Habían pasado unos días desde aquella noche peligrosa en mi propia casa. Carla y yo estábamos completamente adictos el uno al otro. Esa mañana me escribió que tenía cita con el ginecólogo por una molestia leve y me pidió que la acompañara porque “no quería ir sola”. Ana estaba trabajando, así que era la excusa perfecta.
Antes de ir por ella, pasé por una tienda de artículos íntimos y compré un vibrador de control remoto por Bluetooth, de los que se ponen dentro de la concha y se manejan desde el celular. Era pequeño, en forma de huevo, pero potente. Lo envolví bonito y le puse una nota anónima: “Para que pienses en mí todo el día. Te va a gustar… mucho.”
Llegué a su casa. Carla salió con un vestido negro cortísimo, de esos que apenas le cubren los muslos. Se le marcaba el culo redondo y pesado, y al caminar se le subía peligrosamente. Traía tacones y el escote dejaba ver el nacimiento de sus tetas grandes.
—Qué rico te ves, cuñada —le dije apenas subió al carro, pasando mi mano por su muslo.
—Compórtate, cabrón —respondió sonriendo, pero abrió un poco las piernas.
Le entregué el regalo “anónimo” cuando íbamos en camino.
—Alguien dejó esto en tu puerta —mentí.
Carla abrió la caja, sacó el vibrador y leyó la nota. Me miró de reojo con una sonrisa perversa.
—Hijo de puta… sé que fuiste tú —dijo riendo—. Eres un enfermo.
—¿Lo vas a usar? —pregunté, ya con la app abierta en mi celular.
—Solo si prometes no matarme de la vergüenza —respondió mordiéndose el labio.
Llegamos a una plaza grande que estaba cerca del consultorio. Había mucha gente: familias, parejas, vendedores. Estacioné y le dije:
—Póntelo aquí.
Carla miró alrededor nerviosa, pero la excitación le ganó. Se recostó un poco en el asiento, se quitó la tanga y se introdujo lentamente el huevo vibrador. Soltó un gemidito cuando entró completo.
—Está frío… —susurró.
Activé la app en nivel bajo. Carla dio un brinco y apretó los muslos.
—Ay, cabrón… ya empezó —jadeó.
Caminamos por la plaza. Yo con las manos en los bolsillos controlando el celular. Subí la intensidad a media. Carla caminaba más lento, apretando los dientes.
—Estás loco… hay gente —susurró, agarrándose de mi brazo.
—Camina normal, cuñada. Nadie tiene que saber que tienes la concha vibrando —le dije al oído.
El vestido se le subía con el viento y yo podía imaginar cómo el vibrador le estimulaba el punto G. De vez en cuando subía y bajaba la intensidad. En un momento la puse en máximo. Carla se detuvo de golpe, fingiendo que veía un celular, pero sus piernas temblaban.
—Papi… me voy a correr si sigues así —gimió bajito, con la cara roja.
—Todavía no. Aguanta —le ordené, bajando la intensidad.
Llegamos al consultorio. En la sala de espera había unas 8 personas. Nos sentamos. Activé el vibrador en modo intermitente. Carla cruzó las piernas fuerte y agarró mi mano, clavándome las uñas.
—Estás muy mojada, ¿verdad? —le susurré.
—Estoy empapada… me escurre por los muslos —respondió con voz entrecortada.
La doctora la llamó. Carla me miró suplicante.
—Ven conmigo… por favor.
Entramos a la consulta. La doctora, una mujer de unos 45 años, muy profesional, le pidió que se sentara en la camilla.
—¿Qué te trae por aquí, Carla? —preguntó mientras revisaba su historial.
Carla intentaba hablar normal, pero yo tenía el vibrador en nivel 3. Sus mejillas estaban rojas y respiraba más rápido.
—Tengo… ah… unas molestias… leves —dijo, apretando los dientes cuando subí la intensidad.
La doctora le pidió que se recostara y se quitara la ropa interior para revisarla. Carla me miró con pánico y excitación. Se quitó la tanga discretamente y se subió el vestido.
Yo estaba sentado en una silla al lado, con la app en la mano. Cuando la doctora empezó a palparle la parte baja del abdomen, activé el vibrador al máximo.
Carla soltó un gemido que disimuló como tos.
—¿Estás bien? —preguntó la doctora.
—Sí… solo… un calambre —respondió Carla, apretando la sábana con fuerza.
El vibrador seguía trabajando fuerte dentro de su concha. Yo podía ver cómo sus muslos temblaban ligeramente. La doctora le hizo una ecografía vaginal. Cuando introdujo la sonda, Carla casi se arquea.
—Respira tranquila —dijo la doctora.
Yo bajé un poco la intensidad, pero luego la subí otra vez. Carla tenía los ojos vidriosos. Mordía su labio inferior con fuerza para no gemir. Su pecho subía y bajaba rápido, haciendo que sus tetas se movieran bajo el vestido.
—Todo parece estar bien, solo una pequeña inflamación —dijo la doctora mientras terminaba la revisión.
Carla estaba a punto de correrse. Lo notaba en su cara. Le puse el vibrador en modo ola fuerte. Ella cerró los ojos un segundo y apretó los puños.
—G-gracias, doctora —logró decir con voz temblorosa.
Apenas salimos del consultorio y cerramos la puerta del pasillo, Carla me empujó contra la pared.
—Eres un hijo de la chingada… casi me corro frente a la doctora —gruñó antes de besarme con desesperación.
Fuimos casi corriendo al carro. En el estacionamiento, apenas subimos, le subí el vestido y le saqué el vibrador empapado. Su concha estaba hinchada y chorreando.
—Ahora te voy a coger aquí mismo —le dije.
Carla se subió encima de mí en el asiento del piloto, se metió mi verga dura de un solo movimiento y empezó a cabalgarme como loca.
—Fóllame… cógeme fuerte, cuñado —gemía sin control—. Casi me muero de placer allá adentro.
La agarré del culo y la embestí desde abajo con fuerza. El carro se movía. Carla se corrió violentamente en menos de un minuto, apretándome la verga y temblando entera.
Yo no tardé mucho. Le llené la concha con toda mi leche mientras ella me besaba ahogando los gemidos.
Cuando terminamos, todavía sentada sobre mí con mi verga dentro, me miró sonriendo:
—Eres lo peor… y lo mejor que me ha pasado. La próxima vez quiero que me hagas algo aún más peligroso.