Elena Vargas tenía dieciocho años recién cumplidos cuando pisó por primera vez el campus de la Universidad Complutense de Madrid. Era una joven de belleza serena y natural: cabello negro como la medianoche que le caía en ondas suaves hasta la mitad de la espalda, ojos verdes que brillaban con una curiosidad casi infantil, piel pálida y tersa como porcelana, y un cuerpo esbelto pero con curvas generosas que el uniforme universitario —vaqueros ajustados y blusas sencillas— no lograba ocultar del todo. Venía de un pueblo pequeño de Andalucía, donde la vida transcurría lenta entre olivares y siestas eternas. Su madre, viuda desde hacía años, la había criado con mano firme y sueños grandes: «Estudia, Elena, y conquista el mundo». La literatura era su pasión. Devoraba poemas de Bécquer y novelas de García Márquez con la misma hambre con la que otros devoraban redes sociales. En la universidad se sentía como un pájaro liberado: nerviosa, emocionada, lista para volar.
El profesor Carlos Mendoza, por su parte, era el polo opuesto visible. Sesenta años bien llevados, alto y de porte aristocrático, con el cabello plateado peinado hacia atrás con precisión militar y unos ojos azules que parecían leer el alma de quien se atrevía a mirarlos. Su rostro, marcado por líneas de expresión que contaban décadas de lecturas nocturnas y pérdidas, conservaba una masculinidad magnética: mandíbula fuerte, labios finos que se curvaban en sonrisas ir