Había pasado una semana, siete días completos.

Elena lo sabía porque había contado cada uno de ellos.

No era algo que hubiera planeado hacer. Simplemente ocurría.

Cada mañana escuchaba a James salir de su habitación para ir a clases. Cada tarde oía el sonido de la puerta principal cuando regresaba al departamento. Cada noche reconocía sus pasos al otro lado del pasillo.

Vivían juntos.

Y, aun así, Elena había logrado evitarlo durante toda una semana.

Era ridículo.

Y agotador.

Desayunaba antes de que él despertara.

Cenaba después de que terminara de estudiar.

Si él estaba en la sala, ella encontraba una excusa para quedarse en su habitación.

Si coincidían en la cocina, la conversación rara vez duraba más de treinta segundos.

Lo peor era que James había dejado de insistir.

Durante los primeros días había preguntado si todo estaba bien.

Después si había hecho algo.

Luego simplemente dejó de preguntar.

Y aquello le dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Aquella noche Elena estaba sentada frente a su portátil, mirando el mismo documento desde hacía veinte minutos sin leer una sola palabra.

Escuchó la puerta principal abrirse.

James había vuelto.

Sintió un nudo en el estómago.

Las llaves sobre la encimera.

La nevera abriéndose.

Un armario.

Agua corriendo.

Los sonidos habituales.

Los sonidos de alguien que compartía su vida cotidiana.

Y que, de repente, parecía estar a kilómetros de distancia.

Tres golpes suaves resonaron en su puerta.

Elena cerró los ojos.

Sabía quién era.

—¿Sí?

—Soy yo.

Como si hubiera alguna duda.

Ella tragó saliva.

—¿Qué pasa?

Hubo un breve silencio.

—Necesitamos hablar.

Las palabras hicieron que su corazón se acelerara.

Había estado evitando exactamente eso.

—Ahora no es un buen momento.

—Llevas diciendo eso una semana.

Elena apretó los labios.

No podía discutirlo.

Porque era verdad.

—Por favor, Mama.

Aquella última frase fue suficiente.

Se levantó de la silla y abrió la puerta.

James estaba allí.

Con una mochila colgada de un hombro y el cansancio reflejado en el rostro.

Pero también había algo más.

Frustración.

No mucha.

Solo la suficiente para que Elena se sintiera culpable.

—Hola —dijo él.

—Hola.

El silencio fue incómodo.

Extraño.

Como si hubieran olvidado cómo hablarse.

James fue el primero en romperlo.