Alejandro y Amelia seguían enredados en las sábanas revueltas de la cama en el apartamento del Ajusco, el aire frío de la montaña colándose por la ventana entreabierta y contrastando con el calor que aún emanaba de sus cuerpos. El semen de Alejandro goteaba lentamente por el interior de los muslos de ella, un recordatorio pegajoso y cálido de la “misión matutina”. Ambos respiraban con calma, pero sus mentes ya estaban en movimiento, como siempre que compartían un plan.
Amelia se apoyó en un codo, su cuerpo atlético desnudo brillando con una fina capa de sudor. Sus ojos azules se clavaron en los de él con esa intensidad de detective que nunca apagaba del todo.
—José David Castillo Ortiz——dijo ella de pronto, como si estuviera leyendo un expediente—. Veintidós años, originario del Estado de México, municipio de Tecámac. Vive en una colonia modesta cerca de la carretera México-Pachuca. Se levanta a las 5:15 a.m. todos los días para tomar el transporte público: primero un camión local hasta la estación del Mexibús, luego el tren suburbano hasta Buenavista, y de ahí el metro hasta CU. Llega a clases con los ojos un poco rojos por el sueño, pero nunca falta.
Calificaciones impecables desde primaria: promedio general 9.4 en preparatoria, becas parciales en la UNAM por mérito académico. Estudia Psicología, tercer semestre. Voluntario en el asilo “Hogar de la Esperanza” en Ecatepec tres veces por semana, lunes, miércoles y sábado. Ayuda con terapia ocupacional para adultos mayores con demencia y Alzheimer.No tiene antecedentes penales, ni siquiera una multa de tránsito. Redes sociales limpias: Instagram privado con fotos de libros, perros callejeros que alimenta y paisajes del Nevado de Toluca. No sube nada sexual, ni fiestas, ni alcohol. Padres divorciados, vive con su madre y una hermana menor. Padre ausente desde los 12 años.
Alejandro la miró con una ceja levantada, pero no dijo nada. Conocía ese tono: cuando Amelia investigaba, no había escapatoria.
—¿Desde cuándo sabes todo eso? —preguntó al fin, aunque ya lo imaginaba.
—Desde que María me mencionó su nombre por primera vez —respondió ella con naturalidad, como si fuera obvio—. Un par de búsquedas rápidas, acceso a bases de datos públicas, un contacto en el Registro Civil del Edomex que me debe un favor… lo básico. Es un chico limpio, Alejandro. Demasiado limpio. Eso lo hace interesante… y vulnerable.
Alejandro sonrió lento, esa sonrisa que prometía problemas.
—¿Qué te parece un reto, güera?
Amelia ladeó la cabeza, intrigada.
—Dispara.
—Primero que se haga amigo de verdad de uno de nosotros… y que genere la confianza suficiente como para que acepte bañarse juntos. Solo por “amistad”, claro. Nada sexual todavía. El que lo logre primero… decide quién es el amo y quién el esclavo o esclava este mes.
Amelia soltó una carcajada corta.
—Es complicado para mí. Soy mujer. Si me acerco demasiado, podría pensar que quiero meterme en la relación con María. No quiero que ella sienta que le robo el juguete… o que la traiciono.
Alejandro se encogió de hombros, juguetón.
—Y en mi caso, ¿qué? Tengo que generar esa confianza sin que piense que soy gay. Imagínate: “Oye, bro, ¿te bañas conmigo para platicar de la vida?”. Podría salir corriendo.
Ambos estallaron en risas, los cuerpos temblando contra las sábanas.
—Suena muy interesante —admitió Amelia—. Generar confianza real toma tiempo. Pero como reto… me prende.
Alejandro se acercó más, rozando su nariz contra la de ella.
—Te lo pongo más fácil: no importa que lo seduzcas un poquito. De todas formas, creo que lo vas a asustar más que acercar. Eres demasia