El invierno había caído sobre la ciudad con una crueldad implacable, helando las calles y congelando los espíritus. Habían pasado seis meses desde la playa de Oaxaca. Seis meses desde que Valeria fue arrastrada de vuelta a su jaula de cristal, donde los barrotes, ahora, eran de un aburrido y opresivo platino. Su boda con Rodrigo se había anunciado a los cuatro vientos, una transacción corporativa disfrazada de romance de portada.

Y sin embargo, allí estaban de nuevo.

El escenario esta vez no era un paraíso tropical bañado por el sonido de las olas, sino la lúgubre habitación de un motel de carretera en las afueras, donde las luces de neón parpadeaban arrojando sombras enfermizas a través de las persianas rotas. Val