Mark abrió los ojos de golpe. Las luces rojas de emergencia parpadeaban sin parar en la cabina premium, tiñendo todo de un rojo infernal. El avión vibraba con fuerza, mucho más que una simple turbulencia. El sonido de los motores se había vuelto irregular, un rugido agonizante que subía y bajaba de tono. Thania seguía profundamente dormida a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro. Su sueño era tan pesado que ni las luces ni las vibraciones la despertaban.
—Señores pasajeros, por favor mantengan la calma —anunció el piloto con voz tensa por los altavoces—. Hemos tenido una falla en el motor número dos. Estamos intentando estabilizar el aparato. Permanezcan en sus asientos con el cinturón abrochado.
Pero la calma duró menos de un minuto.
El avión dio una sacudida violenta hacia un lado. Gritos empezaron a llenar la cabina. Una mujer detrás de ellos soltó un alarido aterrado. Mark miró por la ventanilla: el ala derecha echaba humo negro y llamas intermitentes. El avión perdía altura de forma perceptible.
El pánico se desató como una ola. La gente se quitaba los cinturones, algunos intentaban correr por el pasillo, otros lloraban o rezaban en voz alta. Un hombre de traje gritaba exigiendo explicaciones a una azafata que apenas podía mantenerse en pie. Bandejas, vasos y equipaje de mano volaban por todos lados con cada sacudida. El oxígeno empezó a escasear; las mascarillas amarillas cayeron del techo automáticamente.
Mark sintió el corazón en la garganta. Sacudió a Thania con fuerza.
—¡Thania! ¡Despierta! ¡Es grave!
Ella murmuró algo ininteligible y se acomodó mejor, completamente ida en su sueño profundo. No había forma de despertarla,recordaba de alguna vez ella le contó que tomaba pastillas para dormir,se frustró por acordarse de eso.
El avión entró en picada controlada pero cada vez más pronunciada. Los gritos se volvieron ensordecedores. Una señora mayor se desmayó en su asiento. Un joven intentó abrir la puerta de emergencia, siendo detenido por la tripulación que aún intentaba mantener el orden. El aire se llenó de olor a combustible quemado y sudor de miedo.
Mark actuó por instinto. Desabrochó su cinturón y el de Thania. La levantó como pudo, pero pesaba demasiado y el avión se sacudía salvajemente. Una azafata pasó corriendo por el pasillo, pálida como un fantasma.
—¡Hay paracaídas de emergencia en el compartimento de la tripulación! ¡Solo para casos extremos! —gritó ella antes de ser lanzada contra una pared por otra turbulencia.
Mark tomó la decisión en fracciones de segundo. Arrastró a Thania unos metros, pero otra fuerte sacudida los separó. El avión se inclinaba peligrosamente. No podía cargar con ella y llegar a tiempo. El pánico y la adrenalina le nublaron la mente, pero el instinto de supervivencia fue más fuerte. Besó la frente de Thania con dolor y la dejó asegurada en su asiento lo mejor que pudo.
Corrió hacia la parte delantera, empujando cuerpos desesperados. Encontró el compartimento de la tripulación abierto por el caos. Allí había dos paracaídas de emergencia. Se colocó uno con manos temblorosas, ajustando las correas lo más rápido posible. El avión ya estaba casi en caída libre. Los gritos eran un coro infernal.
Abrió una puerta de emergencia que ya estaba medio suelta por la presión. El viento huracanado lo golpeó como un muro. Miró una última vez hacia atrás: humo, llamas, gente aterrorizada… y Thania aún dormida en su asiento.
Saltó.
El viento lo azotó con brutalidad. Cayó en picada durante segundos eternos, girando descontroladamente. Tiró de la cuerda. El paracaídas se abrió con un tirón violento que casi le disloca los hombros. Descendió a toda velocidad hacia abajo, viendo cómo el avión seguía cayendo en la distancia, dejando una estela de humo negro sobre el océano y una isla verde que se acercaba rápidamente.
El impacto contra las copas de los árboles fue duro. Ramas le golpearon el cuerpo, rasgándole la ropa y la piel. El paracaídas se enredó en las ramas altas y Mark cayó los últimos metros, golpeándose contra el suelo húmedo de la selva. Todo se volvió negro.
Mark despertó con un dolor punzante en la cabeza y el cuerpo entero. El sol filtrándose entre las hojas altas le daba directamente en la cara. Estaba tirado boca arriba sobre tierra húmeda y hojas podridas. El aire era denso, caliente y cargado de olores: vegetación mojada, tierra fértil, flores silvestres y un leve toque de sal del mar cercano.
Se incorporó lentamente, gimiendo. Tenía rasguños profundos en los brazos y el torso, la ropa hecha jirones, moretones por todos lados. La cabeza le daba vueltas.
—¿Qué… carajo…? —murmuró.
Miró alrededor. Selva densa. Árboles gigantes con enredaderas colgando, sonidos de pájaros exóticos, insectos zumbando y el lejano rumor de olas rompiendo contra rocas. No había rastro del avión, ni humo,