Capítulo 1
Era una de esas madrugadas lluviosas típicas de la zona oriente del Estado de México. El agua caía con fuerza sobre las láminas de la casa humilde pero bien cuidada en Chimalhuacán, pero ni la lluvia lograba bajar el calor húmedo que se pegaba al cuerpo. Dentro de la habitación principal, el ventilador de techo giraba perezosamente, apenas moviendo el aire cargado de sudor y sexo.
Mark, de 38 años, tenía a su esposa Fernanda a cuatro patas sobre la cama. La penetraba con movimientos mecánicos, casi por rutina. Su verga de 19 centímetros, gruesa y venosa, entraba y salía de la vagina amplia y ya algo floja de Fernanda. Después de tantos años y un parto, su coño ya no apretaba como antes, pero seguía estando caliente y mojado, siempre dispuesto para él.
—Ay, Mark… más despacio, mi amor… —gimió Fernanda con voz somnolienta, agarrando las sábanas con las manos.
Pero Mark no tenía ganas de romanticismo esa mañana. La sujetó fuerte de las caderas huesudas y embistió más profundo, haciendo que sus huevos pesados chocaran contra el clítoris hinchado de ella. Los pechos pequeños y caídos de Fernanda se balanceaban levemente con cada estocada. No tenía nalgas apenas, solo dos cachetes planos que apenas se movían cuando la follaba. Su cara era común y corriente, pero leal. Siempre leal.
Mark cerró los ojos y se imaginó otras curvas mientras aceleraba. En menos de cuatro minutos sintió cómo le subía el orgasmo. Gruñó bajito, apretó los dientes y se corrió fuerte dentro de ella. Chorros calientes y espesos de semen llenaron la vagina abierta de Fernanda, que solo soltó un suspiro resignado y satisfecho. Mark se quedó unos segundos dentro, sintiendo cómo su verga palpitaba vaciándose, hasta que se ablandó y salió con un sonido húmedo y obsceno, dejando un hilo blanco escurriendo por los muslos de su esposa.
—Gracias, mi reina —murmuró él, dándole una palmada suave en el culo plano.
Fernanda se giró, sonriente, y le limpió la verga aún semidura con la boca, chupando los restos de semen y sus propios jugos sin quejarse. Era una excelente ama de casa: siempre dispuesta, siempre limpia, siempre atenta.
Mark se duchó rápido, se puso su ropa formal para la oficina y bajó a la cocina. El olor a café recién hecho ya flotaba en el aire.
Entonces apareció Sandra.
Su hija de 18 años bajó las escaleras como una diosa terrenal. Llevaba unos minishorts de algodón tan cortos que apenas cubrían la mitad de sus nalgas grandes, redondas y firmes. La tela se le metía entre las cachetes, marcando perfectamente su culo jugoso y respingón. Arriba solo traía una camiseta blanca vieja, sin sostén. Sus tetas grandes, redondas y naturales rebotaban con cada paso; los pezones oscuros y grandes se transparentaban claramente contra la tela. Tenía la cintura delgada, caderas anchas y piernas largas y suaves. Su cara era de ángel: labios carnosos, ojos grandes y expresivos, cabello negro largo y ondulado.
—Buenos días, papito… —ronroneó Sandra con voz dulce y cariñosa.
Se acercó a él sin vergüenza alguna y le plantó un beso de buenos días de los que su mamá le había enseñado: labios abiertos, lengüita juguetona. Mark la recibió metiendo su lengua también, mientras sus manos grandes bajaban directo a esas tetas pesadas. Las apretó con ganas, sintiendo cómo los pezones se ponían duros entre sus dedos. Luego bajó una mano y le agarró una nalga gruesa, metiendo los dedos bajo el borde del short hasta rozar la rajita caliente y ya un poco húmeda de su hija.
Sandra gimió bajito dentro de su boca, apretando su cuerpo contra el de él. Se sentía la verga de Mark empezando a despertar otra vez contra su vientre plano.
—Hueles rico, papi… —susurró ella, mordiéndole suavemente el labio inferior.
Se separaron solo porque Fernanda apareció en la cocina. La esposa vio la escena con naturalidad: su hija atendiendo al hombre de la casa, como le había enseñado desde que Sandra entró en la pubertad. Fernanda se acercó a Mark, lo tomó de la cara y le dio un beso profundo, metiendo la lengua con cariño mientras su mano bajaba y le agarraba la verga semierecta por encima del pantalón, masajeándola.
Sandra solo se puso rojita, sonriendo con timidez, y se sentó a servir los cafés. Sus tetas se apoyaron en la mesa, casi saliéndose del escote de la camiseta.
Platicaron de cosas normales: el clima, la escuela de Sandra, las cuentas de la casa. Hasta que Mark soltó la noticia:
—Mañana salgo de viaje a Sudáfrica por la empresa. Es un viaje importante de negocios… clientes nuevos en seguridad digital. Estaré fuera unas semanas.
Las dos mujeres se quedaron calladas un segundo. Fernanda se puso triste pero orgullosa. Sandra abrió mucho los ojos, claramente afectada.
—¡Papi! ¿Tanto tiempo? —dijo Sandra con voz quejumbrosa, levantándose para abrazarlo. Sus tetas grandes se aplastaron contra el pecho de él.
Fernanda también se levantó y lo besó de nuevo, esta vez con más pasión, mientras Sandra lo abrazaba por detrás, frotando disimuladamente su coño caliente contra la nalga de su padre.
—Estamos muy felices por ti, mi amor —dijo Fernanda—. Pero te vamos a extrañar mucho…
Se turnaron para besarlo: primero Fernanda, profundo agarrándolo de las dos manos;luego Sandra, más juguetona, metiendo la lengua y dejando que Mark le apretara las nalgas grandes por debajo del short y un par de besitos que le dió mark a ese par de tetas alzandole la camisa a su hija y después continuaron turnandose un rato más,Pero se le hacia tarde a mark así que se apuro a salir.
Mark salió de la casa con la verga medio dura y la cabeza llena de imágenes: el culo de su hija, las tetas rebotando, la lealtad de su esposa… y la promesa de que, al volver de Sudáfrica, las cosas en casa iban a ponerse todavía más intensas.
Mark salió de casa todavía con el sabor de los besos de sus dos mujeres en la boca. El viaje fue el de siempre: camión repleto de gente, metro apretado donde sentía el sudor de medio Estado de México, otro camión y finalmente un taxi que lo dejó frente a las impresionantes torres de Santa Fe.
La empresa Mythoss Security ocupaba varios pisos de una de las torres más modernas. Mark pasó su credencial por el lector, saludó al guardia y subió al ascensor. En el piso 28, varios compañeros ya cuchicheaban en los pasillos:
—Oye, Mark, ¿así que te vas a Sudáfrica? Qué suerte, cabrón…
—Los clientes de allá son pesados, pero si cierras el trato te vas a poner bien gordo de bono.
Mark solo sonrió con modestia y se dirigió a su oficina del área de Recursos Humanos. Era una sala amplia, con ventanales del techo al suelo polarizados: ellos podían ver todo el piso de cubículos, pero nadie de afuera podía ver adentro. La oficina también era insonorizada. Privacidad total… o eso creían.
Apenas se sentó y encendió su computadora, la puerta se abrió.
Noemí entró como siempre: una ejecutiva de 34 años, casada, pero con un cuerpo que parecía hecho para volver locos a los hombres. Medía casi 1.70, curvas exageradas pero elegantes. Llevaba una blusa blanca ajustada de botones, con los primeros tres abiertos dejando ver un escote profundo y el canalillo de sus tetas grandes, firmes y redondas (al menos talla 36D). La falda lápiz negra le llegaba justo arriba de las rodillas, pero se le pegaba tanto al culo que marcaba perfectamente sus nalgas grandes, redondas y duras de tanto gym. Tacones altos negros, medias veladas y el cabello castaño oscuro suelto cayéndole sobre los hombros. Olía a perfume caro mezclado con su propio olor natural de mujer excitada.
—Pues mira nada más al suertudo… —dijo con voz ronca y juguetona—. Me ganaste el viaje, galán. ¿Cómo se siente ser el favorito de la junta?
Cerró la puerta con doble seguro y activó el polarizado completo. La oficina quedó aislada del mundo.
Mark ya sabía el ritual. Se levantó, y Noemí se abalanzó sobre él. Se besaron con hambre, lenguas enredándose profundamente, saliva intercambiándose mientras las manos de él bajaban directo a ese culo monumental. Lo apretó con fuerza, separando las nalgas por encima de la falda. Noemí gimió en su boca y le bajó la cremallera del pantalón con urgencia.
—Quítate todo eso… —susurró ella.
Mark se bajó los pantalones y el bóxer hasta las rodillas. Su verga de 19 cm ya estaba semierecta, gruesa y venosa. Noemí se arrodilló un segundo, le dio dos lamidas largas desde los huevos hasta la cabeza,se la trago completo como una profesional,el le follo la boca durante un rato haciendo ruidos obscenos y luego ella se puso de pie otra vez. Mark le abrió la blusa de un tirón, haciendo saltar un botón. Sus tetas grandes saltaron libres: pezones cafés grandes y ya duros. Le bajó la falda y las medias de un solo movimiento, dejando a Noemí completamente desnuda salvo por los tacones.
El cuerpo de Noemí era puro pecado: cintura marcada, caderas anchas, un coño depilado con labios gruesos y ya brillosos de humedad. Mark la levantó y la sentó sobre el escritorio amplio. Le abrió las piernas y se colocó entre ellas. La besó con pasión mientras frotaba su verga gruesa contra su clítoris hinchado.
—Fóllame, Mark… ya vengo mojada desde que supe que te vas —jadeó ella.
Mark empujó. Su verga entró de una sola estocada profunda en esa vagina apretada y caliente. Noemí soltó un gemido fuerte (la insonorización permitía todo). A diferencia de Fernanda, el coño de Noemí lo apretaba como un guante caliente y sedoso. Mark empezó a bombear con fuerza, viendo cómo las tetas de ella rebotaban violentamente con cada embestida. Le agarró las dos tetas con las manos, pellizcándole los pezones mientras la follaba duro.
—Así… ¡ay sí! Más fuerte, papi… —gritaba Noemí sin vergüenza.
El escritorio crujía. Los sonidos húmedos de su verga entrando y saliendo del coño empapado llenaban la oficina. Mark la penetraba profundo, sintiendo cómo el cuello uterino de ella besaba su glande cada vez. La cambió un poco de posición, le levantó las piernas y siguió dándole con ritmo salvaje. Noemí se corrió primero: su cuerpo se tensó, el coño se contrajo en espasmos fuertes alrededor de la verga de Mark y soltó un chorrito de squirt que mojó el escritorio.
Mark no paró. Siguió follándola mientras la besaba profundamente, lenguas bailando. Sintió sus propios huevos tensarse.
—Me vengo… —gruñó contra su boca.
—Adentro, todo adentro… —suplicó Noemí.
Mark empujó hasta el fondo y se corrió con fuerza. Chorros gruesos y calientes de semen llenaron el coño apretado de Noemí. Ella temblaba del orgasmo, abrazándolo fuerte, mordiéndole el labio mientras sentía cómo la llenaba.
Se quedaron unidos unos segundos, besándose suave ahora, recuperando el aliento. La verga de Mark aún palpitaba dentro de ella, dejando los últimos restos de leche.
Noemí, todavía temblando, le acarició la cara.
—Te extrañé desde el viernes… necesitaba esta cogidita. —De pronto una lágrima le rodó por la mejilla—. No te voy a ver en semanas… me vas a hacer falta.
Mark la consoló, besándole la lágrima y luego los labios con ternura.
—También te voy a extrañar, mi rica,el tiempo pasa rápido.
Ambos se vistieron entre besos y caricias. Noemí tardó un poco más arreglándose el cabello y el maquillaje. Justo cuando terminaron, sonó el teléfono de la oficina.
—Mark, soy el licenciado. Ven a mi oficina a firmar los últimos documentos y el itinerario para Sudáfrica.
Mark le dio un último beso profundo a Noemí, apretándole el culo por encima de la falda, y salió hacia la oficina del jefe…