Marcó. Al tercer tono, Vargas contestó con voz grave y profesional.
—Buenos días, señor Vargas. Soy Marcos, el marido de Laura. ¿Tiene un minuto?
Vargas se quedó callado un segundo, pero su tono cambió sutilmente, como si ya supiera por dónde iban los tiros.
—Claro, Marcos. Dime.
Marcos carraspeó, intentando sonar firme pero no agresivo.
—Mire, sé que están con muchos proyectos, presentaciones, exposiciones… Laura me lo cuenta. Pero lleva semanas llegando muy tarde a casa, agotada, casi sin hablar. No duerme bien, está siempre cansada. No quiero meterme en su trabajo, pero me preocupa. ¿Hay algo que pueda hacer para que no la exprima tanto? Igual hablar con el equipo para que no se quede ella siempre hasta el final.
Vargas soltó una risa corta, baja, casi inaudible.
—Entiendo tu preocupación, Marcos. Laura es una empleada excelente, muy dedicada. Precisamente por eso está en una fase importante. Son unos días intensos, sí, pero te aseguro que la voy a incentivar… y muy bien. Está en proyecto de ascenso, ¿sabes? Un puesto de coordinadora senior. Si todo sale como espero —y confío en que salga por mi interés—, va a subir mucho. No te preocupes, yo me encargo personalmente de que reciba el apoyo que necesita. Y el reconocimiento que merece.
Marcos se relajó visiblemente al otro lado de la línea. La palabra “ascenso” le sonó a música.
—Vaya… no me había dicho nada. Bueno, si es por eso… Gracias, señor Vargas. Me deja más tranquilo. Solo quiero que esté bien.
—No hay de qué. Cuida de ella, Marcos. Y dile que hoy la espero en mi despacho a primera hora. Tenemos que hablar de ese “ascenso”.
Colgaron. Marcos sonrió satisfecho, pensando que por fin las cosas se ponían en su sitio. Se fue a dar un paseo con mejor humor, convencido de que el jefe de su mujer era un tipo comprensivo.
En la oficina, a las nueve en punto, el interfono de Laura sonó.
—Laura, a mi despacho. Ahora.
Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se levantó, alisó la falda —hoy llevaba u