Estaba pensando en cambiarme de estudio; si bien el actual no era chico, pensaba que con el generoso dinero que he ganado podría construirme uno mejor a las afueras de la ciudad, más privado y sobre todo más grande. No se le vaya a ocurrir a un cliente querer follar arriba de un tanque de guerra, jeje.

Luego leía mi correo; había varios pedidos para "el fotógrafo de los deseos", como me habían apodado; uno llamó poderosamente mi atención. Decía escuetamente:

"El martes a las 11:00 am. Pasaré por su estudio; no acepte clientes esa mañana, le pagaré la jornada de trabajo."

Extraño, más aún el remitente del correo, pero ya me enteraría.

El martes llegó raudo; como me pagaron el día, no acepté trabajo. A eso de la hora señalada, miré por la ventana y noté cómo se estacionaban dos automóviles del año, ambos negros con vidrios polarizados. Del auto de adelante se bajó un tipo y se puso de espaldas al borde de la puerta; otro tipo, el chofer, entró al estudio.

—Tú eres... —Dijo mi nombre con propiedad.

—Así es, adelante, ¿en qué puedo ayudarle? —le dije con mi usual cordialidad, invitándolo a sentarse.

—Luis, el chofer de la señora Camila me habló de ti —me dijo.

—¿Conoce a Luis?— pregunté.

—Sí— respondió, pero hubo una incongruencia. Dijo que "sí" con la palabra pero negó levemente con la cabeza al mismo tiempo; estaba mintiendo, él no conocía a Luis.— Yo también soy chofer y mi jefa necesita tus servicios.

—¿Su jefa? —pregunté levantando una ceja.

—Así es, ella me pidió que le dijera lo que desea para que usted haga su trabajo.

—A ver, espere un minuto —lo paré en seco—. Este asunto no es como pedir una hamburguesa en Rappi; hay muchas cosas que van más allá; no puedo aceptar un trabajo si no hablo con la persona que vivirá el deseo; así que dígale a su jefa que venga a hablar conmigo o no hay trabajo.

—Te pagaremos el triple.

—No es cosa de dinero —le dije—. Los deseos de la gente son algo muy personal, y para cumplirlos a cabalidad debo conocer a mi cliente y mi cliente debe confiar en mí.

El chofer suspiró; al parecer había predicho mi actitud.

Se tocó el pinganillo de la oreja y dijo: "Plan B".

Oí movimientos y portazos fuera del estudio, y de pronto entró un tipo, con toda la pinta de ser un guardaespaldas, y tras él una señora que no se divisaba del todo. Al correrse el guardaespaldas, casi me caí de culo por la impresión; era una senadora de la república muy conocida.

—¿Me conoces? —preguntó ella.

—Claro —respondí algo nervioso.

—No, no me conoces, porque nunca he estado acá —dijo con seguridad.

—Entiendo —le dije sonriendo.

Luego de echar a todos del estudio, me quedé a solas con la senadora; ella era una mujer al borde de los 50 años, pelo rubio platinado, teñido para ocultar las canas, elegante, alta, curvilínea. Ella siempre ha sido considerada la política más guapa del país; y aunque el tiempo ha menguado un poco su brillo, no dejaba de ser una dama de un enorme atractivo.

Me extrañó verla frente a mí... no, en realidad no me extrañó; sé que su clase es así. Ella es de un partido político de la extrema diestra; su batalla contra la perversión de la siniestra y el progresismo es épica. Totalmente antiaborto, anti familia homoparental, anti minorías sexuales, anti sexo fuera del matrimonio, anti inmigrantes, anti pastilla del día después, anti todo lo divertido. Y su lema de "Dios, Familia y Patria" es su bandera de lucha... En fin, siempre he sabido que son solo eslóganes; este tipo de personas siempre han tenido un doble estándar, predican valores que nunca aplican y condenan pecados que ellos cometen a destajo.

Con el tiempo entendí que la senadora tiene lo que los psicólogos llaman proyección freudiana. Ella persigue con saña en los demás lo que es incapaz de aceptar o controlar en sí misma. Su odio público es, en realidad, el reflejo de su propia culpa y autorrepulsión.

Pero a pesar de todo, ella es un cliente, y a un cliente se le da "A" si así lo desea, independiente de lo que yo piense de "A", o en este caso lo que piense "del cliente".

De política no hablaré, no porque no me interese, es que sé que a los políticos les importan diez hectáreas de verga los problemas de la gente; solo les importa que la oposición no haga las cosas bien. La política se puede resumir en una frase: Si lo hago o lo digo yo, es genial. Si lo mismo lo hace o lo dice el opositor, es una mierda.

—Y bien, Lucía —le dije tuteándola, imponiendo desde el principio mis términos; en el estudio el presidente soy yo—. ¿En qué puedo ayudarte?

Ella, quizás al verse a solas conmigo, o quizás por mi forma de ser relajada y con seguridad, se puso un poco nerviosa. Esos microgestos que delatan, ya saben: Parpadeo acelerado, contracción de labios, arrugar ligeramente la nariz; y ese sutil ajuste de ropa.

—Lucía, relájate, acá solo estamos tus deseos y nadie más —le dije con una sonrisa. Ella suspiró, devolviéndome la sonrisa.

—Quizás piensas que yo, por ser...

—Yo no pienso nada —la interrumpí—. Eres una cliente en mi estudio, y tus deseos son los que me importan, no lo que seas de la puerta para afuera.

Finalmente, ella cedió y me contó casi su vida entera; al parecer no tenía a nadie a quien contársela. Es el precio del poder, supongo. Al igual que la fama, cualquier cosa "fuera de lo normal" puede perjudicarlos, así que todo se lo tienen que comer en soledad y reprimir cualquier sentimiento. Resumiendo, ella siempre ha sido una mujer entregada a los demás, más bien, entregada a los ojos de los demás; toda la vida tuvo que ser la niña correcta, la señorita correcta, la mujer correcta, más por presiones familiares, del partido y de su difunto marido, que por lo que ella en realidad quería. Su marido la engañó con decenas de mujeres, pero nunca pudo hacer ni decir nada; ya saben: el qué dirán, la imagen, evitar escándalos.

Hoy, cerca de sus cincuenta años, quiere dar riendas sueltas, aunque sea un poco, a su mujer salvaje encerrada en su interior desde que tiene uso de razón. La señora Camila, la de la historia del chofer, es amiga de Lucía y en una noche de copas le confesó lo que había hecho con Luis y de mi existencia.

Ella, a pesar de la tirria que expresa en las conferencias y en sus acotaciones en el Senado sobre los inmigrantes y su clara tendencia xenofóbica, siempre ha querido tener sexo con un negro, ya que una vez, de casualidad y a escondidas, cuando joven vio una revista porno donde un negro tenía una verga tres veces más grande que la de su marido, la única que ha probado y la que él usaba con ella solo para "procrear", y desde esa vez no ha dejado de pensar en la verga inmensa de un negro.

Casi empaticé con ella, si no fuera por ese doble estándar, en fin.

Luego de debatir, casi como legislando, quedamos en lo que quería, follar con un negro de verga enorme en su oficina del senado. Le propuse dos, o más; uno no es ninguno, pero ella se negó, más que nada por miedo. Su única experiencia sexual había sido con su fallecido marido y solo, como dije anteriormente, para procrear. Su marido era Opus, una cosa así, así que ir de cero a cien le daba un poco de temor; además, ella se había masturbado solo dos veces en su vida y con una inmensa sensación de culpa. ¡Una mierda!, cómo le truncan la vida a una persona solo por imponerles sus creencias y la exigencia de perfección; es una pena, aunque más que tristeza es antinatural; si le coartamos los instintos básicos a un ser humano, más temprano que tarde se terminará convirtiendo en un sociópata; lo hemos visto innumerables veces en el clero... Prosigo:

La parte complicada era reproducir en mi estudio exactamente cómo era su despacho en el Senado; lo de encontrar un negro de verga enorme era cosa de levantar una piedra. La otra complicación era que el susodicho debía ser extremadamente discreto, nada que un contrato con penas del infierno si no se cumplía el secreto no arreglara.

Me puse manos a la obra; la senadora me envió por correo una foto de su despacho y con eso compré los muebles y artículos necesarios para replicarla. Lo del negro fue más complicado de lo que pensé, por una simple razón: no hice casting de la persona en sí, sino más bien de sus penes; los tipos que iban a participar me enviaban foto de sus vergas con una regla de medir para demostrar cuán grande la tenían.

Tuve un cuadro agudo de saturación falonormativa. El asunto era puramente visceral, una homorrepulsión estética. Mi cerebro heterosexual, formateado para otras curvas, lo cóncavo y no lo convexo, simplemente entró en cortocircuito ante tal cantidad de vergas, un disgusto visual absoluto.

El ganador fue Luigi, con 26 centímetros y una circunferencia ad hoc al largo. La senadora podría hasta hacer dominadas colgándose de magno pedazo de verga.

Y llegó el día.

No trabajo los domingos, pero esta vez hice una excepción; ese fue el día acordado. El tráfico fuera del estudio es mucho menor; con el buen dinero que se me pagará por este trabajo, creo que tengo lo suficiente para armar otro estudio a las afueras de la ciudad, como lo había pensado, para no depender del flujo externo de personas.

La senadora, que ese día llegó sola en su auto particular, sin escoltas ni chofer, abrió los ojos inmensos al ver que una oficina, idéntica a la suya, había sido instalada en el estudio, y fiel al detalle, en la ventana de la oficina falsa se proyectaba en la pantalla gigante una imagen de la ciudad en el mismo ángulo que ella veía cada jornada.

Ella vestía una chaqueta negra corta, camisa blanca, una falda negra, medias negras y zapatos negros; en la solapa, un pin con el logo de su partido político.

Luigi, el hombre negro, que bordeaba los 30 años, vestía de impecable traje negro, camisa blanca y corbata negra.

El juego de roles sería simple: Luigi estaba postulando para ser el nuevo chofer de la senadora y esta lo "inspeccionaría" para ver si estaba calificado.

Los presenté, se estrecharon la mano y él, con una sonrisa y un marcado acento centroamericano, fue muy cordial. Un microgesto en ella me molestó; al parecer no se deshacía del todo de su animadversión a lo extranjero; pero bueno, nadie cambia de la noche a la mañana, ¿no?; pero cambiaría, a vergazos.

Esta vez guiaría todo con la ayuda de Luigi, ya que la senadora estaba prácticamente cero kilómetros. Luigi ya estaba al tanto de todo; al hacerle firmar el contrato de confidencialidad, fui honesto con él y le expliqué de qué se trataba y de quién; él comprendió.

Partimos con fotos casuales, nada del otro mundo, solo para distender el ambiente; a ellos los nombraba como Chofer y Jefa; a ratos bromeaba con Lucía y ella, como buena política, tenía la respuesta justa para cada broma, una Churchill cualquiera. Pero tenía que ganarme el sueldo.

—Jefa —le dije—, ponte de pie frente al escritorio y apóyate en él.

—Chofer, ponte a su izquierda.

—Jefa —le dije—, pon cara de sospecha, como dudando que él fuera bueno para el cargo—. Ella lo hizo teatralmente bien; sonreí, se estaba soltando de su careta de política ruda. Luigi, mientras tanto, actuaba como rogando por el puesto.

—Jefa —le dije—, tómale la corbata al chofer, como amenazándolo—. Ella lo hizo, poniendo cara de rabia, la misma que había visto en televisión cuando hablaba mal de los inmigrantes—. Ahora, pon tu mano en su paquete.

Ella cambió la expresión, como que de un paraguazo se dio cuenta de lo que pasaría desde ese instante; hizo una leve finta como para mirarme y, luego de un suspiro y apretar de labio, puso su mano en el pantalón de Luigi, con las palmas abiertas, no muy brusco.

—Vamos, jefa —le dije animándola para que fuera por más—, inspecciona al chofer, con confianza.

Luigi le dijo: "No es solo por el contrato, jamás le diré nada a nadie, relájese, confíe en mí".

Ella lo miró y un atisbo de sonrisa se quiso dibujar en su rostro; luego bajó la mirada y comenzó a sobar el paquete de Luigi que, sin tener el pene erecto, se notaba que ahí había algo poderoso.

—Jefa, bájele el cierre del pantalón. —Ella soltó la corbata, y con las dos manos bajó el cierre y de él sale un pene fláccido y enorme. Lucía elevó las cejas y se echó levemente hacia atrás, una verga que, aun fláccida, era dos veces más grande que el pene en erección de su fallecido marido.

—Jefa, tome el pene del chofer y haga que se erecte. —Ella dudó, o quizás recordaba la revista que vio hace años, pero luego tomó el pene con su mano empuñada, lo elevó un poco y su glande colgaba como péndulo mientras ella lo pajeaba. Poco a poco, el pene de Luigi se iba poniendo un poco más rígido.

—Jefa, póngase en cuclillas y tome el pene con ambas manos. Ella lo hizo, se agachó y con ambas manos masajeaba ese vergazo, hasta que estaba semierecto.

—Jefa, ahora...

No alcancé a terminar la frase cuando ella puso el pene de Luigi dentro de su boca y comenzó a dar sendas mamadas, con algo de torpeza y brusquedad; era la primera vez que chupaba el pene de un hombre. Luigi acarició su cabeza y le dijo: "Tranquila, no hay apuro, sé gentil". Ella, con la verga dentro de su boca, miró hacia arriba y sonrió. Llegó el punto en que el pene de Luigi estaba totalmente erecto; la mandíbula de Lucía estaba muy abierta. Por más profunda fuese la mamada ese pene no cabía completamente en su boca. Ella lo sostenía con una mano mientras con la otra comenzaba a sobar su clítoris.

—Chofer, ayude a levantarse a su jefa. —Él solo hizo—. Y tóquela mientras la desviste.

Luigi comenzó a besar el cuello de Lucía mientras tocaba sus tetas por sobre la ropa y luego bajaba la mano para meterlas bajo la falda y estimular su vagina; ella exhalaba fuerte por la nariz. Luigi desabrochó la camisa de la senadora, dejando ver un buen par de tetas en un sostén blanco inmaculado, que pronto caería al suelo; luego bajó el cierre trasero de su falda, la que cayó con elegancia por sus piernas. Él metió la mano dentro del calzón de la senadora y puso sus dedos en una vagina totalmente húmeda. Ella, apoyada en el escritorio, abría las piernas mientras no dejaba de pajear ese pedazo de carne que Luigi tenía por pene.

Al rato, ambos estaban desnudos, Luigi totalmente; la senadora solo tenía sus medias negras. A pesar de la edad, Lucía se mantenía en una muy buena forma, tenía un cuerpazo; si no fuese política, podría ser fácilmente una MILF top tier de la industria porno.

La senadora estaba con las piernas abiertas sobre el escritorio mientras Luigi, como un experto, hacía una fiesta con su lengua en la vagina de Lucía. Lamía sus labios, succionaba su clítoris, metía su largo dedo medio en su vagina. Ella apretaba el borde del escritorio con tanta fuerza que pensé que lo rompería.

Luego Luigi se incorporó y comenzó a jugar con su pene en la vagina de Lucía; el glande subía y bajaba por sus labios abiertos de par en par. Ella miraba hacia abajo sin poder creer que el pene gigante que una vez vio de joven en una revista ahora estaba a punto de penetrarla. —Métemela —le ordenó ella, casi con desespero. Luigi hizo caso y de a poco comenzó a penetrarla, con delicadeza, sin prisa. Lucía sentía cómo ese gran pedazo de carne dilataba su vagina húmeda, sentía en su interior algo que jamás había sentido, algo que golpeaba el cuello uterino con cada estocada. Lucía se estremecía de placer, algo que a su mediana edad recién pudo conocer.

—Chofer, ahora recuéstese sobre el escritorio, jefa, siéntese en su cara —los guie.

Luigi se estiraba sobre el escritorio e invitó a Lucía a sentarse en su cara; ella lo hizo al tiempo que se inclinaba para tomar otra vez entre sus manos esa verga inmensa y cálida. Luigi jugaba otra vez con la vagina de Lucía mientras ella lo pajeaba con las dos manos y metía todo lo que podía ese pene negro dentro de su boca, con la boca muy abierta, con las mandíbulas casi desencajadas.

La escena era hermosa; un sesenta y nueve perfecto, la piel blanca de la senadora y lo azabache de Luigi daban un contraste glorioso, casi como la figura del yin y el yang.

—Jefa, ¿te atreves a hacer algo que jamás pensaste? —pregunté.

Ella, con un hilo de voz, no del todo en este mundo, dijo "Sí".

Luigi la recostó de lado sobre el escritorio, se untó en el pene un poco de lubricante que le había proporcionado, y levantó una de las piernas de Lucía, y ella de pronto sintió algo caliente y húmedo en su ano, me miró, prediciendo lo que vendría y apretó los labios. Luigi con delicadeza comenzó a empujar; al principio, ese ano virgen no cedía, pero de pronto, gracias al lubricante, el glande penetró completo. Lucía gimió fuerte, echando su cabeza para atrás. "¿Sigo?", preguntó Luigi con empatía. "Sí, dale", dijo ella con un hilo de voz.

Poco a poco, con cada movimiento, esa enorme verga iba entrando en el ano de Lucía. Ella sentía un dolor y un ardor fuerte, pero estaba tan excitada que eso pasó a segundo plano y pidió más fuerte, más adentro, y Luigi le hizo caso. De pronto, ella echa su brazo hacia atrás en el cuello de Luigi y lo acerca para besarlo apasionadamente. El primer beso de toda la sesión, de seguro ella lo evitaba, se notaba, pero ese pene rompiéndole el culo multiplicó su excitación por tres. Ella se vino por primera vez; un leve chorrito en su vagina la delató, así como sus contracciones y los músculos de sus muslos contraídos. "No pares", ordenó; él seguía haciendo desaparecer ese pene en su ano y a veces lo combinaba con penetración vaginal. Estoy seguro de que cuando salía del ano y penetraba en su vagina, y viceversa, Lucía pensó que tal vez no era mala idea dos o más hombres a la vez.

Luego Lucía se puso de barriga sobre el escritorio mientras Luigi la penetraba una y otra vez por ambos agujeros, esta vez un poco más violento. Las tetas de la senadora vibraban con cada violenta estocada y se vino por segunda vez; su ano estaba rojo y dilatado y su vagina palpitante, ardiente y mojada.

Ven, le dijo Luigi, ahora ayúdame a acabar a mí.

Lucía se puso de rodillas y Luigi se puso de pie delante de ella.

—¿Vas a eyacular sobre mí? —preguntó ella.

—¿Te molesta? —preguntó él.

—Es mi primera vez —dijo ella con una ternura casi juvenil.

Luigi puso el pene dentro de la boca de Lucía; ella ya le había tomado el ritmo. Sus manos estaban en los muslos de él mientras succionaba con ímpetu ese enorme pene, que nunca pudo entrar totalmente dentro de su boca. De pronto, Luigi saca el pene de la boca de Lucía y comienza a pajearse cerca de su cara y suelta una enorme cantidad de semen en su rostro y su boca. Ella se echó un poco hacia atrás por la fuerza de ese primer chorro, los ojos cerrados y la boca cerrada; sentía el líquido que al principio era tibio, pero se enfrió rápidamente, o quizás su rostro estaba tan caliente que cualquier cosa a temperatura ambiente era hielo para ella.

Parte de la frente, nariz y boca de la senadora estaba cubierta por un viscoso, blanquecino y semitransparente líquido; un buen pedazo colgaba de su barbilla.

—Pruébalo —le dijo Luigi.

Ella abrió la boca y sacó la lengua, echándose un poco dentro de su boca. Luigi tomó el que colgaba de su barbilla y lo puso dentro de la boca de la senadora. Ella le chupó los dedos; él, luego, puso su pene aún palpitante y con un hilito de semen en su cara, y la senadora, sin pensar, se lo echó a la boca, succionando hasta la última gota.

—¡Corte! —dije—. Perfecto, son unos profesionales —los felicitaba mientras me alejaba hacia mi escritorio, dejando a ambos jadeando. De reojo miré y ella besó apasionadamente a Luigi sin dejar de pajearlo.

Más tarde, antes de despedirse, la senadora me pidió algo nuevo para mí, que editara las fotos y la encuadernara como una revista; ella quería tener una revista porno impresa como las de antes, pero protagonizada por ella, guardada en su caja fuerte. Accedí.

No supe más de la senadora, bueno, casi; al tiempo, una de sus hijas fue una cliente mía, pero esa es otra historia. De vez en cuando la veía en televisión, con su típico discurso de moralidad y tirria. Aunque Luigi me contó que la senadora lo contactó y se vieron un par de veces más, y que al final sí tuvo una experiencia grupal con varios negros a la vez; pero no le cuenten a nadie, es un secreto.

Es raro, cada vez que vemos a un político, un deportista o famoso en la televisión, jamás los imaginamos haciendo cosas comunes; cagando, por ejemplo; como si fueran otra clase de seres, no humanos. Pero cada cual tiene su historia, secretos y deseos, como yo, o como tú.

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