Capítulo 3: El Círculo se Amplía
Los días siguientes a la iniciación de Camila fueron un limbo de recuperación y tensión sexual latente. El cuerpo de mi hija estaba marcado: moretones en sus caderas donde Javier la había sujetado, sus labios vaginales todavía algo hinchados, y una expresión en sus ojos que ya no era de inocencia, sino de conocimiento perverso. Caminaba con cierta incomodidad, pero cada vez que me miraba, una sonrisa lasciva curvaba sus labios. Érica la cuidaba como una leona a su cachorro, pero también como una madame a su prostituta estrella. Le aplicaba cremas en las zonas doloridas, le daba masajes, y en sus conversaciones susurradas, planeaban lo que vendría.
“Javier dijo refuerzos”, comentó Érica una tarde, mientras las tres desayunábamos. Camila estaba sentada en mi regazo, desnuda, alimentándose con frutas que yo le llevaba a la boca. Era un acto de posesión y sumisión simultánea.
“¿Qué crees que signifique?” preguntó Camila, mordiendo una uva y dejando que el jugo le corriera por la barbilla. Yo lo lamí.
“Significa más hombres”, dije, mis manos acariciando sus tetas. “Javier tiene amigos. Gente que disfruta de lo mismo que él. Que les gusta usar mujeres… y compartirlas.”
Camila se estremeció, pero de excitación. “¿Cuántos?”
“No sé”, dijo Érica. “Pero mientras más, mejor. Así aprendes más rápido, hijita. Y tu papá tendrá más que grabar.”
La idea de ver a Camila rodeada de varios hombres, siendo penetrada por múltiples vergas a la vez, me hacía palpitar la sangre. Ya había grabado su iniciación, y en la privacidad de mi estudio, revisaba los videos una y otra vez, masturbándome hasta quedarme seco. La imagen de Javier metiéndole el puño en la panocha mientras ella gritaba de éxtasis me obsesionaba. Quería más. Quería verla llegar aún más lejos.
El llamado de Javier llegó dos días después. Era un jueves por la tarde. Érica contestó el teléfono, y por su tono de voz, supe de inmediato quién era.
“Sí, claro… Entiendo… ¿Esta noche?… Estaremos listas.” Colgó y nos miró, sus ojos brillando. “Esta noche. Viene con dos amigos. Luis y Diego. Dice que son de confianza, que saben cómo tratar a las mujeres. Y que vienen con… ganas.”
Camila, que estaba en el suelo practicando posiciones de yoga (desnuda, por supuesto), se detuvo. “¿Esta noche? ¿Tan pronto?”
“¿Tienes miedo?” preguntó Érica, desafiante.
“No”, dijo Camila, levantándose. Sus pechos se balanceaban con el movimiento. “Tengo hambre. Apenas puedo esperar.”
El resto de la tarde fue un torbellino de preparativos. Érica y Camila se encerraron en el dormitorio para “arreglarse”. Yo me dediqué a preparar el escenario. Esta vez no solo sería la sala. Javier había insinuado que quería usar diferentes ambientes. Preparé l