Mi nombre es Laura. Tengo 34 años, piel blanca, pecho pecoso, tetas medianas, nalgas grandes, piernas gruesas y pelo castaño, y llevo nueve años casada con Carlos. Vivimos en el quinto piso del conjunto residencial Abundara, en Madrid, Cundinamarca. Desde afuera parecemos la típica pareja estable: él trabaja en una constructora en Bogotá y yo diseño como freelance desde casa. Pero la realidad es muy distinta.

Hace casi tres años que Carlos casi no me toca. El deseo se acumuló como un río represado hasta convertirse en un vicio silencioso y desesperado. Veía porno a escondidas, me masturbaba varias veces al día y fantaseaba con vergas desconocidas y semen caliente inundándome. Necesitaba más. Mucho más.

Todo cambió un viernes por la tarde, cerca de las 4:30 p.m. Carlos dormía la siesta y yo bajé al sótano con una canasta de ropa. Al acercarme al pasillo de las lavadoras escuché gemidos ahogados y risitas bajas detrás de una puerta entreabierta de esas que nadie usa, solo las personas del aseo y los vigilantes. La curiosidad me empujó. Me asomé.

Dentro del cuartito iluminado por un bombillo amarillo, tres mujeres trabajadoras del aseo estaban en una actividad secreta. Rosa —una mujer de unos 42 años, voluptuosa y siempre risueña, la más descarada del grupo— estaba arrodillada sobre un colchón frente a una pared. Parecía que observaba algo, pero en realidad estaba devorando una verga blanca, delgada pero larga y muy dura que salía de un agujero en la pared de triplex. Los ruidos mojados y obscenos de su boca me mojaron al instante.

Carmen, de 38 años, delgada y con mirada felina, me descubrió y sonrió con picardía. Entré y cerré la puerta tras de mí. El olor denso a sexo, detergente y hombre me envolvió como un abrazo prohibido.

Doña Lucía, la líder del pequeño club secreto, tenía 55 años, cuerpo maduro y generoso, voz ronca y una autoridad natural que imponía respeto. Ella fue quien me explicó en voz baja cómo funcionaba todo: aquel servicio de agujero de gloria lo había mandado hacer el portero años atrás a cambio de favores, y solo unas pocas trabajadoras lo sabían. Era su válvula de escape, su secreto mejor guardado. Por un extremo se entraba desde la parte superior del parqueadero que queda arriba, a la intemperie, y por otro se entraba desde el sótano a las lavanderías. Doña Lucía me contó que de la parte de arriba unos porteros cobraban a quien quisiera recibir el servicio. Bajaban en secreto, solo ponían su miembro por algunos de los 3 agujeros que habían hecho en la pared de triplex que usaron para dividir el lugar. Algunas de ellas, la que quisiera o fuera su turno, procedía a degustar de tan rico manjar y dar placer al cliente.

Mi corazón latía desbocado. Sabía que debía irme, subir corriendo al apartamento y fingir que nunca había visto nada. La culpa me golpeaba fuerte: “Soy una mujer casada… ¿qué estoy haciendo?”. Pero mis pies no se movían. El deseo acumulado de tres años me tenía paralizada, mirando cómo Rosa mamaba con hambre aquella polla desconocida. Sentía el calor subir por mis muslos y mi respiración se volvía cada vez más agitada.

Después de las explicaciones, doña Lucía me tentó con voz ronca y una sonrisa cómplice: —¿Quiere probar, mija? Hágale, no se quede con las ganas.

Solo pude asentir con mi cabeza y me acerqué temblando, con las piernas débiles. Recosté mi hombro derecho sobre la pared. Tomé esa verga por la base con mi mano derecha. Apenas lograba cerrarla alrededor; era gruesa, caliente y palpitante como un corazón vivo latiendo fuera del pecho. Con la izquierda sostuve sus huevos pesados, suaves y arrugados, como dos frutos maduros cargados de jugo, llenos y calientes. Los masajeé con cuidado, sintiendo cómo rodaban y se tensaban bajo mis dedos.

Mientras Rosa seguía chupando la mitad con hambre voraz, yo empecé a masturbar la base con movimientos firmes y lentos, como si estuviera ordeñando el néctar más prohibido. Doña Lucía se acercó a mi oído y susurró: —Muy bien, mija… escuche cómo gime más fuerte ahora.

El momento llegó como una tormenta anunciada. Sus huevos se contrajeron violentamente en mi palma, subiendo y endureciéndose como dos piedras listas para lanzar. La verga se hinchó aún más, las venas se marcaron como ríos desbordados bajo la piel. Entonces sentí el primer latido poderoso.

Fue como un antiguo cañón cargado hasta el tope que finalmente dispara. La vena principal se dilató al máximo, dejando pasar un torrente espeso y caliente. Se mantuvo rígido un segundo eterno… y explotó.

Cada pulsación fue una ola de placer salvaje: el primer disparo, largo y violento como un géiser; luego varios más cortos y rítmicos, como tambores de guerra golpeando sin parar. Conté al menos 12 contracciones profundas, cada una empujando más semen espeso a través de esa carne dura que latía como un animal furioso en mi mano. Podía sentirlo todo: la presión interna subiendo como magma, el calor que se expandía, el palpitar salvaje y la forma exacta en que se vaciaba por completo, rindiéndose ante nosotras. Era una descarga abundante, como si hubiera estado guardando esa carga durante una semana entera de trabajo duro.

Rosa tragaba con avidez cada chorro. Yo seguí exprimiendo desde la base, ordeñando hasta la última gota como quien no quiere desperdiciar ni una gota de oro líquido. Mi boca estaba abierta y mojada. Del otro lado llegó un gemido largo y ronco, de pura rendición. Cuando Rosa sacó la verga, brillaba como un sable recién pulido y todavía daba pequeños saltos de vida residual. Una gota de semen que resbalaba quedó en mi mano.

Nos miramos las cuatro y soltamos un “¡uau!” al unísono. —Doña Laura, sí sabe tratar una verga —dijo Lucía riendo.

Hicimos el trato. Acceso libre a cambio de discreción. Además, ellas me explicaron que cobraban un dinero discreto a algunos clientes habituales por el servicio completo. Yo también podría participar y ganar algo de dinero extra si quería, mientras disfrutaba todo lo que mi cuerpo tanto había extrañado. Esa idea me encendió aún más.

En ese preciso instante sonó otro golpe en la pared. Una verga blanca, más corta que la anterior pero mucho más gruesa, asomó, completamente dura y palpitante, con una cabeza grande e hinchada como un casco de guerrero. Era más imponente que la anterior en su grosor. Palpitaba como mandando un mensaje en morse.

Se me secó la boca. Yo estaba oliendo mi mano que tenía impregnado el olor del anterior desconocido. Hacía casi 10 años que no tocaba a otro hombre que no fuera mi marido. El corazón me martillaba en el pecho como un tambor de guerra. Miedo, vergüenza, culpa y un deseo acumulado de años chocaban dentro de mí como olas contra un dique a punto de romperse.

—¿Quiere chuparla usted? —preguntó Lucía con picardía.

No iba a desperdiciar esta oportunidad. Asentí, con las manos temblando como hojas al viento. Me arrodillé sobre la colchoneta. Miré a las tres mujeres a mi alrededor; ellas me miraron como quien ve a un mago disponerse a hacer su mejor truco. Yo iba a desaparecer esa espada en mi garganta. Primero acerqué mi nariz, quería degustar ese miembro con todos mis sentidos y procedí a olfatearlo. Pegué mi nariz en su glande y aspiré con fuerza, llenando mis pulmones de sus feromonas. Ese olor fuerte —sudor masculino, piel caliente y un toque animal— me golpeó como un afrodisíaco directo al cerebro.

Mientras me arrodillaba, una ola de culpa brutal me invadió. “Carlos está durmiendo arriba… soy su esposa, ¿cómo puedo estar aquí dispuesta a chuparle la verga a un desconocido como una cualquiera?”. La vergüenza me quemaba las mejillas, pero mi deseo era más fuerte. Mi coño palpitaba de anticipación y mis piernas no me obedecían para levantarme e irme. El hambre acumulado de tres años no me permitía abandonar el lugar ni mi tarea. Tenía que seguir.

—Despacio —susurró Rosa.

Saqué la lengua con timidez y lamí desde los huevos pesados hasta el glande hinchado, saboreando su gusto salado y terroso, como probar un fruto prohibido por primera vez en años. Gemí bajito. Abrí la boca y metí el glande. Era grueso, invasor, delicioso.

Al principio fui tímida, casi reverente, como quien entra a un templo sagrado sin saber si está cometiendo sacrilegio. Pero el hambre acumulado de tres años de sequía rompió las compuertas. Empecé a chuparla con más fuerza, metiéndomela cada vez más profundo, haciendo ruidos mojados y obscenos que nunca me había permitido con Carlos. La saliva me corría por la barbilla como un río descontrolado. La sentía palpitar en mi lengua, rozando mi garganta como un hierro caliente.

—¡Uy, la señora Laura chupa rico! —exclamó Carmen.

Eso fue la chispa que incendió el bosque. Ya no había timidez. La devoraba con devoción salvaje, como una mujer sedienta que por fin encuentra un manantial después de años en el desierto. La sacaba casi completa, babeada y brillante como un trofeo, y luego la tragaba hasta donde mi garganta lo permitía, dejándome usar como un túnel caliente y húmedo. La tragué, la besé, la escupí, la mordí, la restregué en mi cara, la azoté contra mi rostro. El hombre del otro lado gemía y empujaba, follándome la boca con urgencia animal. Yo me entregué por completo, gimiendo alrededor de su polla, sintiendo una mezcla explosiva de miedo, culpa y un placer tan intenso que me hacía mojarme hasta los muslos.

No tardó mucho. Se hinchó en mi boca como una serpiente a punto de atacar. Gruñó fuerte y explotó. Tenía el glande bien metido en el fondo de mi garganta cuando el primer chorro salió potente, espeso y caliente, disparado directo contra mi garganta como un latigazo de placer líquido. Fue inevitable tragarlo, nada lo detenía. Sentí cómo pasaba directo a mi estómago, caliente y abundante. Tragué con avidez, gimiendo, tanto por el placer prohibido que me daba beberme ese semen de desconocido como porque era imposible evitar tan abundante descarga. Luego vinieron más chorros, cremosos, inundándome la boca como olas sucesivas. Saboreé cada uno: el sabor fuerte, salado, ligeramente amargo, el calor que bajaba por mi pecho como fuego lento. Seguí chupando y tragando sin soltarla, ordeñándola con labios y mano como si quisiera extraerle hasta el alma.

Cuando por fin la saqué lentamente, la besé y lamí el glande sensible con ternura, agradeciéndole el regalo que acababa de recibir. Me quedé de rodillas, respirando agitada, con el sabor de ese desconocido marcándome por dentro para siempre.

Las tres aplaudieron bajito. La verga se desapareció. —Bienvenida al club, doña Laura —dijo Lucía con una sonrisa satisfecha. —Debo irme —dije.

Subí al apartamento con las piernas temblando y el sabor y aroma a pene ajeno aún inundándome la boca. Carlos seguía dormido. Me corrí violentamente en el baño recordando cada segundo, con los dedos hundidos en mi coño empapado.

Mientras me recuperaba, no pude evitar pensar en todos los hombres que había visto en el conjunto: el portero bajito, el vecino del segundo piso que siempre saluda sonriente, el marido de mi vecina, el señor mayor que camina con su perro… ¿A cuál de ellos le había chupado la verga con tanto hambre? La curiosidad me inundaba como un fuego nuevo, mezclada con una vergüenza que solo avivaba más mi deseo.

Juré que sería solo esa vez.

Pero al día siguiente la gana no me dejó en paz. El sabor, el olor y la sensación de esas vergas desconocidas me perseguían a cada minuto.

Siendo sábado ya en la tarde, alrededor de las 3 pm, Carlos había salido a jugar fútbol con sus amigos como acostumbraba. Apenas se fue, el calor entre mis piernas se volvió insoportable. Bajé al sótano con el corazón acelerado y el coño ya mojado de anticipación. Apenas entré al cuartito de ordeño, las chicas me recibieron con sonrisas cómplices. Doña Lucía y Carmen ya estaban allí, cada una chupando con dedicación una polla diferente que salía de los agujeros en la pared.

Poco después sonó otro golpe. Una verga blanca, joven, larga y delgada, muy erecta y palpitante asomó por el agujero. Era un pene elegante e imponente, parecía un soldado sacando pecho, bien erguido, firme y orgulloso, con una ligera curva ascendente que lo hacía lucir aún más desafiante y juvenil. La piel suave y tirante brillaba bajo la luz amarilla, las venas marcadas pero delicadas le daban un aspecto fresco y lleno de vitalidad, como si estuviera cargado de energía pura y semen abundante listo para ser liberado. Su cabeza rosada e hinchada palpitaba con fuerza, apuntando hacia arriba con arrogancia juvenil.

Mi pulso se aceleró. Al mirar hacia abajo por el borde del agujero alcancé a ver parte de un boxer negro con un dibujo discreto que me resultó familiar. Recordé inmediatamente que cuando colgaba la ropa en el tendedero del balcón al lado de este cuarto, la vecina de al frente, doña Martha, solía tender unos boxers exactamente iguales. Esa vecina vivía sola con sus dos hijos: un joven que estudiaba en la universidad y una niña más pequeña. Yo misma había visto al muchacho llegar varias veces en la tarde, con la mochila al hombro, sudado después de clases.

¿Será que probaré la leche fresca de mi vecinito a quien vi crecer? Esa idea prohibida, peligrosa y excitante me mojó aún más. No dije nada a las chicas, solo me arrodillé con más urgencia, acercando mi boca temblorosa a esa verga elegante, dispuesta a probarla.

Pero cuando giré la mirada hacia el otro lado, el mundo se me detuvo. Rosa estaba chupando con devoción una verga que me resultó terriblemente familiar: el grosor, la forma ligeramente curvada, el tono de la piel… era idéntica a la de Carlos. Mi marido.

¿Hasta dónde llegaría esta nueva hambre? ¿Será que probaré la leche fresca de mi vecinito a quien vi crecer? Mi marido, ¿será que viene acá también?