El Vicio Carnal de Lis: Sacrilegio Anal y Pechos Descomunales

La casa de la soprano

Para entender por qué terminamos en aquel sofá y en aquella cama, hay que entender la guerra fría que se libraba en los pasillos de San Roque. Aunque Martha había conseguido su objetivo inicial de "comerse al Coordinador" —y debo admitir que el sexo con ella fue intenso—, la realidad es que lo mío con Lis jugaba en otra liga. El sexo con la soprano no tenía comparación porque ella encarnaba mis dos fetiches más profundos: sus senos enormes y su entrega absoluta al sexo anal.

Martha, con esa intuición felina de mujer despechada, notó de inmediato que mi cuerpo ya no le pertenecía. Fue ese resentimiento, el saberse superada por los atributos monumentales y la sumisión de Lis, lo que hizo que Martha buscara una alianza desesperada con Camila. Martha alimentaba el rechazo de la hija, convirtiéndose en su confidente, con la esperanza de que la vigilancia de la niña frenara lo que ella ya no podía disfrutar. Pero no contaba con la contraofensiva de Liz.

"Aquel viernes, la universidad pasó a un segundo plano. El mensaje de Lis había llegado como una orden silenciosa a las 7:00 AM: 'Camí ya se fue a la escuela, te espero'. Faltar a clases se sentía como un pecado menor comparado con lo que imaginaba hacer en su propia casa. Al llegar, me impresionó la magnitud de su propiedad; un patio imponente donde tres autos habrían cabido sin esfuerzo, rodeado de un jardín que aportaba una privacidad necesaria para lo que estaba por venir.

Al entrar, la atmósfera cambió. Lis me recibió con una seriedad que escondía un hambre voraz. Me explicó que la situación con su hija estaba tensa; Camí y Martha habían formado una alianza defensiva, vigilando cada uno de sus movimientos. Pero Lis tenía un plan: iba a usar nuestro placer como un arma, contándole a Martha detalle a detalle lo que estábamos a punto de disfrutar en ese sofá, solo para verla romperse por dentro...

La Tentación en el Sofá de Lis

"Lis me recibió con el cabello suelto, cayendo en ondas oscuras sobre sus hombros, dándole un aire mucho más salvaje que la imagen pulcra que proyectaba en el coro. Llevaba puesta todavía la blusa blanca de botones, esa misma prenda con la que solía ir a misa y que a mí me volvía loco; la tela blanca, casi tensa, parecía luchar por contener sus senos monumentales, haciendo que cada botón fuera un testigo mudo de su volumen. Abajo, un short negro de mezclilla dejaba al descubierto sus piernas firmes, recordándome la fuerza con la que se aferraba a mí