Recibí una llamada de mi marido y al oír su voz estuve tentada de desistir de mi encuentro con a mi nuevo amigo, pero antes de que pudiera renunciar a la idea, oí golpear a la puerta. Era Carlos que al entrar y después de cerrar la puerta, me volvió a tomar en brazos, como si fuera suya...
El origen de la criatura era oscuro y turbio, un experimento que había salido horriblemente mal. Todo comenzó cuando el Dr. García, un brillante pero ambicioso científico, decidió explorar las posibilidades de la biotecnología.
El me volteo de espaldas y me abrazo por atrás, besando mi cuello mientras me decía palabras subidas de tono en mi oído, me decía que se me notaba que me encantaba la verga y que me iba a dar la mejor de las cogidas delante de mi marido.
Lupita y su jefe Hugo habían estado trabajando juntos en un proyecto importante para el centro de investigación científica donde trabajaban.
Lupita, 32 años y casada con el buen David, un tipo buena onda pero un poco soso, estaba hasta la coronilla de su vida monótona.
Hoy es ese día especial de la semana, después de días por fin Lupita y David se dan su tiempo para verse, llevan siendo novios varios meses, y aunque sus trabajos no les permiten una convivencia diaria.
En las sombras de la ciudad, donde la noche se traga la luz y la moral se desdibuja, existe un lugar llamado "El Infierno". Un club nocturno que se presenta como un espectáculo de striptease, pero que esconde una red de explotación sexual tan oscura como el abismo mismo.
Por fin llegó el día, unas vacaciones familiares son el remedio perfecto para el agobio y la rutina del trabajo en el hospital. Y que mejor para esros días de calor, que pasar el rato en un balneario natural, el rio es una zona muy con urrida últimamente.
La tarde caía sobre Colima, un calor sofocante que se pegaba a la piel como una segunda capa. Lupita, la novia de David, miraba el reloj, la impaciencia carcomiéndole por dentro.
El cansancio se había convertido en el uniforme invisible de Lulu. Auxiliar administrativa del Hospital Puerta de Fierro, su vida era un ciclo incesante de papeleo, llamadas telefónicas y la eterna lucha contra la pila de expedientes que parecía crecer exponencialmente.