Capítulo 5: Los Ojos en la Pared

El silencio que siguió a la revelación fue más profundo que cualquier oscuridad, un pozo sin fondo en el que nuestros corazones parecían caer en cámara lenta. La imagen en la pantalla del teléfono de Renata parecía irradiar una luz maligna, iluminando nuestros rostros con su verdor digital, grabando en nuestras retinas la evidencia de nuestra completa exposición. Nos habíamos congregado en el centro de la sala, como animales acorralados que súbitamente olfatean al depredador en la misma guarida, el aire acondicionado zumbando en vano contra el sudor frío que nos cubría la piel, pegando las camisetas a la espalda, haciendo brillar las frentes con un brillo enfermizo.

Mi padre, Rodrigo, fue el primero en moverse, pero su movimiento fue lento, deliberado, como si estuviera nadando contra una corriente espesa. Con un gruñido que salió de lo más profundo de su pecho, un sonido que no era humano sino territorial, arrebató el teléfono de las manos temblorosas de Renata y lo estudió, sus ojos, de un azul acero que ahora parecía opaco, escaneando cada píxel con la intensidad de un forense examinando la escena de su propio crimen. Su mandíbula se tensó hasta que los músculos se marcaron como cuerdas bajo la piel, y una vena palpitó en su sien, azul y furiosa.

—Mierda —escupió, la palabra cayendo como un ladrillo en el silencio de cristal—. Esto es de adentro. Esto está tomado desde aquí mismo, desde nuestro suelo. —Levantó la vista, su mirada barriendo la habitación con una ferocidad nueva, una mirada que ya no era de dueño sino de víctima buscando al enemigo en las sombras familiares—. Alguien puso una cámara aquí. En nuestra casa. En nuestro espacio. Mientras estábamos… mientras estábamos viviendo.

Un escalofrío colectivo nos recorrió, un temblor que comenzó en la base de nuestras espinas y se propagó como un virus. Mi madre, Claudia, se llevó las manos a la boca, ahogando un gemido que se convirtió en un jadeo entrecortado. Su rostro, tan expresivo, tan lleno de matices emocionales que yo había aprendido a leer desde niño, era ahora una máscara de puro terror primitivo, los ojos verdes desorbitados, la piel cetrina, los labios temblorosos. Renata se abrazó a sí misma, sus dedos delgados pero fuertes clavándose en los brazos, dejando marcas blancas que se volverían rojas, un autocastigo físico por la vulnerabilidad que sentíamos. Yo sentí cómo el suelo parecía inclinarse bajo mis pies, cómo las paredes, antes sólidas y protectoras, ahora parecían membranas delgadas, permeables a miradas ajenas. La violación era total, física, íntima. No era solo que nos hubieran visto a través de una ventana, un acto de voyerismo pasivo; era que habían entrado en nuestro santuario, habían plantado un ojo electrónico en el mismísimo corazón de nuestro secreto, habían convertido nuestro refugio en un plató, nuestro amor en un espectáculo para un extraño.

—¿Cómo? —logré articular, mi voz un hilo roto, un sonido que no reconocía como mío—. ¿Cuándo? La puerta siempre está cerrada con llave, las alarmas… —Pero incluso mientras lo decía, recordaba las veces que habíamos dejado la puerta del jardín abierta para que entrara la brisa, las ventanas entreabiertas en las noches calurosas, la falsa sensación de seguridad que habíamos construido dentro de nuestros muros.

—Dante —dijo Renata, su voz un silbido cargado de un odio tan puro que casi podía saborearse en el aire—. Él estuvo aquí. Esa noche. Tuvo tiempo, oportunidad. Mientras estábamos… distraídos. Mientras estábamos dándole lo que quería. —Su voz se quebró en la última palabra, no de tristeza, sino de rabia impotente.

—Pero el mensaje dice ‘no le digan a Dante. Él es solo el mensajero’ —recordó mi madre, su tono extrañamente calmado, el tono clínico, analítico que usaba en sus sesiones de terapia cuando un paciente describía un trauma—. Podría ser un tercero. Alguien para quien Dante trabaja. O alguien que lo chantajea a él también. Un nivel más arriba. Un depredador que se alimenta de depredadores más pequeños.

—Da igual —cortó mi padre, devolviéndole el teléfono a Renata con un movimiento brusco—. Lo primero es encontrarla. Ahora. Antes de que siga grabando. Revisamos cada centímetro de esta maldita sala, cada grieta, cada objeto. Luego el resto de la casa. Y luego… luego decidimos qué hacer.

Fue un general dando órdenes bajo fuego enemigo, pero su voz tenía un temblor apenas perceptible, una fisura en la armadura que me aterrorizó más que la foto. La parálisis se rompió, reemplazada por una energía frenética, casi histérica. Durante la siguiente hora, nos convertimos en sabuesos paranoicos, nuestros sentidos agudizados hasta el dolor. Desarmamos la sala, ese