Nuestra mesa estaba en un extremo del salón, cerca de una puerta que daba a un corredor, así que era fácil para los que estábamos ahí, salir para ir al baño o hablar por teléfono, sin que lo notara toda la concurrencia, como en otras mesas.
Cogí con mi mano derecha todo el abultado sexo de la tía, mientras con la otra conducía muy lentamente. Introduje primero uno luego dos, hasta tres dedos en la caliente y chapoteante raja de la cuarentona.
Apoyé mis tetas encima de la mesa, y de vez en cuando me las acariciaba, se me pusieron los pezones erectos, tanto que se podian distinguir incluso con la camiseta. Él lo noto y empezo a ponerse nervioso asi que segui tocándome las tetas mas a menudo y con mas fuerza. Me levante, me acerque a la puerta y eché el pestillo.
Al subir al avión y cuando estaba junto a la puerta de entrada, observe como una azafata de piel morena con ojos verdes que nos estaba esperando para darnos la bienvenida, no dejaba de mirarme, al pasar junto a ella, su mano rozo distraídamente mi culo, no le di mayor importancia y procedí a sentarme, junto a la ventana que daba al ala izquierda.
Soy alta, no muy delgada, pelo negro sedoso, con buenos pechos, guapa y unas piernas largas, torneadas con hermosos muslos que rematan en un culo respingón, mi carne es dura, cuesta trabajo pellizcarme y mi chocho, oculto por una tupida mata de bello, me hace disfrutar con locura.
Todo comenzó estando yo en mi habitación, después del enfado de mi padre, solo tenia ganas de relajarme, así que ojeaba una revista de chicos gays y me masturbaba con total tranquilidad cuando oigo que mi padre se acercaba a mi cuarto, de repente y de un salto, me enfundo los slips, no sin antes guardar la revista en mi mesilla de noche.
Mientras me masturbo pensando en ti, que hermosas fotos las que me enviaste, ¿en realidad tu piel es así de suave y bronceada como parece? y ¿son tus ojos tan lindos?.... coqueto!... mentiroso!
Yo disfrutaba de veras con las historias que Linda me contó sobre cómo ella y Sarah se paraban en topless delante de su ventana del dormitorio y fingían que no veían a los tipos caminando por la acera, sólo un piso bajo su ventana.
Tras esta parada, todo parecía volver de nuevo a su cauce, los dos íbamos contentos, yo recompuse mi vestimenta, coloque una toalla en el asiento del coche, me senté sobre ella a fin de que la crema que no se hubiese absorbido no manchase el sillón, y tras habernos aseado con algo del agua que llevábamos en las botellas, seguimos viaje.
Ese día comencé a tratarlo mejor y nos hicimos amigos de inmediato, a media semana ya jugábamos cuando regresaba del trabajo, me gustaba verlo mover la cola cuando me veía llegar y se pone a lamerme cuando me agacho a acariciarlo.
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