Hola.

Quiero escribir un resumen de algo que viví el pasado fin de semana.

Soy Vicky, esposa y madre de dos hijos varones, el menor 12 años y el mayor con 20.

Tengo 39 años, piel blanca, cabello castaño y ojos color gris, soy rellenita, no necesariamente con sobrepeso.

Trabajamos con el ejército de nuestro país y mi hijo mayor, Daniel, es cadete desde hace seis meses.

La disciplina militar es lo mejor que nos ha pasado, mi esposo es sargento y yo hago parte del área administrativa de un batallón. Pero todos hacemos parte de la reserva activa y asistimos a entrenamientos regularmente.

Por tal motivo, poseemos un muy buen estado físico, mental y económico.

Les cuento que el fin de semana pasado pedimos una semana de vacaciones, compramos una casa fuera de la ciudad y queríamos ir a verla y equiparla.

Por tal motivo, preparamos el viaje, y llenamos nuestra camioneta con artículos para el hogar, la idea era hacer habitable la casa, ubicada en un pueblo pequeño de clima cálido.

Después de haber copado nuestro vehículo con muchas cosas, íbamos por nuestro hijo al otro batallón, a una hora más o menos de camino a la casa de campo y fuera de la ciudad.

Me puse un vestido de tela ligera a la altura de la rodilla y sin mangas, atuendo ideal para clima soleado y un abrigo mientras salía de la fría ciudad.

Llegamos al batallón por Daniel, hacía un poco más de un mes que no nos veíamos, nuestro trabajo en el otro batallón es gratificante pero bastante absorbente. Lo ví muy grande, moreno por el sol y muy atlético, no parecía el muchacho flaco y desgarbado que ingresó hace unos meses a empezar su carrera militar.

Había cambiado muchísimo!

Ya me había quitado el abrigo, bajé del auto para saludarlo y me perdí entre sus velludos brazotes y sus grandes manos que se prendieron a mi cintura mientras me besaba loco de amor.

Venía vestido con camisilla y pantaloneta debido al fuerte calor.

Además traía un equipaje bastante grande, lo que redujo aún más el espacio dentro del vehículo.

Mi hijo menor siempre ocupa el lugar del copiloto y es imposible quitarle ese lugar, así que nos teníamos que acomodar con Daniel en el poco espacio en la parte trasera de la camioneta. Un televisor nuevo en su caja, completaba la incomodidad e impedía la visibilidad entre las sillas traseras y delanteras.

Luego de mucho intento, decidimos que yo podría viajar sentada en las fuertes piernas de Daniel, no soy muy pesada y él es bastante fuerte, no le vi problema, además solo eran un par de horas largas y el viaje de noche rinde, por la poca afluencia de viajeros.

Risas, anécdotas, planes enmarcaron el reinicio del paseo.

-¿Vas bien mami?

-Si, no te preocupes.

Había algo de Daniel que me traía la cabeza revuelta, no sólo era su tremenda presencia física, sino su olor, una mezcla de perfume, sudor y algo más que no sé describir pero que me traía loca.

Luego de una hora de camino, me moví un poco para acomodarme y no acaté que mi vestido se había levantado y estaba sentada piel con piel en sus piernas.

Daniel no le dió importancia, pero yo estaba inquieta, y para colmo, él me pone su mano en la cintura y la otra en una de mis rodillas, no sabía qué pensar.

-¿Van bien allá atrás?

-Si papá, vamos muy bien, descuida.

-Cuando quieran, paramos en algún lugar para tomar algo y estirar las piernas.

-No hay necesidad, mejor date prisa, en la casa solucionamos.

La carretera está en muy buenas condiciones, pero ya empiezan las curvas y los abismos, por lo que mi esposo requería la máxima concentración.

Para animar el viaje, puso música a buen volumen.

Mientras tanto, mi hijo notó que yo iba inquieta, y por qué no decirlo, estaba cachonda. En una curva, quedamos muy cerca el uno del otro.

-Traes muy coloradas las mejillas, parecen manzanas, me las voy a devorar.

Y me da un besito mordelón en cada una de ellas.

Cerré mis ojos, no pude evitar un gesto de placer.

-¿Te molesta?

-No mi amor, me encantó!

-Entonces me las voy a comer de nuevo!

Y repitió el ademán, un besito mordelón en cada una.

Risas, cosquillas, murmullos...

-Quédate quieto!

-¿Van bien allá atrás ustedes dos?

-Si querido, descuida, concéntrate en la carretera, aún falta un buen tramo.

Nuestros juegos y risas eran tapados por la caja del televisor, solamente podíamos ver nuestras cabezas.

-Te dije que te quedaras quieto!

-No quiero!

En medio de los juegos, sentí que su mano iba arriba de mi rodilla, a la altura del muslo a pocos centímetros de la unión entre mis piernas y mi ropa interior.

Un frenazo brusco a causa de un animal que cruzó la carretera y estuvo a punto de ser atropellado.

-¡Ten cuidado!

-Tranquilos, no pasó nada!

La mano de Daniel había avanzado unos centímetros más y cuando me intenté acomodar luego del frenazo, noté su erección, parecía que traía un tubo entre su pantaloneta.

Con el pretexto de apoyarme, la rocé y casi me da un desmayo.

¡Era enorme y dura como una piedra!

Debo hacer un paréntesis, hace mucho tiempo que no tenemos intimidad con mi esposo, habíamos perdido el interés debido al trabajo y el estrés por tantos gastos.

Estar sentada en las piernas de este tremendo hombre que a la vez era mi hijo, me traía muy húmeda y Daniel también lo notó.

-¿Por qué estás mojada? Siento húmeda la pierna!

-¿Quieres que me quite?

-¿Te quieres quitar?

-No, no quiero.

-¿Puedo tocar para ver por qué estás tan mojada?

Ya su dedo rozaba mi ropa interior y estaba muy cerca de mi vagina.

-Pero primero me explicas por qué vienes así -y le señalé su gruesa herramienta.

-Tú me traes así -

-¿Yo? Atrevido!

Y sus dedos coronaron los labios de mi conchita, apartándolos y palpando la innegable humedad.

Introdujo lentamente uno de sus dedos a la vez que abrí las piernas para facilitar su labor.

-¿Qué me haces?

-Si te disgusta me dices...

En la carretera había bastante tráfico, íbamos avanzando, lento pero sin pausa.

En ese momento agradecí que mi esposo acostumbra viajar con las luces interiores apagadas, el aire acondicionado encendido y la música con buen volumen, sin ser estridente o molesta.

Empecé a menear mis caderas, para sentir la exploración de los dedos de mi hijo en mis entrañas, a la vez que ya le había agarrado su dura verga.

-¿Te gusta?

-Eres mi hijo, pero me encanta!

Logré extraer su poderosa manguera y le empecé a hacer una paja, amparados por la sombra de la enorme caja que dividía el interior de la camioneta en dos.

El camino se despejó y mi esposo se concentró totalmente en el camino, ya nos faltaba un poco más de una hora para llegar.

No nos volvió a hablar, seguramente convencido que dormíamos.

Pero qué lejos estaba de imaginar lo que acontecía apenas unos pocos centímetros atrás!

Primero unos besos leves que fueron aumentando en intensidad, hasta que fueron muy mojados, con una lucha entre dos lenguas que se devoraban vivas.

Ya me había despojado de mi pequeña tanga y traía las piernas abiertas completamente, esa sensación de lo prohibido es imposible de describir.

Afortunadamente la música opacó mis gemidos, el orgasmo que tuve fue muy fuerte, tanto que mojé su mano y parte de la cojinería del vehículo.

Mi mano no descansaba aferrada a la deliciosa verga de mi hijo.

Nuestra conversación era en susurros.

-Quiero que me la metas!

-¿Estás segura?

-Muy segura, clávamela!

Su pantaloneta ya estaba en el piso, dejando libre su delicioso capullo de macho.

Sin hacer ningún movimiento brusco, me levanté y me la introduje lentamente, disfrutando la manera en como mi panocha se iba abriendo para darle paso al enorme pene de Daniel.

-¡Qué maravilla, qué delicia, qué placer sentirte dentro de mí!-

-¡Oh mamá, qué apretadita estás!

Las imperfecciones de la carretera y la humedad de mi vagina hicieron mucho más fácil el trabajo de acomodar todo eso dentro de mí.

Nuestros besos ya rozaban el descaro, mientras sus dedos acariciaban mi clítoris.

Perdí la noción del tiempo, de la vergüenza y de la cantidad de orgasmos que tuve en apenas unos minutos, no había tenido sexo en muchos meses y me comí esa verga hasta la empuñadura.

La música apagó mis sollozos y mis gemidos, pero en ese momento nada me importaba, estaba feliz y hubiera mandado todo al carajo por solo ese momento de dicha.

Su mano derecha se apoderó de mis tetas, mientras con su izquierda me masajeaba el clítoris, y de repente, sus músculos se contrajeron al momento de vaciar la leche de sus enormes huevos dentro de mí.

Le conté hasta 12 espasmos de su miembro al expulsar su cremoso contenido, y me llegó la preocupación, hacía un poco más de un mes que me había retirado por molestias el DIU, y sentir a mi hijo eyaculando y llenando el canal que lo vió nacer me causaba susto.

Un bache en la carretera y sentí que su estaca se clavó hasta lo más profundo de mis entrañas.

Contuve el grito de extremo placer, toda vez que el Señor Orgasmo hizo su glorioso retorno y me hizo enloquecer por la dicha.

-Disculpen si los desperté, ya estamos a pocos minutos de llegar.

Tiempo necesario para vestirnos y tratar de limpiar el desastre de semen y líquido vaginal que quedó en la silla.

Un par de fogosos besos dieron por terminado el indescriptible momento de sexo, pasión y amor entre una madre recatada y su hijo que no habían tenido intimidad en muchos días.

Lo primero que hice al llegar a la casa fue buscar un baño, estaba escurriendo leche por mis piernas y necesitaba asearme por si a mi esposo se le ocurría cogerme en la noche.

Al salir, lo único que alcancé a escuchar es que lo requieren en el batallón a primera hora, para que se haga cargo de una remesa de material de intendencia, ya que él era el encargado de recibir dicha munición.

Caímos como troncos, afortunadamente no se le ocurrió cogerme, yo ya estaba saciada y él no tenía ánimos, por el viaje y por descansar para madrugar al día siguiente.

Iba a durar al menos tres días en el batallón, y yo veía a mi hijo con amor, temblor, deseo y culpa...

Maldita tentación!