José David Castillo Ortiz despertó en su habitación con el sol filtrándose a través de las cortinas estampadas con patrones de sakura inspirados en "Your Lie in April", uno de sus animes favoritos. El espacio era un santuario otaku puro: paredes cubiertas de pósters laminados de "Neon Genesis Evangelion" y "Attack on Titan", con figuras de arcilla hechas a mano de chicas anime como Asuka Langley en pose de batalla o Rem de "Re:Zero" posando con ternura demoníaca, alineadas en estantes de madera barata que él mismo había armado. No era muy gamer –solo un Nintendo Switch en el buró para "Animal Crossing" en días tranquilos–, pero su verdadera pasión eran los mangas: pilas de volúmenes de "One Piece" y "Berserk" en el piso,
junto a ediciones especiales de "Kimi no Na wa". En el cajón del buró, oculto bajo calcetines, su colección secreta de hentai: doujins impresos de "Fate/Stay Night" con escenas explícitas de Saber siendo dominada, o "High School DxD" con tetas exageradas y orgasmos eternos. Era su escape privado, un mundo donde la fantasía compensaba su timidez real.
Bostezó, frotándose los ojos verdes heredados de su padre ausente, y tomó su teléfono del cargador. Como ya era costumbre desde que conoció a María, había un video mañanero esperándolo. El corazón le latió fuerte al ver el thumbnail: ella bajo la ducha, tetas masivas brillando. Abrió el mensaje: “Mira, mi amor, todo esto es tuyo…”. Presionó play, y el video comenzó.
María estaba en la ducha abierta de su casa, agua caliente cayendo en cascada sobre su piel morena clara, resbalando por sus curvas perfectas. “Buenos días, José… esto es para ti”, ronroneó a la cámara, sus ojos azules grandes mirándolo directo. Empezó tocándose: manos resbalosas por sus tetas doble EE, amasándolas con fuerza, pellizcando los pezones grandes y rosados hasta que se endurecieron como guindas. “Mmm… estas son tuyas, amor… chúpalas en tu mente”. Bajó una mano por su cintura plana, al pubis depilado, separando los labios vaginales hinchados y rosados, mostrando el interior brillante de humedad. Usaba un control remoto para zoom: la cámara se acercó a su clítoris hinchado, que frotaba en círculos lentos, gimiendo suave. Bailaba bajo el agua, caderas moviéndose hipnóticas, nalgas redondas temblando con cada paso, el plug de corazón asomando entre ellas. “Todo mi cuerpo es tuyo… mi coño, mi culo… úsame cuando quieras”.
José sintió su verga endurecerse al instante bajo los bóxers, 16 cm latiendo contra la tela. Se bajó los pantalones de pijama, agarró su pene grueso y venoso con la mano derecha, masturbándose despacio mientras el video continuaba. María salió de la ducha, toalla al piso, se acostó en la cama con piernas abiertas como una estrella de mar, vagina rosada goteando. Sacó un dildo moldeado a su tamaño exacto –recto, rosado, con cabeza bulbosa–. “Mira, amor… aquí estás tú”. Lo chupó lento, lengua recorriendo la longitud, garganta profunda como si fuera real, saliva chorreando por su barbilla. “Te siento en mi boca… tan duro para mí”.
Luego lo posicionó en su entrada vaginal, empujando despacio: el dildo entró centímetro a centímetro, estirando sus labios hinchados, jugos salpicando. “Ahhh… José… entra en mí… fóllame”. Aceleró: mano bombeando rápido, el dildo saliendo y entrando con sonidos húmedos y obscenos, su coño chorreando en chorritos. Gritó su nombre: “¡José! ¡Sí, amor… más fuerte… me corro!”. Orgasmo violento: cuerpo arqueado, tetas rebotando, chorros de squirt salpicando la cámara, gritando “¡José David… eres mío!”.
José no aguantó: se masturbó furioso, mano arriba y abajo en su verga palpitante, imaginando que era él dentro de ella. Se acomodó de rodillas en la cama, teléfono en una mano, pene apuntando a las sábanas. Sintió el clímax subir: huevos tensos, cabeza hinchada, y eyaculó a chorros –semen espeso y caliente salpicando en arcos, manchando las sábanas con gotas pegajosas, gimiendo bajo para no alertar a su mamá. Se derrumbó jadeando, verga aún goteando, corazón a mil. María lo había cambiado: de virgen tímido a adicto a su cuerpo.
Se vistió rápido: jeans ajustados, playera de "Evangelion", mochila vieja. Bajó a la sala de su casa modesta en Tecámac –una vivienda de dos pisos tirando a pequeña, paredes blan