José David Castillo Ortiz entró al asilo "Hogar de la Esperanza" con las piernas aún temblando, el corazón latiéndole como un tambor descompasado en el pecho. El aire dentro del edificio era el mismo de siempre: una mezcla reconfortante de desinfectante, sopa de fideos cocinándose en la cocina común y el leve olor a vejez que impregnaba los pasillos. Pero nada se sentía reconfortante ahora. Su mente era un remolino caótico: la chófer en el Didi VIP, María follándole la boca en el salón vacío, la militar sometiéndolo detrás de la van como si fuera un objeto. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Quién era él ahora? El chico tímido que ayudaba a ancianos y estudiaba psicología se sentía perdido, como si su vida se hubiera convertido en una pesadilla erótica de la que no podía despertar.Cada eyaculación forzada, cada beso robado, cada toque no pedido se acumulaba como peso muerto en su alma. No era placer puro; era sobrecarga, confusión, un vacío que empezaba a doler.

Caminó por el pasillo principal como un autómata, evitando las miradas de las enfermeras que lo saludaban con sonrisas habituales. "¡José, qué bueno verte!", dijo una, pero él solo asintió, la voz atascada en la garganta. Llegó a la sala común, donde Doña Carmelita estaba sentada en su silla de ruedas favorita, junto a la ventana que daba al jardín marchito. La anciana de 82 años, con su cabello blanco recogido en un moño flojo y ojos cafés claros que siempre brillaban con gratitud, lo vio entrar y su rostro se iluminó como si el sol hubiera salido solo para él.

—Hola, cariño… gracias por venir a verme —dijo ella con voz temblorosa pero cálida, extendiendo una mano arrugada hacia él—. Ya me siento mucho mejor, gracias a esos remedios tuyos. ¿Trajiste más té de manzanilla?

José se acercó, pero algo dentro de él se rompió al verla. Doña Carmelita era como su abuela fallecida: esa misma fragilidad, esa misma ternura que le recordaba las tardes de infancia en las que su abuela le contaba historias de su juventud mientras él le cepillaba el cabello. Ayudar en el asilo era su ancla, su forma de practicar psicología real, de dar terapia ocupacional a quienes lo necesitaban. Pero ahora… ahora se sentía sucio, usado, como