Capítulo 9: La espera y la llegada
El medio millón de pesos nos duró menos de lo que imaginábamos. No porque lo gastáramos en tonterías, sino porque mi mamá, Perla, tenía planes mayores. Pagó seis meses de renta por adelantado del nuevo departamento en Polanco, compró equipo de grabación de mayor calidad: una cámara Sony profesional, luces LED regulables, un micrófono de solapa inalámbrico, un ordenador potente para edición. También contrató a una diseñadora gráfica para crear una marca: "Madre e Hija: Secretos Compartidos". Creó una página web privada, con suscripción de pago, donde subíamos contenido exclusivo: fotos, videos cortos, relatos eróticos escritos por nosotras. Los suscriptores pagaban cien dólares al mes por acceso. En las primeras dos semanas, tuvimos cincuenta suscriptores. Cinco mil dólares mensuales, solo por eso. A eso se sumaban las sesiones especiales con clientes selectos, coordinadas por Eduardo. El dinero fluía, y con él, una sensación de poder que era casi tan adictiva como el sexo.
Pero la noticia más importante era la de Henrik, el sobrino de Klaus. A la semana de nuestro encuentro con Klaus, recibimos un correo electrónico de él, con copia a Klaus. Estaba escrito en un inglés impecable, pero con un tono cálido, curioso.
"Queridas Perla y Lucía,
Mi tío Klaus me ha hablado mucho de ustedes. Y me ha mostrado algunos de sus trabajos (con el permiso de Eduardo, por supuesto). Debo decir que quedé impresionado. No solo por su belleza, que es evidente, sino por la química palpable, la autenticidad de su conexión. Es raro encontrar algo tan crudo y a la vez tan hermoso.
Estoy terminando el semestre aquí en Berlín. Tengo vacaciones en tres semanas. Me encantaría volar a Ciudad de México y conocerlas en persona. No como cliente, sino como un admirador que espera poder encajar en su mundo. Klaus me ha contado de su dinámica, de su visión del futuro. Coincido plenamente. Creo que podríamos explorar posibilidades muy interesantes juntos.
Por favor, díganme si les interesa la idea. Puedo organizar todo.
Con admiración,
Henrik"
Mi mamá imprimió el correo y lo leyó una y otra vez, sentada en el sillón de nuestro nuevo living, con una copa de vino en la mano.
—Suena perfecto —dijo, sus ojos brillando—. Educado, directo, interesado en nosotras como personas, no solo como cuerpos. Y joven. Veintiún años. Esa es la edad perfecta para ti, Luci.
—¿Crees que sea sincero? —pregunté, recostada en el sofá, con las piernas sobre el regazo de ella.
—Klaus lo avala. Y Klaus, aunque pervertido, es un hombre de palabra. No jugaría con nosotras de esta manera si no fuera serio. —Me acarició el tobillo—. Además, ¿qué tenemos que perder? Si viene y no nos gusta, es un fin de semana divertido. Si nos gusta… podría ser el comienzo de algo grande.
Así que respondi