Vero y los Senegaleses II
Despues de conocer a Ubuntu y Ibrahim, Vero conoce a Dredd para una despedida de argentina con toda la hospitalidad que ella es capaz
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@Vero · Argentina
Vero Blaquier
Hola soy una mujer de Argentina, tengo actualmente 38 años, estoy casada con Claudio, vivimos por la zona de San Isidro. Me gusta mucho el sexo sin compromisos
10 zgodbe · maduras, confesiones, interracial · Argentina
Despues de conocer a Ubuntu y Ibrahim, Vero conoce a Dredd para una despedida de argentina con toda la hospitalidad que ella es capaz
Vero intenta escribir un relato, pero su computadora no funciona un técnico la repara y le hace una propuesta que cambiaría su relación con los lectores.
Mi esposo invita a dos Ejecutivos Senegaleses, y yo debo servir el postre para demostrar la hospitalidad argentina hacia ellos
Vero necesita un masaje reparador y conoce un masajista muy particular
Despues de conocer a Santi, Vero vuelve a comprar mercaderia con entrega a domicilio y tiene una agradable sorpresa
Después de su experiencia en el taller Vero recibe un service a domicilio.
Vero leva el auto al taller y le hacen un service completo
Vero jugo a ser prostituta y las cosas tomaron un giro inesperado
Vero recibe el pedido del supermercado y recompensa al repartidor
Vero seduce a unos albañiles y termina en una fiesta inolvidable
La historia se desenvuelve en México, para ser exactos en la Ciudad de Querétaro, me hare llamar Sergio, en ese entonces tendría 29 años, me considero una persona atractiva, mido 1:80 mts, soy moreno claro, mi cuerpo es atlético (pues practico demasiado deporte), mi hermano también es bien parecido lo hare llamar francisco y a mi cuñada la hare llamar Mónica (obviamente los nombres los cambio para cuidar cierta privacidad)
Aquel día de verano, mi primo estaba de vacaciones y se había venido a pasarlas con nosotros, él se llama David tiene 13 años y es un chico bien guapo (incluso actúa de modelo de bañadores de su edad para algunas marcas) rubio ojos azules, el cabrón liga la ostia, estábamos echando unas canastas cuando mi madre vino para decirnos que se iba a la ciudad a hacer unas compras y que se llevaba al chofer así que nos tendríamos que que dar en casa todo el día.
En el colegio algunos compañeros me contaban las guarradas sexuales que habían visto hacer a sus padres y hermanos, o algunos de ellos, muy fanfarrones para su edad, presumían de que varias chicas del pueblo se las habían mamado y a otras hasta "pasado por la piedra".
Después de acostar a los niños, nos pusimos a ver la tele. Hacía calor. Ella se cambió de ropa y se puso un vestido que le llegaba a la rodilla, pero con bastante vuelo, y que remarcaba sus tetazas. La película era bastante fuerte. Yo estaba tumbado en el sofá y comencé a empalmarme. En otra ocasión me habría importado, pero hoy, después de lo pasado, me importaba todo un carajo.
Mi novia y yo pasamos una velada feliz, aunque yo estaba echo polvo y con pocas ganas de meterle mano, cosa que le extrañó por sé anómalo, aunque yo achaque ese desinterés sexual a mi dolor de cabeza que me impedía disfrutar del placer de su compañía.
Todo empezó con un encuentro casual en el mes de septiembre de 1989 con un antiguo alumno con el cual habíamos compartido unas cuantas farras llegando a ser buenos amigos. El había partido para los Estados Unidos y había regresado después que su tío, donde se alojaba, lo encontró con su esposa en plena acción.
Sus piernas divinas casi completas (la camiseta le llegaba al borde de los calzoncitos) ante mi vista, sus pequeños pies, sus senos ondulantes bajo la camiseta y sus pezones deliciosamente agresivos dibujando perfectamente su forma y permitiendo ver su color.
Estuve tentado de morrear a la bella, pero imaginando que ella me iba a dar una bofetada y a considerarme un cerdo miserable, opte por depositar unos besos castos en sus tersas mejillas y aspire ese perfume embriagador que desprendía su cuerpo, a perfume y a su piel limpia.
La sangre de mi virginidad recién entregada a mi dueño. Por amor, amor mío, por amor. Que es la unión de un dueño y un esclavo; nunca de dos seres iguales.
La cantárida nos desinhibió totalmente a ambos, pero especialmente a mí, que me porte obscenamente cuando su lengua iba y venia como un pincel, por mis labios mayores. Mientras que yo me acariciaba los pechos y tiraba sin saber que hacia, presa de la lujuria más frenética de mis pezones.