Capítulo 5: La Cabaña en el Bosque
La semana de espera fue una tortura húmeda y caliente, una cuenta regresiva llena de fantasías obscenas y preparativos meticulosos que consumían cada hora de vigilia. Cada día, la excitación en casa crecía como una enredadera venenosa, envolviendo cada habitación en una niebla de lujuria anticipada que hacía difícil concentrarse en cualquier otra cosa. Érica y Camila estaban obsesionadas con prepararse físicamente para lo que vendría, tratando sus cuerpos como herramientas de alto rendimiento que debían ser perfeccionadas para el placer extremo y la recepción ilimitada. Sus rutinas se volvieron rigurosas, casi monásticas en su dedicación: sesiones de yoga de dos horas diarias para aumentar la flexibilidad de caderas y espalda, a menudo desnudas frente al espejo de cuerpo entero del gimnasio casero, mientras yo grababa cada estiramiento, cada pose que exponía sus sexos abiertos como flores carnívoras.
Practicaban abrirse mutuamente con un arsenal de juguetes cada vez más grandes y desafiantes: consoladores de gran tamaño y textura realista, bolas anales progresivas que empezaban del tamaño de una cereza y terminaban como pelotas de ping-pong, dilatadores vaginales de silicona médica. “Tiene que caber todo lo que nos metan, hijita”, le decía Érica a Camila mientras, con manos expertas y un frasco de lubricante a su lado, le empujaba un consolador de doble cabeza (una para la vagina, otra para el ano) simultáneamente, observando en el espejo cómo el cuerpo de su hija se adaptaba, se estiraba, cedía. Camila gritaba, jadeaba, sus músculos abdominales temblando, pero sus ojos, fijos en nuestro reflejo en el espejo, brillaban con una determinación perversa, un orgullo retorcido. “Sí, mamá… más… quiero poder tomar lo que sea, lo que sea que nos hagan.”
Yo también me preparaba, pero en el ámbito mental y logístico, el de un director de escena que también sería actor. Revisaba los videos de sesiones anteriores en mi estudio, editando montajes que luego proyectábamos en la pared del salón mientras cenábamos, masturbándonos los tres al ver las imágenes de nuestros cuerpos entrelazados con otros, los sonidos amplificados por los altavoces.
Me masturbaba hasta quedar seco, dolorido, el glande irritado, y fantaseaba con lo que podría ocurrir en ese lugar aislado, lejos de todo, donde solo existiríamos como cuerpos y deseos. Javier solo había dado indicaciones vagas por teléfono, su voz grave y segura: “Traigan ropa abrigada pero fácil de quitar, que se rasgue. Y preparación mental. Esto no es un fin de semana cualquiera. Va a ser un viaje de ida. Asegúrense de que las putas estén bien hidratadas y descansadas… porque no descansarán después.” Sus palabras eran a la vez una advertencia y una promesa, un contrato que firmamos con nuestro silencio excitado.
El día señalado amaneció con un gris opresivo que prometía nieve. El frío era cortante. Javier llegó puntual, como siempre, en una camioneta negra, grande, tipo Van, con vidrios polarizados tan oscuros que era imposible ver el interior, un vehículo anónimo que podía esconder cualquier cosa. Él iba al volante, su perfil duro, su mandíbula cuadrada recortada contra la ventana. Luis y Diego, sus lugartenientes habituales, iban en los asientos delanteros. Al abrir la puerta trasera corrediza, el vaho cálido y el olor a tabaco negro, colonia barata y café salieron al exterior como un suspiro del infierno.
Vi que ya había otros tres hombres dentro, sentados en los asientos traseros, siluetas grandes y quietas. Javier los presentó brevemente, sin salir del vehículo: “Marcos, el más fuerte—levantaría un motor con una mano; Pablo, el que tiene más resistencia—puede correr una maratón y luego coger otra vez; y Leo, el creativo—le gusta inventar juegos nuevos, sorprender.” Los tres me saludaron con asentimientos breves, sin sonreír,