al antro con unas amigas. Bebí más de lo que debía, bailé hasta que me dolieran los pies y el cuerpo me ardía de calor y frustración.

Llegué a casa pasada las 4 de la mañana, con el vestido corto pegado al cuerpo por el sudor y la cabeza dando vueltas. Cerré la puerta y solté un suspiro largo. Mi perro, Max, un pitbull fuerte y cariñoso de dos años, me recibió moviendo la cola emocionado.

—Hola, mi amor… —murmuré con la voz pastosa por el alcohol.

Me quité los tacones y caminé descalza hasta la sala. Max no dejaba de olisquearme las piernas, como siempre que llegaba sudada. Esta vez, sin embargo, algo diferente pasó dentro de mí. El alcohol, el calor del baile y esa sensación constante de rechazo hicieron que un calor prohibido me subiera por el vientre.

Me senté en el sofá y separé un poco las piernas. El vestido se me subió por los muslos. Max acercó su hocico y empezó a olerme con curiosidad, rozando su nariz fría contra mi ropa interior húmeda.

Un escalofrío me recorrió entera.

—Max… —susurré, mordiéndome el labio.

Sabía que estaba mal. Sabía que era algo que nunca debería haber pensado. Pero en ese momento, borracha, cachonda y cansada de sentirme invisible para los hombres… solo quería sentirme deseada.

Me quité las bragas lentamente, tirándolas a un lado. Mi concha estaba hinchada y mojada, no solo por el sudor. Max se acercó más, interesado por el olor. Su lengua cálida y áspera rozó mi muslo interno.

Gemí bajito.

—Ven aquí, chico

Max lamió mi muslo interno una vez más, como si estuviera probando. Su lengua era caliente, áspera y grande. Un gemido se me escapó sin poder evitarlo. El alcohol me tenía sin vergüenza alguna.

—Así… buen chico —susurré abriendo más las piernas.

Se acercó más. Su hocico frío rozó mi concha hinchada y, de repente, pasó su lengua gruesa y larga desde abajo hacia arriba, lamiendo toda mi humedad de un solo lengüetazo.

—¡Ahh! —gemí fuerte, agarrándome del sofá.

Max pareció gustarle mi sabor. Empezó a lamerme con más ganas, su lengua ancha cubriendo toda mi vulva, entrando entre mis labios y rozando mi clítoris una y otra vez. Era una sensación brutal, mucho más intensa que cualquier cosa que hubiera sentido con un chico.

Movía las caderas contra su hocico sin control, agarrándole las orejas con suavidad para que no se alejara.

—Sigue, Max… lámeme toda… por favor…

Su lengua entraba un poco dentro de mí, larga y exploradora. Lamía mi clítoris con movimientos rápidos y luego bajaba hasta mi entrada, saboreándome entera. Estaba empapada, mis jugos le corrían por el hocico. El sonido húmedo de sus lamidas llenaba la sala junto con mis gemidos cada vez más altos.

Me quité el vestido por completo, quedándome totalmente desnuda. Mis tetas estaban duras, los pezones sensibles. Me toqué una mientras Max seguía devorándome.

—Eres mejor que cualquier hombre… —jadeé borracha de placer.

Sentí que el orgasmo se acercaba rápido. Sus lamidas eran constantes, fuertes, sin parar. Empecé a temblar.

—Max… me voy a correr… ¡no pares!

Mi cuerpo se tensó y exploté. Un orgasmo intenso me recorrió entero, gritando sin control mientras apretaba mi concha contra su hocico. Max siguió lamiendo, como si quisiera beberse todo mi placer.

Me quedé jadeando en el sofá, las piernas temblando, con la mente hecha un desastre. Max me miraba con la cola moviéndose, todavía excitado. Su verga roja ya empezaba a asomarse.

Me mordí el labio, todavía cachonda a pesar del orgasmo.

—Ven aquí, mi chico…

—susurré, abriendo más las piernas y mirándolo con deseo

—. Creo que esto recién empieza

Max se acercó más, como si entendiera lo que le estaba pidiendo. Su verga roja y gruesa ya estaba completamente fuera, brillante y palpitante. Nunca la había visto tan grande. Me bajé del sofá y me puse en cuatro sobre la alfombra, levantando el culo hacia él.

—Ven, Max… —susurré con la voz ronca de deseo—. Monta a mami…

No tardó mucho. Me olió el culo y la concha empapada y de un salto me montó. Sentí su peso sobre mi espalda, sus patas delanteras rodeándome la cintura con fuerza. Empezó a empujar desesperado, buscando mi entrada.

Su verga resbaladiza rozaba entre mis nalgas. Moví el culo ayudándolo y, de repente, la punta gruesa entró de golpe.

—¡Ahhh! ¡Dios! —gemí fuerte.

Era mucho más gruesa de lo que esperaba. Max empezó a follarme con esas embestidas rápidas y salvajes típicas de los perros. Cada empujón me clavaba más profundo. Su verga entraba y salía a toda velocidad, golpeando contra mi culo con sonidos húmedos y obscenos.

—Más fuerte… ¡sí, fóllame! —jadeaba yo, empujando hacia atrás.

Sus patas me apretaban fuerte, sus uñas se clavaban ligeramente en mi piel. No podía escapar aunque quisiera. Y no quería. Me estaba cogiendo como un animal, sin delicadeza, solo puro instinto.

Sentí cómo su nudo empezaba a hincharse dentro de mí, presionando contra mis paredes. Era enorme. Cada vez que empujaba, el nudo entraba y salía, estirándome al límite.

—Está creciendo… ¡me estás llenando toda! —gemí casi llorando de placer.

Max gruñía bajito mientras me follaba cada vez más rápido. El nudo ya estaba completamente dentro y no salía. Estábamos atados. Me corría una y otra vez, temblando, con la cara pegada a la alfombra y el culo en alto para él.

Finalmente, con un último empujón fuerte, Max se corrió. Sentí chorros calientes y espesos llenándome la concha, mucho más de lo que cualquier hombre me había echado. El nudo palpitaba dentro de mí, manteniéndolo todo adentro.

Me quedé ahí, en cuatro, jadeando, sudada y llena de su semen. Max estaba encima de mí, todavía atado, lamiéndome el cuello.

Cuando el nudo bajó lo suficiente y se salió, un torrente de su leche blanca y espesa me corrió por los muslos. Me di la vuelta y lo miré, todavía excitada.

Max me lamió la cara, como si me diera las gracias.

Sonreí con malicia, acariciándole la cabeza.

—Esto no se va a quedar en una sola noche, mi chico… mañana repetimos.

No podía dormir. Aunque me había corrido varias veces con Max, mi cuerpo seguía ardiendo. El alcohol todavía corría por mis venas y mi mente no paraba de reproducir lo que acababa de pasar: su lengua áspera, su verga gruesa entrando sin piedad, el nudo hinchándose dentro de mí y esa sensación de estar completamente llena de su semen caliente.

Me levanté de la cama completamente desnuda, con las piernas todavía temblando. Max dormía en su cama en la esquina del cuarto, pero levantó la cabeza cuando me escuchó moverme.

Fui al cajón de abajo de mi closet, ese que casi nunca abría. Saqué el dildo doble grande y negro que me había comprado hacía meses por internet. Era enorme, realista, con venas marcadas y medía casi 40 cm en total. Dos cabezas gruesas, una a cada extremo. Perfecto para sentirme completamente llena.

Volví a la cama y me recosté contra las almohadas, abriendo las piernas frente al espejo grande que tengo al frente. Max se levantó y se acercó curioso.

—Mírame… —le susurré.

Empecé a frotar una de las cabezas contra mi concha todavía sensible y llena de su semen. Estaba resbaladiza. Gemí bajito mientras la empujaba lentamente dentro de mí. Estaba tan dilatada por Max que entró con facilidad, pero aun así sentí cómo me estiraba.

—Joder… qué grande…

Empecé a follarme con una mitad del dildo, entrando y saliendo mientras mi otra mano jugaba con mi clítoris. Max subió a la cama y empezó a lamerme las tetas, su lengua áspera rozando mis pezones duros.

—Buen chico… lámeme mientras me follo…

Aceleré el ritmo, metiendo más profundo el dildo. Mis jugos y el semen de Max salían con cada embestida. Estaba empapando las sábanas. Me puse de lado y levanté una pierna, dejando que Max pudiera lamerme el culo mientras yo seguía follándome con el juguete.

Su lengua bajó y empezó a lamer alrededor del dildo, saboreando la mezcla de mis jugos y su propia leche. Eso me volvió loca.

—Quiero más… —gemí.

Saqué el dildo, que salió cubierto de crema blanca, y me puse en cuatro otra vez, con el culo bien alto. Max no necesitó invitación. Me montó de nuevo, metiendo su verga gruesa en mi concha de un solo empujón.

— ¡Sí! ¡Otra vez! —grité.

Mientras Max me cogía con fuerza, agarré el dildo doble y empecé a empujar la otra cabeza contra mi culo. Estaba resbaladizo por los jugos. Poco a poco, la cabeza gruesa entró en mi ano.

Estaba completamente llena: la verga de Max en mi concha y la mitad del dildo en mi culo. Empecé a mover el juguete al ritmo de las embestidas de Max. El placer era abrumador.

—Estoy tan llena… me van a romper… —gemía sin control.

Max follaba cada vez más rápido, su nudo hinchándose otra vez. Yo movía el dildo en mi culo con más fuerza, follándome los dos agujeros al mismo tiempo. Mis tetas se balanceaban, el sudor me corría por la espalda.

El segundo orgasmo me golpeó como una ola. Grité enterrando la cara en la almohada mientras mi concha y mi culo se contraían alrededor de la verga de Max y del dildo. Max se corrió casi al mismo tiempo, llenándome otra vez con chorros calientes.

Me quedé temblando, con los dos agujeros palpitando. Saqué el dildo lentamente, sintiendo cómo mi culo quedaba abierto y goteando. Max se bajó de mí y se lamió. Yo me di la vuelta, exhausta pero todavía con ganas.

Me puse el dildo doble, una cabeza en la concha y la otra en el culo, y empecé a cabalgarlo despacio mientras Max me lamía las tetas y la cara.

Esa noche me corrí cuatro veces más, combinando el dildo y la lengua de Max. 

A la mañana siguiente me desperté con el cuerpo adolorido pero extrañamente satisfecha. El sol entraba por la ventana y Max dormía plácidamente a los pies de la cama. Tenía semen seco en los muslos y sentía los dos agujeros sensibles e hinchados. Me miré en el espejo: el cabello revuelto, los labios hinchados y marcas leves de las uñas de Max en las caderas. Me mordí el labio. En lugar de arrepentirme, sentí un nuevo calor entre las piernas.

Me duché, pero no me quité del todo su olor. Quería seguir sintiéndolo. Me puse solo una camiseta oversized sin nada debajo y fui a la cocina a preparar café. Max me siguió, moviendo la cola.

Mientras esperaba que el café estuviera listo, me incliné sobre la isla de la cocina, levantando la camiseta y dejando el culo al aire. Max no tardó en acercarse. Su hocico frío rozó mi concha todavía sensible.

—Otra vez… ¿ya tienes ganas? —susurré sonriendo.

Su lengua empezó a lamerme despacio, casi con cariño. Gemí bajito mientras tomaba el primer sorbo de café. Era una sensación deliciosa: estar ahí, en mi cocina, siendo lamida por mi perro como si fuera lo más normal del mundo.

Dejé la taza y me puse en cuatro sobre el piso de la cocina. Max me montó de inmediato. Esta vez fue más lento, más controlado. Sentí cómo su verga gruesa entraba centímetro a centímetro hasta que el nudo empezó a hincharse.

—Despacio, mi amor… quiero sentirte todo —gemí.

Me folló con embestidas profundas y constantes. Podía sentir cada vena de su verga rozando mis paredes. Me toqué el clítoris mientras él me cogía y me corrí en silencio, mordiéndome el brazo para no hacer mucho ruido.

Cuando Max se corrió dentro de mí, me quedé quieta, disfrutando la sensación de estar llena otra vez. Su nudo nos mantuvo unidos durante casi quince minutos. Yo movía suavemente las caderas, apretándolo por dentro.

Después de que se saliera, me senté en el piso con las piernas abiertas. Un chorro espeso de su semen blanco salió de mi concha y cayó al piso. Max se acercó y empezó a lamerlo todo, limpiándome con dedicación.

—Eres un chico muy bueno… —le dije acariciándole la cabeza.

Ese día no salí de casa. Cancelé todos mis planes. Me dediqué a explorar esto nuevo que había descubierto. Por la tarde me puse unos calcetines hasta las rodillas y una falda corta sin bragas. Me senté en el sofá con las piernas abiertas y llamé a Max.

Esta vez quise probar algo diferente. Traje el dildo doble negro otra vez y lo coloqué en el sofá. Me senté encima, dejando que una cabeza entrara en mi concha y la otra presionara contra mi culo. Mientras me follaba despacio con el juguete, Max lamía todo alrededor.

—Quiero que me montes mientras estoy llena… —susurré.

Me puse en cuatro sobre el sofá, con el dildo todavía dentro de mí. Max me montó y empujó su verga junto al dildo en mi concha. Estaba increíblemente estirada. Gemí como loca mientras me follaba con el juguete y su verga al mismo tiempo.

El placer era tan intenso que casi pierdo el conocimiento. Me corrí tan fuerte que mojé el sofá. Max se corrió poco después, añadiendo más semen caliente a la mezcla.

Cuando terminó, me quedé tirada en el sofá, exhausta, con los ojos cerrados y una sonrisa en la cara.

Nunca me había sentido tan deseada, tan usada… y tan libre.

Max se acostó a mi lado y yo le acaricié el lomo.

—Esto va a ser nuestro secreto, ¿verdad? —le susurré.

Él me lamió la mano como respuesta.

Y yo ya sabía que esa noche, y todas las que siguieran, iba a repetir.

Los días siguientes se convirtieron en una adicción peligrosa y deliciosa.

Ya no iba al gimnasio con la misma frecuencia. Prefería quedarme en casa con Max. Por las mañanas, apenas despertaba, me ponía en cuatro en la cama y dejaba que me montara antes de desayunar. Me encantaba sentirlo entrar aún medio dormida, su verga caliente y gruesa abriéndome mientras yo gemía contra la almohada.

Pero esa tarde decidí subir el nivel.

Había comprado un plug anal mediano con cola de zorra. Me lo puse después de ducharme, solo con una camiseta holgada. La cola suave me rozaba los muslos al caminar. Me sentía tan puta… y me encantaba.

Llamé a Max a la sala. Se emocionó al verme agachada en el sofá, con el culo levantado y la cola moviéndose.

—Hoy quiero que me cojas por el culo, mi amor —le susurré.

Me quité el plug lentamente, dejando mi ano abierto y lubricado. Max me olió y empezó a lamerme con ganas. Su lengua entraba en mi culo, preparándome. Gemí fuerte, moviendo las caderas contra su hocico.

Cuando estuvo listo, me montó. Sentí la punta de su verga buscando y, de un empujón, entró en mi ano.

—¡Ahhh! ¡Sí! —grité.

Era mucho más apretado que mi concha. Max empezó a follarme con fuerza, sus embestidas rápidas y profundas. Cada vez que empujaba, su nudo presionaba contra mi entrada. Me agarré del sofá, lloriqueando de placer.

—Más adentro… rómpeme el culo…

El nudo entró por completo y se hinchó dentro de mí. Estaba atada de nuevo, pero esta vez por el culo. El placer era diferente, más intenso, más prohibido. Me corrí tan fuerte que me temblaron las piernas y solté un chorro sobre el sofá.

Max se corrió dentro de mi culo, llenándome con chorros calientes. Nos quedamos unidos casi veinte minutos. Yo movía suavemente las caderas, disfrutando cada pulsación de su nudo.

Cuando por fin se salió, un torrente de semen blanco salió de mi ano y me corrió por los muslos. Me di la vuelta, me senté en el piso y abrí las piernas.

—Límpame —le ordené.

Max obedeció, lamiendo todo su semen de mi concha y mi culo. Su lengua me hizo correrme otra vez, más suave pero igual de delicioso.

Esa noche no pude dormir de nuevo. Me sentía insaciable.

Saqué el dildo doble negro, me senté en el piso frente al espejo grande y me follé los dos agujeros mientras Max me lamía las tetas. Me veía en el reflejo: una chica de 25 años, sudada, con el cabello revuelto, siendo follada por un dildo y lamida por su perro.

Me corrí mirando mi propia cara de zorra.

Al día siguiente, mientras hacía ejercicio en casa, Max no dejaba de olisquearme. Me quité los leggins y las bragas y lo dejé montarme contra la pared de la sala. Me cogió de pie, mis tetas aplastadas contra la pared fría mientras él me embestía por detrás.

—Soy tu puta personal… —gemía una y otra vez.

Y lo decía en serio.

Ya no me importaba sentirme rechazada por los chicos del gimnasio. Ahora tenía algo mucho mejor: un amante que nunca se cansaba de mí, que me follaba cuando yo quería, sin preguntas, sin rechazo.

Max era mío.

Y yo era completamente suya

Los siguientes días me convertí en una adicta total. Ya casi no salía de casa. Cancelé planes con amigas, dejé de responder mensajes y solo pensaba en Max. Mi cuerpo se había vuelto completamente suyo. Me despertaba mojada, me dormía con su semen escurriéndome y, durante el día, cualquier momento era bueno para sentirlo dentro de mí.

Esa mañana decidí tomarme todo el tiempo del mundo. Me desperté desnuda, con el culo todavía sensible de la noche anterior. Max dormía a mi lado. Lo acaricié despacio y él despertó moviendo la cola. Su verga ya empezaba a asomarse solo de verme.

—Ven aquí, mi amor… hoy vamos a jugar mucho —le susurré.

Me puse a cuatro en la cama, con el culo bien alto y las tetas aplastadas contra el colchón. Max no necesitó más invitación. Saltó sobre mí y me montó con fuerza. Su verga gruesa entró de un solo empujón en mi concha, todavía llena de semen de la noche anterior. El sonido húmedo y obsceno llenó la habitación.

—Así… fóllame fuerte —gemí.

Sus embestidas eran rápidas y profundas. Cada vez que empujaba, su nudo golpeaba contra mi entrada, estirándome. Me agarré de las sábanas mientras él me cogía como un animal. Mis tetas se balanceaban con cada golpe y mis gemidos se volvían más altos.

—Eres mucho mejor que cualquier hombre… nadie me ha follado así nunca —jadeaba.

Cuando sentí que su nudo empezaba a hincharse, me corrí con fuerza, apretándolo por dentro. Max gruñó y se corrió también, llenándome otra vez con chorros calientes y espesos. El nudo nos mantuvo unidos durante casi veinte minutos. Yo movía las caderas en círculos, disfrutando cada pulsación dentro de mí.

Cuando por fin se salió, un río de semen blanco y espeso salió de mi concha y me corrió por los muslos. Me di la vuelta, me senté en la cama y abrí las piernas.

—Límpiamelo todo —le ordené.

Max hundió su hocico entre mis piernas y empezó a lamerme con ganas, metiendo la lengua dentro de mí para beberse su propia leche mezclada con mis jugos. Me corrí otra vez solo con su lengua, temblando y agarrándole las orejas.

Después de eso, me puse de pie y caminé hasta la sala con las piernas temblorosas. La cola de semen me corría por los muslos. Me encantaba esa sensación sucia y prohibida.

Decidí subir el nivel. Saqué el dildo doble negro grande y lo coloqué en el sofá. Me senté encima lentamente, dejando que una cabeza gruesa entrara en mi concha y la otra presionara contra mi ano. Gemí fuerte mientras bajaba hasta que las dos cabezas estuvieron bien adentro.

—Estoy tan llena… —susurré.

Empecé a cabalgar el dildo despacio, sintiendo cómo me estiraba los dos agujeros al mismo tiempo. Max me miraba desde el piso, excitado. Lo llamé con la mano y él subió al sofá. Mientras yo me follaba con el juguete, él empezó a lamerme las tetas y a mordisquearme los pezones.

Aceleré el ritmo, follándome más fuerte. El dildo entraba y salía haciendo ruidos húmedos. Max bajó la cabeza y empezó a lamerme el clítoris mientras yo cabalgaba. El placer era abrumador.

—Voy a correrme… ¡no pares! —grité.

Explosé en un orgasmo tan fuerte que casi me caigo del sofá. Mis jugos salpicaron el dildo y el hocico de Max. Me quedé temblando, con los dos agujeros palpitando alrededor del juguete.

Pero no había terminado.

Me puse en cuatro en el piso de la sala, con el dildo todavía dentro de mí. Max me montó de inmediato, empujando su verga junto al dildo en mi concha. Estaba increíblemente estirada. Gemí como una puta mientras él me follaba con fuerza, moviendo el dildo en mi culo al mismo ritmo.

—Dos vergas al mismo tiempo… me estás arruinando para cualquier hombre —gemía entre sollozos de placer.

Max me cogía salvajemente. Su nudo entró y se hinchó, atrapándome. Me corrí otra vez, tan fuerte que solté un chorro sobre el piso. Minutos después, Max se corrió también, llenándome hasta el límite.

Cuando el nudo bajó y se salió, me quedé tirada en el piso, exhausta, con semen saliendo de mi concha y el dildo todavía en mi culo. Max se acercó y me lamió la cara con cariño.

Lo abracé fuerte, sudada y satisfecha.

—Eres lo mejor que me ha pasado —le susurré al oído.

Esa tarde repetimos dos veces más: una en la ducha, donde me folló contra la pared mientras el agua caía sobre nosotros, y otra por la noche, donde me hizo correrme con su lengua mientras yo usaba el dildo doble.

Cuando por fin me dormí, abrazada a él, supe que ya no había vuelta atrás.

Max no era solo mi mascota.

Era mi amante.

Y yo era su puta personal.

Una semana después, decidí volver al gimnasio. No podía seguir escondiéndome en casa. Me puse unos leggins negros muy ajustados que marcaban mi culo y una top deportivo corto que dejaba ver mi abdomen. Debajo, llevaba un plug anal mediano. Quería sentirme llena todo el tiempo.

Llegué al gimnasio casi vacío a las 10 de la noche. Solo había unas pocas personas. Empecé a hacer sentadillas frente al espejo. Cada vez que bajaba, el plug presionaba dentro de mí y me mordía el labio para no gemir.

Max estaba en casa, pero no dejaba de pensar en él.

De repente, un chico que siempre me había gustado (alto, musculoso, de los que nunca me miraban) se acercó a la máquina de al lado. Lo miré de reojo. Esta vez no me ignoró. Me miró el culo mientras hacía sentadillas.

—¿Todo bien? —preguntó con una sonrisa.

Asentí, pero por dentro ardía. El plug, el recuerdo de Max follándome y la mirada de ese chico me tenían empapada.

Fui al vestidor de mujeres. Estaba vacío. Me metí en una ducha individual, cerré la cortina y me bajé los leggins. Saqué el plug y empecé a tocarme pensando en Max. Mis dedos entraban y salían rápido de mi concha.

De pronto escuché pasos. No me importó. Seguí masturbándome, gimiendo bajito.

La cortina se abrió un poco. Era el chico del gimnasio. Me miró con los ojos abiertos, viéndome con las piernas abiertas, tocándome.

En lugar de gritar, le sonreí con lujuria.

—¿Quieres mirar? —susurré.

Entró y cerró la cortina. Se bajó el short y sacó una verga grande y dura. Me puse de rodillas y se la chupé con ganas, pensando en Max. Él me agarró del pelo y me folló la boca.

Luego me levantó, me puso contra la pared y me penetró de un solo golpe. Me cogía fuerte mientras yo gemía intentando no hacer ruido.

—Estás muy apretada… —gruñó.

No sabía que era porque Max me había dilatado tanto los últimos días.

Me corrí fuerte, mordiéndome el brazo. Él se corrió adentro de mí y se fue sin decir nada.

Me quedé ahí, con su semen escurriéndome por las piernas, sonriendo.

Cuando llegué a casa, Max me esperaba moviendo la cola. Me quité la ropa y me puse en cuatro en la sala.

—Ahora tú, mi amor… termina lo que empezó otro —susurré.

Max me montó con fuerza, follándome como solo él sabía. Me corrí pensando en cómo había dejado que un desconocido me usara en el gimnasio… y cómo ahora volvía con mi verdadero amante.

Ya no me sentía rechazada.

Ahora era yo quien decidía quién me follaba.

Y Max siempre sería el primero.