La noche antes del viernes de enero, Diego apareció donde nunca antes se había atrevido a aparecer: en la puerta de la casa de Marta, sin avisar, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo como un chico que no sabe qué hacer con ellas.
La grieta se agrandó despacio, como agrandan las grietas de verdad: sin ruido, hasta que un día ya no se puede caminar sobre ellas.
Al principio fue solo un café. Diego lo dejaba servido en la cocina de servicio, todavía caliente, sin decir nada, como si fuera una casualidad que se repitiera con una precisión sospechosa. Marta se lo bebía de pie, mirando por la ventana, diciéndose que era simple cortesía de un hombre
El aguacero la agarró a media cuadra del edificio, con las bolsas del súper rompiéndose entre los dedos. Marta corrió los últimos metros con el pan bajo el brazo como si fuera un balón, empapada hasta los huesos, maldiciendo en voz baja el paraguas que se había dejado en la cocina de su madre
La víspera de su boda, la mansión era un sepulcro de mármol blanco. Valeria estaba de pie frente al inmenso ventanal de la suite nupcial, envuelta en un camisón de seda que se adhería a su piel como una segunda capa de hielo. Afuera, la luna llena bañaba los jardines impecables.
El invierno había caído sobre la ciudad con una crueldad implacable, helando las calles y congelando los espíritus. Habían pasado seis meses desde la playa de Oaxaca. Seis meses desde que Valeria fue arrastrada de vuelta a su jaula de cristal, donde los barrotes, ahora, eran de un aburrido.
El aire se había vuelto irrespirable. El calor tropical que la noche anterior había sido cómplice de sus caricias más íntimas, ahora se adhería a su piel como una mortaja. Valeria, temblando con una violencia que le nacía de los huesos, sentía el cuerpo de Mateo frente a ella.
La mañana amaneció con una calma engañosa. El mar, habitualmente embravecido en esa zona de la costa oaxaqueña, parecía haberse rendido a una quietud plateada bajo el sol abrasador. Sin embargo, dentro de la cabaña, el ambiente estaba cargado de una electricidad ominosa.
Huir no fue fácil, pero el pánico a una vida enjaulada es un motor mucho más potente que la prudencia. Con la ayuda silenciosa y cómplice de María, Valeria logró escabullirse por la puerta de servicio mientras las copas de cristal chocaban en el salón principal.
La luz del amanecer se filtró por las rendijas de la persiana, pintando líneas doradas sobre la piel desnuda de Valeria. Despertó despacio, desorientada por un instante, hasta que el peso del brazo de Mateo sobre su cintura y el roce de su respiración áspera en su nuca le devolvieron la memoria.