Capítulo 4: El Vecino y la Transgresión Compartida
El tiempo se detuvo en el umbral de la puerta. La sonrisa de Dante era como un cuchillo afilado bajo la luz amarillenta del porche, y sus ojos—demasiado perceptivos, con esa mirada de halcón que siempre me había puesto nervioso—recorrían nuestros rostros enrojecidos, nuestro cabello desordenado, la manera en que estábamos apiñados en el pasillo como animales sorprendidos en su guarida. El chupetón en el cuello de mi madre ardía como una marca de culpabilidad bajo su mirada, un óvalo violáceo que parecía gritar lo que acabábamos de hacer. El aire frío de la noche de junio entraba por la puerta abierta, arrastrando el olor a césped recién cortado y a tierra húmeda, pero yo sentía calor en la nuca, un sudor frío que se mezclaba con el calor residual del sexo y la vergüenza instantánea.
Mi padre, Rodrigo, fue el primero en reaccionar. Su cuerpo se tensó, los músculos de su espalda ancha visibles incluso a través de la playera holgada, pero su voz salió sorprendentemente calmada, modulada, la que usaba con clientes difíciles.
—Dante, qué sorpresa —dijo, bloqueando parcialmente la entrada con su figura—. No esperábamos visita a estas horas.
—Lo noto —respondió Dante, su sonrisa no desaparecía, se había congelado en una mueca de diversión maliciosa—. Pero bueno, soy el vecino nuevo, quería ser amable. Traje un Malbec que me recomendaron en la vinatería. Dicen que tiene notas de ciruela y tabaco. —Alzó la botella como un trofeo—. ¿Puedo pasar un momento? O si están… ocupados, puedo volver otro día. Aunque, por lo que veo, la fiesta ya empezó sin mí.
Su tono era casual, juguetón, pero sus ojos decían otra cosa. Recorrieron el desorden detrás de nosotros: el sofá con los cojines desparramados, las dos copas de vino medio llenas en la mesa de centro (una con el borde marcado por el lápiz labial coral de mi madre), la manta arrugada en el piso. Había visto. Sabía. O al menos sospechaba lo suficiente para tenernos en la palma de su mano.
Mi madre, Claudia, se tocó instintivamente el cuello, sus dedos delgados palpando el chupetón como si pudiera borrarlo por contacto, luego cruzó los brazos sobre su pecho, como si tratara de cubrirse a pesar de estar completamente vestida con un pants de algodón y una camiseta holgada. Renata, a mi lado, respiraba de manera entrecortada, y pude sentir el temblor leve en su brazo donde rozaba el mío. Yo sentía cómo mi verga, que apenas unos minutos antes estaba dura, satisfecha y goteando, ahora se encogía por la adrenalina del miedo, retrayéndose contra mi cuerpo como un animal asustado.
—No, no, pasa —dijo mi madre finalmente, su voz un poco temblorosa, pero forzando una sonrisa social—. Estábamos… viendo una película. Una comedia romántica, nada del otro mundo. Se nos fue la mano con el vino, ya ves. —Hizo un gesto vago hacia las copas.
—Ah, una película —asintió Dante, entrando sin esperar más invitación, rozando el hombro de mi padre al pasar—. Debe ser muy intensa. Se ven todos… conmovidos. O quizá sobreexcitados.
Cerró la puerta detrás de él. El sonido del pestillo al caer sonó como un golpe seco, final. Dante olía a colonia barata (algo con demasiado aroma) y a cigarro ligero, con un fondo a cerveza. Llevaba una camisa de botones arremangada hasta los codos, mostrando antebrazos delgados, pero con tendones marcados, y jeans ajustados que delineaban un paquete que ya se estaba animando. Era un hombre de unos cuarenta años, delgado, pero con una presencia física que llenaba el pasillo, una energía intrusiva que contaminaba el espacio. Sus ojos grises, del color del cielo antes de una tormenta, no dejaban de moverse, tomando detalles: el rubor en las mejillas de Renata, la marca de dientes en mi hombro que mi madre había dejado, la manera en que mi padre se paraba con las piernas ligeramente separadas, aún en pose defensiva.
—Siéntate —dijo mi padre, señalando el sofá con un gesto que pretendía ser casual pero que resultó brusco—. ¿Un trago? Tenemos whisky, o el vino que trajiste.
—Whisky está bien —dijo Dante, sentándose en el centro del sofá, justo donde mi madre había estado sentada minutos antes, y dejando la botella sobre la mesa con un golpe suave—. Pero no quiero interrumpir su… película. ¿En qué parte iban?
—Ya terminaba —dijo Renata, su voz más firme de lo que esperaba, pero con un filo de desafío—. Justo en la parte buena. Donde los protagonistas se dan cuenta de que el amor verdadero está más cerca de lo que pensaban.
Dante la miró, y en sus ojos grises vi un destello de algo que no era solo curiosidad o morbo. Era deseo. Deseo crudo, no