Capítulo 11: El Castillo de los Deseos Oscuros
El viaje al castillo de la baronesa Wilhelmina von Amsberg fue un descenso a otro mundo. Un conductor privado en una Mercedes-Benz negra nos recogió al amanecer en Berlín.
Henrik, mi mamá Perla y yo íbamos vestidos con ropa sencilla pero elegante, como indicaban las instrucciones: nada llamativo, nada que revelara nuestros roles antes de tiempo. El trayecto duró cinco horas, atravesando bosques densos y colinas nevadas de los Alpes austriacos. El silencio en el coche era tenso, cargado de anticipación y un miedo excitante.
—Recuerden las palabras de seguridad —dijo Henrik, rompiendo el silencio—. “Blau” para pausar, “Rot” para detener todo. Ella las respetará. Pero no las usen a menos que sea absolutamente necesario. Esto es lo más extremo que hemos hecho.
—Lo sabemos —dijo mi mamá, tomando mi mano—. Juntas, Luci. Como siempre.
Asentí, sintiendo el anillo de plata en mi dedo, el símbolo de nuestro trío. Me daba fuerza.
El castillo apareció al final de un camino privado, encaramado en un risco, una silueta gótica de torres y ventanas estrechas contra el cielo plomizo. Era imponente, antiguo, lúgubre. El coche cruzó un puente levadizo sobre un foso seco y entró a un patio interior empedrado. Un mayordomo anciano, vestido con librea, nos esperaba.
—La baronesa les recibirá en la sala del trono —dijo con un acento alemán formal—. Por favor, síganme.
Nos guio por pasillos de piedra fría, con tapices oscuros que representaban escenas mitológicas de dioses y ninfas. El aire olía a humedad, a cera de abejas y a algo más: incienso y un leve aroma a desinfectante. Finalmente, entramos a una sala enorme, con un techo abovedado. En un extremo, sobre una plataforma elevada, había un trono de madera tallada. Y en él, sentada, estaba la baronesa Wilhelmina.
Era una mujer alta, delgada, de tal vez sesenta y cinco años, pero con una postura recta y una presencia magnética. Su cabello blanco estaba recogido en un severo moño, su rostro anguloso y pálido, con ojos grises penetrantes. Vestía un vestido largo de terciopelo negro, con cuello alto, que le daba un aire de viuda victoriana. Sus manos, enguantadas de negro, descansaban sobre los brazos del trono. A su lado, de pie, había un hombre más joven, vestido con un traje de médico blanco impecable, con estetoscopio al cuello. El doctor.
—Henrik —dijo la baronesa, su voz grave, con un timbre musical pero frío—. Y estas deben ser Perla y Lucía. Bienvenidas a mi humilde morada.
Nos inclinamos ligeramente, como Henrik nos había instruido.
—Es un honor, baronesa —dijo Henrik.
—El honor es mío. He seguido su