Capítulo 1
- Mi esposa y mi hija para mí… Y para mis amigos I
Capítulo 1: La Confesión de la Sangre
La obsesión comenzó como un susurro en la oscuridad de mi mente, un pensamiento que al principio me avergonzaba pero que, con el tiempo, se fue convirtiendo en una compañía constante, en un deseo que me corroía por dentro. Érica, mi esposa, siempre había sido una mujer deseable. De esos cuerpos que la naturaleza moldea con una mezcla de generosidad y maldad: tetas firmes que se sostenían sin necesidad de sostén, culo redondo y alto que se movía con un balanceo hipnótico, y una cintura que invitaba a rodearla con las manos. Durante años, la había disfrutado en privado, creyendo que eso era suficiente. Hasta que un día, en una fiesta, vi cómo la miraba un amigo mío, Javier. No era una mirada casual. Era una mirada que desnudaba, que poseía, que imaginaba. Y en lugar de molestarme, sentí una descarga eléctrica en el estómago. Mi verga se puso dura al instante, escondida en mis pantalones. Quería que él la cogiera. Quería verlo hacerlo.
Ese deseo se convirtió en un juego entre Érica y yo. Al principio fueron fantasías habladas en la oscuridad del dormitorio. «¿Y si Javier te cogiera?» le preguntaba, mientras mis dedos recorrían su cuerpo. Ella, al principio, se reía, incómoda. Pero con el tiempo, sus gemidos se volvían más agudos cuando mencionaba su nombre. Empezamos a ir más lejos. La convencí de que usara faldas más cortas, escotes más profundos, cuando salíamos con él. La observaba, viendo cómo los hombres la devoraban con los ojos, y en la noche, en casa, la cogía con una furia animal, reclamándola como mía, pero excitado por saber que otros la querían.
Luego vino el primer paso real. Una noche, después de demasiados whiskies, Javier la besó. Fue en nuestro sofá. Yo estaba allí, satinado en el sillón contiguo, y no hice nada. Solo miré. Vi cómo su boca se abría bajo la de él, cómo su lengua se enredaba con la suya, cómo su mano subía por su muslo. Me masturbé dentro de mis pantalones, sin siquiera tocarme, y me corrí en silencio, manchando mi ropa interior. Érica lo supo. Esa noche, cuando Javier se fue, me miró con una mezcla de vergüenza y excitación. «Te gustó, ¿verdad?» me preguntó. Asentí, sin poder hablar. «Quiero más», dijo ella. Y así empezó todo.
Durante meses, Érica se convirtió en mi puta personal compartida. Javier la cogía en nuestra cama, en la sala, a veces incluso en mi escritorio, mientras yo grababa todo con la cámara. Disfrutaba viendo cómo su cuerpo, que conocía tan bien, se entregaba a otro hombre, cómo gemía con una voz que no era para mí, cómo le pedía que la rompiera. Era mi obsesión, mi secreto sucio y delicioso.
Pero había otro secreto, más profundo, más prohibido. Camila, nuestra hija. Ya no era la niña que recordaba. A sus veintidós años, era el vivo retrato de su madre a esa edad, pero con algo más: una confianza sexual que parecía emanar de ella. Llevaba ropa ajustada que mostraba cada curva, se reía con una sensualidad natural, y sus miradas a veces se posaban en mí con una intensidad que me hacía bajar la vista. Empecé a fantasear con ella también. Soñaba que la ofrecía junto a Érica, que las veía juntas, que las cogía a las dos. Era un pensamiento tan oscuro que ni siquiera me atrevía a mencionarlo en mis juegos con Érica. Hasta que una noche, todo cambió.
Había sido una sesión particularmente intensa con Javier. Érica había llegado al orgasmo gritando, con Javier metiéndole el puño en la panocha mientras yo grababa de cerca, enfocando cómo sus labios vaginales se estiraban alrededor de su muñeca. Después, Javier se había corrido en su cara y se había ido. Érica, exhausta y cubierta de semen y sudor, se quedó dormida casi de inmediato. Yo, todavía excitado, me quedé en la sala, revisando las grabaciones en mi laptop. Los gemidos, los golpes de carne contra carne, la imagen de la panocha de mi esposa siendo abierta como nunca. Me desabroché los pantalones y comencé a masturbarme viendo el video.
No era la primera vez que lo hacía, pero esa noche la excitación era más aguda. En la pantalla, Érica gritaba: «¡Sí, Javier, ábreme! ¡Méteme todo el puño, hazme tu puta!». Su rostro estaba contraído en una mueca de éxtasis y dolor, sus tetas saltaban con cada embestida de Javier, quien, sudoroso, empujaba su mano más y más adentro. El sonido húmedo, obsceno, de su panocha siendo forzada a aceptar un puño completo llenaba mis audífonos. Con mi mano derecha, me masturbaba con furia, imaginando que era yo quien tenía a Érica así, pero también imaginando que era Camila quien estaba en su lugar. ¿Cómo se vería la panocha joven y rosada de mi hija estirándose alrededor de una muñeca? ¿Gemiría igual? La idea me hizo acelerar el ritmo, mis dedos apretando mi verga con fuerza, el pre-eyaculado manchando mi puño. Estaba tan concentrado que no escuché que alguien bajaba las escaleras.
«Papá.»
La voz me hizo saltar. Cerré la laptop de golpe y me subí la bragueta, sintiendo el calor de la vergüenza en mi rostro. Camila estaba parada en la entrada de la sala, envuelta en una bata de seda corta que apenas le cubría los muslos. Su cabello castaño estaba desordenado, y sus ojos, del mismo color avellana que los de Érica, me observaban con una calma inquietante.
«Camila, ¿qué haces despierta?» pregunté, tratando de que mi voz sonara normal.
«Iba por agua», dijo, pero no se movió. Sus ojos bajaron hacia mi regazo, donde la erección todavía era evidente a través del pantalón. Luego volvieron a mi rostro. «¿Qué estabas viendo?»
«Nada, solo unos videos de trabajo», mentí, sintiendo cómo el sudor frío me recorría la espalda.
Ella no dijo nada por un momento. Solo se acercó, lentamente, y se sentó en el sofá frente a mí. Su bata se abrió un poco, mostrando la parte superior de sus tetas, redondas y firmes. Mi verga, lejos de aflojarse, palpitó con más fuerza.
«Papá», dijo de nuevo, su voz baja pero clara. «No mientas. He escuchado. Por las noches. Los gemidos de mamá. Los golpes. Y una vez… una vez dejaste tu laptop abierta en la cocina. Vi un video.»
El corazón se me detuvo. «¿Qué video?» pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
«El de mamá con Javier. En donde él le está metiendo… la mano entera. Y tú estás grabando.» No había reproche en su voz. Solo curiosidad. Una curiosidad cargada de algo más. «Me quedé mirando. No pude apartar la vista. Me excitó tanto que tuve que ir a mi cuarto y tocarme hasta venirme.»
Sus palabras me impactaron como un puñetazo en el estómago. No solo lo había visto, sino que se había excitado. La vergüenza inicial se transformó en una oleada de lujuria tan intensa que me dejó sin aliento.
«Camila, eso no es… no deberías haber visto eso», dije, débilmente.
«¿Por qué no?» preguntó, inclinándose hacia adelante. El escote de su bata se abrió aún más, y pude ver el comienzo de sus pezones oscuros, endurecidos por el frío de la noche o por la excitación. «Mamá parece… disfrutarlo mucho. Grita como una perra en celo. Nunca la había escuchado así.»
«Es… es algo entre tu mamá y yo», traté de explicar, pero las palabras sonaban huecas.
«Y Javier», añadió ella. «Es algo entre ustedes tres. Y a ti te gusta verlo, ¿verdad? Te excita ver cómo otro hombre se coge a tu mujer.»
No podía negarlo. Mi silencio fue la confirmación.
Camila se levantó y caminó hasta pararse frente a mí. Su bata estaba suelta, y con el movimiento, una pierna quedó completamente expuesta, desde el muslo hasta el pie descalzo. Tenía los pies pequeños, arqueados, con uñas pintadas de rojo. Nunca les había prestado atención antes, pero en ese momento, me parecieron obscenamente sensuales. Los dedos, ligeramente separados, la curva suave del empeine, el talón redondeado. Todo en ella gritaba juventud y deseabilidad.
«Papá», susurró, bajando la vista hacia mi bragueta abultada. «Yo también quiero.»
«¿Qué?» pregunté, creyendo haber entendido mal.
«Quiero lo que tiene mamá. Quiero gritar así. Quiero que me cojan así. Pero…» Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz temblaba ligeramente, no de miedo, sino de deseo. «Quiero que sea contigo primero. Quiero tu verga antes que la de ningún otro. Quiero que seas tú quien me abra.»
El aire se espesó alrededor nuestro. Podía oler su perfume, una fragancia dulce y juvenil, mezclado con el aroma cálido de su piel. Podía ver el brillo de excitación en sus ojos, la manera en que su pecho se elevaba con cada respiración acelerada. Mi hija, de veintidós años, estaba pidiéndome que la cogiera. Y yo, en lugar de horrorizarme, sentí que todo mi cuerpo respondía con una urgencia animal. Mi verga palpitó, exigiendo liberación.
«Camila, eso es… no podemos», forcejeé, pero mi mirada no se despegaba de sus labios, ligeramente entreabiertos, húmedos.
«¿Por qué no?» insistió, desafiante. «Mamá disfruta que la compartas. ¿Por qué yo no puedo disfrutarlo también? Somos tu familia, papá. Tu mujer y tu hija. ¿No quieres tenernos a las dos? ¿No te excita la idea de ser el único hombre que nos ha tenido a las dos, y luego… ver cómo otros nos tienen también?»
Sus palabras encendieron algo primitivo en mí. La idea de poseer a ambas, de ser el centro de su lujuria, de verlas entregarse no solo a otros, sino primero a mí, me volvió loco. Sin pensarlo, extendí la mano y la tomé de la muñeca. Su piel era suave, cálida. La jalé hacia mí, y ella cayó de rodillas entre mis piernas, su rostro a la altura de mi bragueta.
«¿De verdad quieres esto?» pregunté, mi voz ronca por el deseo. «¿De verdad quieres que tu padre te coja como a una puta?»
«Lo quiero más que a nada», respondió, y sin esperar más, sus manos se abalanzaron sobre mi bragueta. Con dedos ágiles, desabrochó mi pantalón y lo bajó, junto con mi ropa interior. Mi verga saltó libre, erecta, imponente, el glande ya húmedo y brillante con pre-eyaculación.
Camila la miró con ojos hambrientos. «Es más grande de lo que imaginaba», murmuró, y luego, sin ceremonias, abrió la boca y se la tragó entera.
El calor de su boca me hizo arquear la espalda. Sus labios se cerraron alrededor de mi base, su nariz enterrada en mi vello púbico. Comenzó a mover la cabeza hacia adelante y hacia atrás, con una habilidad natural que me sorprendió. Su lengua jugueteaba con el frenillo, lamía la corona, exploraba cada centímetro. Gemí, mis manos se aferraron a su cabello, guiando su ritmo.
«Chúpala, hija», le ordené, usando la palabra que marcaba el tabú, que hacía esto aún más excitante. «Chúpale la verga a tu padre. Siente cómo te llena la boca.»
Ella obedeció con entusiasmo, aumentando la velocidad, haciendo sonidos húmedos y obscenos que llenaron la sala silenciosa. La saliva le corría por las comisuras de los labios, goteando sobre mis testículos. Luego, con una mano, tomó mis huevos, que estaban tensos y pesados. Los levantó suavemente, exponiéndolos, y luego inclinó la cabeza para lamerlos. Su lengua, caliente y húmeda, recorrió cada uno, los chupó, los metió en su boca. La sensación era indescriptible: el placer físico mezclado con la conciencia de que era mi hija quien lo hacía.
«Tus huevos saben a hombre, papá», dijo entre lamidas, su voz ahogada por mi carne. «Grandes, pesados… llenos de leche para mí. Quiero más. Quiero que me des todo.»
Estaba a punto de estallar cuando escuchamos un ruido arriba. Camila se detuvo, y ambos miramos hacia las escaleras. No había nadie. Pero el momento se había roto.
«Tu mamá podría despertarse», dije, jadeando.
Camila se levantó, sus labios brillantes con mi saliva. «Entonces tenemos que ser rápidos. O… podemos ir a otro lugar.»
En ese momento, una voz nos hizo saltar a ambos.
«¿Rápidos con qué?»
Érica estaba parada en la entrada de la sala, apoyada contra el marco de la puerta. No llevaba nada más que una camiseta corta que le llegaba a mitad del muslo. Su cabello estaba revuelto, y sus ojos, aunque somnolientos, brillaban con una comprensión inmediata. Miró a Camila, arrodillada entre mis piernas, con mi verga todavía expuesta y brillante. Miró mi rostro, lleno de pánico y excitación. Y sonrió. No era una sonrisa de enojo, sino de complicidad, de satisfacción perversa.
«Parece que me perdí el comienzo de la fiesta», dijo, caminando lentamente hacia nosotros. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre la alfombra. Se detuvo justo al lado de Camila, su mirada bajando hacia mi verga, luego hacia la boca húmeda de nuestra hija. «¿Ya empezaron sin mí?»
«Mamá, yo…», comenzó Camila, levantándose, pero Érica la interrumpió con un gesto de la mano.
«Cállate, hijita. Ya vi. Y no estoy enojada.» Se agachó, poniéndose a la altura de Camila, y con un dedo, recogió un hilo de saliva que colgaba del labio de nuestra hija. Se lo llevó a la boca y lo chupó. «Al contrario. Me parece… interesante. ¿Cuánto tiempo llevan en esto?»
«Acaba de empezar», dije, mi voz aún temblorosa. «Camila… me dijo que quería.»
«Claro que quiere», dijo Érica, acariciando el cabello de nuestra hija con una mano mientras con la otra me acariciaba el muslo. «Es mi hija, después de todo. Tiene la misma sangre caliente. La misma panocha hambrienta de su madre.» Su mirada se volvió hacia mí, penetrante. «¿Y qué querías, Roberto? ¿Cogértela aquí mismo, en el sofá, como si fuera una puta cualquiera? ¿O tenías algo más… elaborado en mente?»
«Yo… no sé», admití, pero mi verga, todavía dura y palpitante, delataba mi verdadero deseo.
Érica se arrodilló completamente, colocándose entre Camila y yo. Su presencia era electrizante. «Mira, hijita», dijo, tomando la mano de Camila y colocándola sobre mi verga. «Tu padre tiene un gusto particular. Le gusta ver. Le gusta que exhibamos. Le gusta que seamos putas, pero putas que le pertenecen. ¿Estás segura de que quieres entrar en este juego? Porque una vez que empieces, no hay vuelta atrás. Vas a querer más y más. Vergas más grandes, más hombres, cosas más fuertes. ¿Estás lista para eso?»
Camila asintió, sus ojos llenos de determinación, sin apartar la mano de mi carne. «Lo quiero. Quiero todo. Lo que tú tienes con Javier. Y… quiero empezar con papá.»
Érica sonrió, un gesto lento y sensual. «Bien. Entonces, si va a ser de la familia, que sea completo.» Se volvió hacia mí. «Roberto, siéntate cómodamente en el sofá. Hoy no solo vas a recibir un oral. Hoy vamos a iniciar a tu hija de la manera adecuada. Con todos los rituales.»
Yo, obediente, me acomodé en el sofá, apoyando la espalda contra los cojines. Érica tomó a Camila de la mano y la hizo sentarse en el suelo, frente a mí. Luego, ella misma se sentó a mi lado, muy cerca, su calor corporal mezclándose con el mío. Su muslo rozaba el mío, y podía sentir la humedad de su excitación a través de la delgada tela de su camiseta.
«Primero, los pies», dijo Érica, como si estuviera dictando un ritual sagrado y perverso. «A tu padre le gustan los pies. Y a mí también me excita que los toquen. Es algo que compartimos. Camila, estírate y pon tus pies en el regazo de tu padre.»
Camila, con una mirada de curiosidad y sumisión, hizo lo que le decían. Se recostó sobre la alfombra mullida y levantó las piernas, colocando sus pies descalzos, con las uñas rojas perfectamente pintadas, sobre mis muslos. Eran pies pequeños, perfectos, con el arco pronunciado, la piel suave como seda. Sin que me lo ordenaran, extendí las manos y los tomé. La planta era lisa, ligeramente callosa en el talón, pero en general, suaves como las de una mujer que nunca había usado tacones incómodos por mucho tiempo. Empecé a masajear la planta, aplicando presión con mis pulgares, sintiendo cómo los músculos se relajaban bajo mis dedos. Un gemido suave escapó de los labios de Camila.
«Ahora, Camila», continuó Érica, su voz un susurro cargado de lujuria, «quiero que tomes el pie izquierdo de tu padre y se lo chupes. Lentamente. Como si fuera una verga. Saboréalo. Lame entre los dedos.»
Camila se incorporó sobre sus codos y, sin dudar, tomó mi pie izquierdo, que yo había descalzado sin darme cuenta. Lo llevó a su boca y comenzó a chupar los dedos, uno por uno. Su lengua, caliente y hábil, se enrollaba alrededor de cada dedo, los lamía desde la base hasta la punta, los succionaba con fuerza. La vista era surrealista: mi hija, chupándome los dedos del pie con una devoción sexual, mientras yo masajeaba sus pies. El tabú se rompía en mil pedazos, y cada uno me excitaba más. Sentía su saliva caliente en mi piel, la presión de su boca, y cada lamida enviaba escalofríos directamente a mi verga.
«Bien», murmuró Érica, que observaba todo con ojos brillantes, su mano acariciando mi pierna. «Ahora yo.» Se inclinó y tomó el pie derecho de Camila, el que yo no estaba masajeando. «Mira, Roberto. Mira cómo chupo los pies de nuestra hija. Mira cómo se humedece mi boca por ella.»
Y lo hizo. Érica llevó el pie de Camila a su boca y comenzó a lamer la planta, desde el talón hasta los dedos, con largas lengüetadas lentas y deliberadas. Luego se metió los dedos del pie de Camila en la boca, chupándolos con un sonido húmedo y obsceno, sus mejillas hundiéndose con la succión. Camila gimió, su boca todavía ocupada con mis dedos del pie. Su cuerpo se estremeció de placer, sus caderas se arqueaban involuntariamente, frotando su panocha contra el aire.
«¿Ves, hijita?», dijo Érica entre lamidas, soltando el pie por un momento, su barbilla brillante de saliva. «Los pies pueden dar tanto placer como una verga. Tu padre lo sabe. Y a partir de ahora, tú también lo sabrás. Tus pies van a ser adorados. Y también vas a adorar los pies de los hombres que te cojan. Es parte del juego.»
Luego, Érica hizo algo que me tomó por sorpresa. Tomó mi otro pie, el derecho, y lo colocó sobre su rostro, frotando la planta contra su mejilla, luego contra sus labios. «Huele, Roberto. Huele a tu hija y a mí. A nuestro deseo.» Inclinó la cabeza y comenzó a lamer también mi pie, mientras yo continuaba masajeando el de Camila. Era un triángulo perverso de pies y saliva, un intercambio de fluidos y sumisión que calentaba la habitación. El olor a piel limpia, saliva y excitación llenaba el aire.
Después de varios minutos de este ritual, Érica soltó nuestros pies. «Basta con los pies por ahora. Es hora de pasar a cosas más… sustanciales. Camila, acuéstate en la alfombra. Boca arriba. Y abre las piernas. Quiero que tu padre vea bien lo que va a poseer.»
Camila, jadeando, obedeció. Se recostó completamente sobre la suave alfombra, sus brazos extendidos a los lados, sus piernas se abrieron en una V amplia, revelando que debajo de la bata no llevaba nada. Su panocha estaba expuesta en toda su gloria: los labios menores, rosados e hinchados por la excitación, asomaban entre los mayores, que estaban húmedos y brillantes. Un pequeño rizo de vello púbico castaño, bien recortado en forma de pista de aterrizaje, decoraba su monte de Venus. Era joven, virginal en apariencia, pero ansiosa por ser corrompida. El clítoris, del tamaño de un frijol, palpitaba visiblemente.
Érica se arrodilló entre las piernas de Camila. «Roberto, ven aquí. Arrodíllate a mi lado. Quiero que veas de cerca cómo está tu hija. Que huelas su excitación.»
Me acerqué, arrodillándome al lado de Érica. El aroma de la excitación de Camila era dulce y acre, un perfume único de juventud y lujuria que llenaba mis fosas nasales. Mi verga, que nunca se había ablandado, palpitó con fuerza, goteando líquido pre-eyaculatorio sobre la alfombra.
«Con tu permiso, hijita», dijo Érica, y sin esperar respuesta, inclinó la cabeza y hundió la lengua en la panocha de Camila.
Camila gritó, un sonido agudo de sorpresa y placer que resonó en la sala. Sus manos se aferraron al cabello de su madre, empujándola más contra ella. Érica lamió, chupó, exploró con una habilidad que demostraba años de experiencia no solo recibiendo, sino dando. Su lengua recorría los labios, se enfocaba en el clítoris, luego se hundía en la apertura vaginal, saboreando los jugos que ya fluían libremente. Yo observaba, hipnotizado, cómo la lengua de mi esposa penetraba a mi hija, cómo los labios de Camila se abrían más, brillantes con los fluidos, cómo su cuerpo se retorcía en la alfombra.
«¿Quieres saber a qué sabe?», dijo Érica, levantando la cabeza por un momento, su barbilla y labios brillantes con los jugos de nuestra hija. «Dulce. Joven. Pura. Pero no por mucho tiempo.» Luego me miró, sus ojos oscuros por el deseo. «Tu turno, Roberto. Quiero que la chupes también. Quiero que pruebes el sabor de tu hija. Que te empapes de ella.»
No necesité que me lo dijeran dos veces. Me incliné y reemplacé la boca de Érica con la mía. El sabor era intenso, único, un cóctel de salado y dulce que me enloqueció. Era diferente al de Érica, más suave, menos ácido. Lamí su clítoris, que ya estaba duro como un pequeño guisante, y ella se estremeció, gimiendo mi nombre. «Papá, sí, ahí… no pares… por favor…»
Chupé sus labios, metí la lengua dentro de su vagina, saboreando cada gota de su excitación. Era el acto más prohibido, y, sin embargo, sentía que era lo más natural del mundo. Érica observaba, acariciando los muslos de Camila, sus propios dedos empapados de la humedad de su hija, llevándoselos a la boca para chuparlos.
«Bien», dijo Érica después de un rato, su voz ronca. «Ahora, Camila, siéntate. Es hora de que devuelvas el favor. Quiero que me chupes a mí. Quiero que aprendas cómo se hace, para cuando tengas que chuparle la panocha a otras mujeres… o los huevos de los hombres.»
Camila, temblorosa pero ansiosa, se incorporó. Érica se recostó en la alfombra, en la posición que Camila había ocupado, abriendo sus propias piernas. Su panocha, a diferencia de la de Camila, estaba más desarrollada, los labios más carnosos y oscurecidos por años de uso, pero igual de húmeda y deseable. El vello estaba recortado igual, pero más abundante. El olor era más maduro, más penetrante.
«Chúpame, hija», ordenó Érica, separando sus labios con los dedos para exponer completamente su clítoris hinchado y su entrada brillante. «Aprende cómo se hace. Usa tu lengua como te gusta que la usen en ti.»
Camila, sin vacilar, se colocó entre las piernas de su madre y enterró su rostro en su sexo. Al principio fue torpe, pero Érica la guió con sus manos en su cabeza, murmurando instrucciones. «Así, lame el clítoris… más suave, circular… ahora mete la lengua adentro, más hondo…» Los gemidos de Érica se mezclaron con los sonidos húmedos de la lengua de Camila explorándola. Vi cómo la cara de mi hija se empapaba de los jugos de su madre, cómo su nariz se hundía en el vello púbico. Era una imagen de corrupción absoluta.
Yo observaba, masturbándome lentamente con una mano, mi mirada alternando entre la boca de mi hija en la panocha de mi esposa y el rostro de Érica, contraído de placer. Mi otra mano acariciaba los pechos de Camila a través de la bata, sintiendo sus pezones duros como piedras.
Después de unos minutos, Érica empujó suavemente a Camila. «Suficiente. Buen trabajo, hijita. Ahora, la parte principal. Roberto, acuéstate en la alfombra. Quiero que tu hija te monte. Quiero ver cómo te la coges por primera vez.»
Yo me recosté, mi espalda contra la alfombra suave. Mi verga se alzaba hacia el techo, dura y palpitante, el glande morado y brillante, una gota de líquido colgando de la punta.
Érica ayudó a Camila a colocarse encima de mí, a horcajadas. «Despacio, hijita. No te apures. Guíala con tu mano. Es grande, pero tú puedes tomarla. Estás muy mojada.»
Camila, con los ojos fijos en los míos, tomó mi verga con una mano, apretándola suavemente, y posicionó la punta en su entrada. Estaba tan húmeda que resbaló fácilmente contra sus labios. Luego, bajó su cuerpo, tomando mi longitud centímetro a centímetro.
El calor y la estrechez fueron abrumadores. Era más apretada que Érica, virginal en su elasticidad, pero ansiosa por ser llenada. Sentí cómo sus músculos vaginales se estiraban para acomodarme, cómo me envolvía en un abrazo cálido y húmedo. Un gemido largo y tembloroso escapó de sus labios mientras se hundía hasta el fondo, mis huesos púbicos presionando contra su clítoris.
«¿Duele?» pregunté, conteniendo el deseo animal de embestir, de clavarme hasta el fondo de una vez.
«Sí… pero está rico», jadeó ella, sus manos apoyadas en mi pecho. «Es como… como si siempre hubiera pertenecido ahí. No pares, papá. Muévete. Por favor.»
Empecé a mover las caderas, empujando hacia arriba mientras ella se balanceaba arriba. El sonido de nuestras carnes chocando, húmedo y obsceno, se unió a nuestros jadeos. Érica se había colocado a un lado, acariciando los pechos de Camila a través de la bata, luego metiendo las manos por dentro para pellizcar sus pezones duros directamente.
«¿Ves, Roberto?», dijo Érica, su voz cargada de lujuria, sus dedos retorciendo los pezones de Camila. «¿Ves qué panocha más apretada y rosadita te estás cogiendo? Es tu hija, y te pertenece. Es tu sangre. Cógela como la puta que quiere ser. Más duro.»
Sus palabras me enloquecieron. Agarré a Camila por las caderas, mis dedos hundiéndose en su carne suave, y comencé a empujar con más fuerza, más rápido, levantándola y dejándola caer sobre mi verga. Ella gritó, pero no de dolor, de éxtasis. Sus uñas se clavaron en mi pecho, dejando marcas rojas.
«¡Sí, papá, así! ¡Métemela toda! ¡Rompe mi panocha! ¡Hazme tu puta!» gritaba, su voz entrecortada por los embates, su cabello cayendo sobre su rostro enmarcado en éxtasis.
Érica, no contenta con solo mirar y tocar, se inclinó y comenzó a chupar mis huevos mientras yo cogía a nuestra hija. La sensación de su boca caliente y húmeda en mis testículos, succionándolos, lamiéndolos, combinada con la vagina apretada y palpitante de Camila, me llevó al borde rápidamente. Además, Érica usó su pie libre para acariciar el rostro de Camila, metiendo los dedos del pie en su boca. Camila los chupó obedientemente, ahogando sus gemidos.
«Voy a venirme», gemí, sintiendo la tensión acumulándose en mi base, una bola de fuego listo para estallar.
«Adentro», ordenó Érica, sin soltar mis huevos, su voz firme. «Córrete adentro de tu hija. Marcala como tuya. Llénala de tu leche. Quiero ver cómo gotea después.»
No pude resistir. Con un gruñido animal, exploté, disparando chorros de semen caliente en lo más profundo de Camila. Sentí cómo mi verga pulsaba dentro de ella, cómo cada eyección llenaba su matriz joven. Ella gritó, su cuerpo convulsionando con su propio orgasmo, sus músculos vaginales apretándome en espasmos rítmicos, extrayendo hasta la última gota de mí.
Nos quedamos así por un momento, jadeando, pegados por el sudor y los fluidos, el olor a sexo y semen llenando el aire. Luego, Camila se desplomó sobre mi pecho, su aliento caliente en mi cuello, su cuerpo tembloroso.
Érica se sentó, mirándonos con una sonrisa satisfecha, limpiándose la boca con el dorso de la mano. «Bienvenida al juego, hijita. Tu iniciación está completa.»
Camila levantó la cabeza, sus ojos brillantes, vidriosos por el placer. «Eso fue… increíble. Me duele todo, pero… quiero más. Quiero lo que tú tienes, mamá. Quiero a Javier. Quiero que me coja como te coje a ti. Quiero que me abra con sus manos, que me llene de su semen… y quiero que papá lo vea todo.»
Érica me miró, y en sus ojos vi el mismo brillo de excitación perversa que debía haber en los míos. «¿Escuchaste, Roberto? Nuestra hija tiene hambre. Y Javier tiene un apetito aún mayor. Le va a encantar probar carne nueva… y joven.»
Camila se incorporó lentamente, mi semen comenzando a gotear por sus muslos, creando hilos blancos y pegajosos sobre su piel. Algunas gotas caían en sus pies. Se inclinó y me susurró al oído, su voz llena de promesa y peligro, caliente y húmeda: «Y cuando él me coja, papá, quiero que estés ahí. Grabando. Quiero que veas cómo otro hombre le hace a tu hija lo que le hace a tu mujer. Quiero que veas cómo me mete su verga por el culo, cómo me escupe en la boca, cómo me usa. ¿Lo harás? ¿Serás mi buen papá y me prestarás para que otros me rompan?»
Antes de que pudiera responder, Érica intervino, colocando una mano sobre el hombro de Camila. «Claro que lo hará. Y yo te ayudaré. Te voy a enseñar todo lo que sé. Cómo tomar una verga en la garganta sin ahogarse. Cómo relajar el culo para que entre un puño. Cómo pedir más, aunque ya no puedas caminar.» Luego, tomó el pie de Camila, todavía húmedo por las lamidas anteriores y el semen que le escurrió, y lo presionó contra mi boca. «Pero primero, Roberto, limpia el pie de tu hija. Saca tu propio semen de entre sus dedos. Es tu deber como padre.»
Obedeciendo, extendí la lengua y lamí los dedos del pie de Camila, saboreando la mezcla de sudor, saliva y mi propio semen que se había acumulado allí. Era un acto de sumisión, de aceptación de mi nuevo rol: el patriarca que poseía, pero que también servía, que se revolcaba en los restos del placer que él mismo había orquestado.
Camila gimió de placer al verlo, arqueando la espalda. «Eres un buen padre, papá. Un padre que cuida de su hija… y la comparte. Y vas a ser un espectador aún mejor. No puedo esperar a ver tu cara cuando Javier me esté penetrando y te diga que me está cogiendo mejor que tú.»
Érica se levantó y extendió una mano para ayudar a Camila a levantarse. «Bañémonos, hijita. Vamos a limpiarnos, pero solo por fuera. Por dentro, quiero que guardes el semen de tu padre hasta mañana. Es un recordatorio.» Ayudó a Camila a ponerse de pie, y nuestra hija se tambaleó ligeramente, sus piernas débiles. Un hilillo blanco cayó de su panocha a la alfombra.
Las vi alejarse, subiendo las escaleras juntas, sus cuerpos desnudos o semidesnudos brillando a la tenue luz de la lámpara. Érica tenía un brazo alrededor de la cintura de Camila, susurrándole cosas al oído que no podía escuchar, pero que hacían reír a Camila con una risa baja y sensual. En la puerta del pasillo, Érica se volvió y me lanzó una última mirada. «Nos vemos arriba, Roberto. Tómate tu tiempo. Pero mañana… mañana llamo a Javier. Y le digo que tenemos un nuevo juguete para él. Uno que está ansioso por ser estrenado por una verga que no es la de su papi.»
Desaparecieron en el piso de arriba. Yo me quedé en la alfombra, mi verga ya flácida y sensible, pero mi mente en llamas. El olor a sexo, a semen, a los pies de mi hija, impregnaba el aire. Había cruzado la línea más prohibida. Había cogido a mi hija. La había llenado de mi semen. Y ella no solo lo aceptó, lo exigió. Y ahora quería más. Quería a Javier. Quería ser exhibida, usada, humillada… y quería que yo lo viera todo.
Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas. Sentía una mezcla de culpa y una excitación tan profunda que temblaba. Me llevé los dedos a la nariz, oliendo el aroma combinado de Érica, Camila y yo mismo. Sonreí, una sonrisa torcida y lujuriosa.
El juego había cambiado para siempre. Ya no era solo mi esposa y yo, con Javier como invitado. Ahora era mi familia completa. Mi esposa y mi hija, ambas putas bajo mi dirección, ambas ansiosas por ser corrompidas más y más. Y yo, en el fondo, no podía esperar a ver qué pasaría después. No podía esperar a ver la expresión de Javier cuando viera a Camila. No podía esperar a grabar cómo le abría la panocha a mi hija con sus dedos, luego con su verga, y quizás, eventualmente, con su puño.
Me levanté con dificultad, recogí mi ropa y apagué las luces de la sala. Al subir las escaleras, podía escuchar el sonido del agua corriendo en el baño principal, y risas ahogadas, íntimas. Me detuve en el rellano, mirando hacia la puerta entreabierta del baño. A través de la rendija, vi sombras moviéndose, dos cuerpos femeninos enjabonándose bajo el chorro de agua. Oí la voz de Érica: «… así, hijita, lava bien entre tus labios, pero no por dentro. Deja que el semen de tu padre se quede ahí un rato más…»
Cerré los ojos, apoyándome contra la pared, otra erección comenzando a formarse. Mañana. Todo comenzaría de verdad mañana.
…………………. Continúa en capítulo 2 ……………………….