Capítulo 3
- El amor no entiende de clases I: El calor de lo mundano
- El amor no entiende de clases II: La tormenta y el refugio
- El amor no entiende de clases III: La jaula de cristal
La luz del amanecer se filtró por las rendijas de la persiana, pintando líneas doradas sobre la piel desnuda de Valeria. Despertó despacio, desorientada por un instante, hasta que el peso del brazo de Mateo sobre su cintura y el roce de su respiración áspera en su nuca le devolvieron la memoria. Una sonrisa perezosa asomó a sus labios. Aún sentía en su cuerpo el eco de la tormenta de la noche anterior: un leve y delicioso dolor en los muslos, la piel hipersensible y un calor profundo que irradiaba desde su centro.
Se giró con cuidado para mirarlo. Dormido, las duras facciones de Mateo se suavizaban, aunque la sombra de su barba le daba un aspecto salvaje que a Valeria le aceleró el pulso de nuevo. Con la yema del dedo, trazó la línea de su mandíbula. Él gruñó en sueños y la apegó más contra su pecho. Valeria cerró los ojos, embriagándose con su olor. Quería quedarse allí para siempre, escondida en ese pequeño apartamento de los barrios bajos donde, paradójicamente, se sentía más libre que en toda su vida.
Pero el reloj de la mesita marcaba las siete y media. El hechizo estaba a punto de romperse.
Cuando Valeria cruzó las imponentes rejas de hierro forjado de su casa familiar una hora más tarde, a bordo de un taxi que Mateo había insistido en pagar, la realidad la golpeó como un bloque de hielo. Llevaba su ropa de diseñador, aún ligeramente húmeda y arrugada por haber estado doblada sobre una silla, y una chaqueta que Mateo le había prestado para combatir el frío matutino.
La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral, pero no era el silencio pacífico del amanecer; era un silencio tenso, afilado.
Al abrir la enorme puerta de caoba del vestíbulo, los vio. Su padre, Arturo, un hombre que imponía terror en las juntas directivas del país, estaba de pie junto a la gran escalera de mármol. Vestía un traje impecable, sin una sola arruga, y sostenía un vaso de whisky de malta a pesar de la hora. A su lado, su madre, Leonor, se abrazaba a sí misma envuelta en una bata de seda, con los ojos inyectados en sangre y los labios apretados en una fina línea de desaprobación.
—¿Te parece que estas son horas de llegar, Valeria? —La voz de su padre resonó en el amplio salón. No había gritos, no había histeria. Solo una frialdad absoluta que cortaba la respiración.
Valeria tragó saliva, apretando los puños dentro de los bolsillos de la chaqueta de Mateo. El aroma a tabaco y cuero que desprendía la prenda le dio un valor inesperado.
—Hubo una tormenta terrible. El coche se detuvo en medio de una calle inundada. El motor se paró y…
—Sabemos dónde se detuvo el coche —la interrumpió Arturo, dando un paso al frente. Sus zapatos de suela de cuero resonaron como disparos—. Lo que la empresa de seguridad tardó un poco más en averiguar, gracias al rastreador de tu teléfono, fue a qué edificio entraste después. Y con quién.
El estómago de Valeria se desplomó. El pánico frío y paralizante comenzó a treparle por la garganta.
—Arturo, por Dios, mírale el aspecto —intervino su madre, acercándose con una mueca de asco, sus ojos fijos en la chaqueta masculina que le quedaba enorme a su hija—. Hueles a… a calle. A miseria. ¿Es que has perdido el juicio por completo? ¿Qué pensará Rodrigo y su familia si esto sale a la luz?
—Rodrigo no tiene nada que ver en esto —replicó Valeria, alzando la barbilla. Un fuego nuevo se encendió en su interior. Recordó las manos ásperas de Mateo, la forma en que la había adorado en la oscuridad, tratándola como a una diosa, no como a una moneda de cambio para fusionar empresas—. Y no voy a casarme con él.
El sonido de la bofetada fue seco y brutal.
Valeria giró el rostro, sintiendo el escozor inmediato en la mejilla, pero no derramó una sola lágrima. Miró a su padre, que respiraba agitadamente, con la mano aún en el aire.
—Te vas a casar con Rodrigo en primavera, tal y como está planeado —siseó Arturo, acercando su rostro al de ella—. Has estado jugando a la salvadora de los pobres en ese centro de mala muerte, y te lo permití porque era buena publicidad. Pero rebajarte a revolcarte con un obrero, con un don nadie que no tiene dónde caerse muerto… Eso es una mancha que esta familia no va a tolerar.
—No te atrevas a hablar así de él. Es más hombre y tiene más dignidad que todos los hipócritas de tu círculo de amigos —escupió Valeria. Las palabras salían de su boca impulsadas por una mezcla de rabia y de un amor reciente, pero indomable. Cada centímetro de su piel, que aún vibraba por las caricias de Mateo, rechazaba aquel entorno estéril y clasista.
Arturo dejó escapar una risa amarga y carente de humor. Retrocedió un paso, ajustándose los puños de la camisa.
—El romanticismo barato déjalo para las novelas, Valeria. Escúchame bien. Sé exactamente quién es Mateo Vargas. Sé dónde vive, dónde trabaja y cuáles son sus miserables ingresos. Si vuelves a acercarte a menos de un kilómetro de ese barrio, si intentas llamarlo o mandarle un mensaje, lo destruiré.
Las palabras cayeron sobre ella como una losa de cemento.
—No puedes hacer eso…
—¿Ah, no? Puedo hacer que lo despidan mañana mismo. Puedo asegurarme de que ningún contratista en esta ciudad, ni en todo el país, vuelva a darle trabajo. Puedo hacer que la policía encuentre sustancias ilícitas en ese agujero en el que vive y se pudra en la cárcel. ¿Crees que dudaré un segundo en aplastar a una cucaracha para proteger el prestigio de mi apellido?
Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Conocía el poder de su padre. Sabía que no era una amenaza vacía; Arturo era capaz de arruinar la vida de Mateo con una sola llamada telefónica, sin mancharse las manos, mientras se tomaba su café matutino.
—A partir de este momento, estás bajo vigilancia —sentenció su padre, dándose la vuelta para caminar hacia su despacho—. Tu teléfono queda confiscado. Los guardias de seguridad de la entrada tienen órdenes estrictas de no dejarte salir sin chófer y escolta. Esta noche cenamos con los padres de Rodrigo. Te sugiero que pases el día en el spa y te quites esa cara de ramera arrepentida.
Leonor la miró con una mezcla de lástima y desprecio antes de seguir a su marido.
—Sube a tu habitación, Valeria. Quema esa ropa. Apestas.
Valeria se quedó sola en el inmenso vestíbulo de mármol. El silencio volvió a caer sobre la casa, pesado y asfixiante. Subió las escaleras arrastrando los pies, como si caminara hacia el patíbulo. Al entrar en su habitación, inmensa, decorada en tonos pastel y llena de lujos vacíos, se dejó caer sobre la alfombra mullida.
Se abrazó a sí misma, hundiendo el rostro en el cuello de la chaqueta de Mateo, aspirando su aroma con desesperación mientras las primeras lágrimas resbalaban por sus mejillas. Estaba atrapada. Si intentaba verlo, lo destruiría. Si se quedaba, moriría lentamente en aquella jaula de cristal, atada a un hombre al que despreciaba.
Pasaron las horas. La tarde cayó lentamente sobre la ciudad. Encerrada en su cuarto, Valeria caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. El recuerdo de la noche anterior la atormentaba. Recordaba la fuerza de los brazos de Mateo alzándola, la pasión cruda en su mirada, el sudor brillando en su piel curtida y la forma en que su cuerpo enorme temblaba al perderse dentro de ella. Su propio cuerpo reaccionaba a los recuerdos; un latido profundo en el bajo vientre que le exigía volver a él, que la hacía rechazar con asco la sola idea de que Rodrigo o cualquier otro la tocara.
Se detuvo frente al ventanal de su habitación, que daba a los inmensos jardines amurallados. No podía permitir que arruinaran a Mateo. Pero tampoco iba a someterse.
Su mirada recayó entonces en un pequeño joyero antiguo sobre su tocador. Dentro guardaba las piezas más caras de su colección personal, regalos de su abuela que no estaban a nombre de la familia, piezas al portador, diamantes que en el mercado negro valían una fortuna. Era dinero suficiente para empezar de cero. En cualquier lugar. Lejos de la influencia de Arturo.
Una chispa de locura, impulsada por un deseo irrefrenable y un amor temerario, se encendió en los ojos de Valeria.
Si su padre controlaba la ciudad, el país… tendrían que salir del país. Esa misma noche.
Valeria comenzó a vaciar frenéticamente el joyero dentro de una pequeña mochila oscura. Sabía que la cena con la familia de Rodrigo era a las nueve. A las ocho y media, sus padres estarían en el salón principal, recibiendo a los invitados, bebiendo champán. Habría una ventana de diez minutos donde el personal de servicio estaría ocupado en la cocina y la seguridad relajaría la vigilancia de la puerta trasera del jardín, la que usaban los jardineros.
Solo necesitaba un teléfono. Un segundo para avisarle.
Miró hacia la puerta de su habitación. La criada de confianza, María, una mujer mayor que la había criado casi como una madre y que odiaba en secreto la frialdad de los señores de la casa, entraría pronto para traerle el vestido para la cena.
Iba a jugarse la vida a una sola carta. Iba a desafiar al imperio de su familia, a las clases sociales y a su propio destino por un hombre que conocía de apenas un verano, pero del que ya no podía, ni quería, separarse jamás.
La manija de la puerta giró con un leve crujido. Valeria ocultó la mochila bajo la cama y se irguió, alisándose la falda, con el corazón golpeándole las costillas a un ritmo frenético. El plan de escape estaba a punto de comenzar, y el fuego, lejos de apagarse bajo la bota de su padre, acababa de convertirse en un incendio incontrolable.