Capítulo 2
- Relatos de mochilas, los viajes I
- Relatos de mochilas, los viajes II
Relatos de mochilas, los viajes II
La Patagonia tiene esa diversidad de paisajes y esa vastedad única en el mundo, las distancias son muy largas y el clima siempre es algo que te sorprende de una forma u otra. Viajar de mochilero en ese lugar tiene sus cosas, muchas veces muy gratas y otras, un tanto tediosas, hay de todo realmente, sobre todo si hablamos de historias…
Era media mañana cuando dejé atrás el cruce de la ruta de Arroyito para buscar la Ruta 237, el asfalto que me guiaría hacia Bariloche. El sol empezaba a calentar, y yo esperaba tener suerte en mi raid de mochilero. Llevaba un buen rato parado al costado del camino, viendo pasar el viento y la nada.
Nadie paraba.
De golpe, recortándose contra el horizonte, vi acercarse un viejo motorhome armado sobre el chasis de un micro Mercedes Benz. Avanzaba a paso firme, decorado con decenas de calcomanías de mapas, banderas y nombres de pueblos de todo el continente por los que, supuestamente, ya había pasado.
Para mi sorpresa, el pesado vehículo empezó a frenar.
El micro se detuvo a mi lado y una mujer se asomó entusiasmada por la ventanilla.
Me acerqué y, en un castellano raro y masticado, me preguntó hacia dónde iba. Le contesté que iba para el lado de Bariloche para después seguir bajando hacia el sur por la cordillera.
Ella asintió con una sonrisa enorme y me indicó con la mano que iban para allá, si quería, podía subir.
Entré, el motorhome era un verdadero hogar sobre ruedas. El marido, que manejaba concentrado frente al enorme volante, me saludó con un corto “hi” levantando la mano. Unos pasos más atrás, dos niñas de unos trece o catorce años me saludaron también con timidez, era una familia de cuatro integrantes.
Respondí el saludo con una seña general y, siguiendo las indicaciones de la mujer, acomodé mi mochila en un costado del pasillo, luego, me invitó a sentarme en un banquito bajo, cerca del sector delantero.
Ahí me enteré de su historia, eran letones, de Europa del Este, y llevaban meses viajando en familia. Pronto quedó claro cómo funcionaba la dinámica del viaje, la mujer era la única que hablaba algo de castellano, los demás, absolutamente nada.
Sin embargo, las barreras del idioma no frenaron las ganas de conectarnos. La mujer hablaba mucho, interactuando conmigo y queriendo saber todo sobre mi viaje. Mientras tanto, el marido manejaba y sonreía todo el tiempo mirándome por el espejo retrovisor, para luego cuchichear cosas con su esposa en un idioma absolutamente indescifrable para mí.
En los asientos de atrás, las nenas me miraban expectantes, con ojos curiosos, haciéndome señas con las manos y señalando los paisajes por la ventana, buscando complicidad.
Entre el rugido del motor, los susurros en letón y los esfuerzos por entendernos, la vastedad de la Patagonia se sentía un poco menos solitaria.
El interior del viejo micro era un mundo suspendido en el tiempo. El aire olía a una mezcla de café filtrado, tapizados antiguos, gasoil y el perfume dulce de alguna fruta de viaje.
Las paredes de madera terciada estaban cubiertas de mapas con líneas marcadas en fibra roja, fotos familiares enganchadas con chinches y pequeños recuerdos colgados que tintineaban con el temblor constante del motor. Había cortinas floreadas atadas a los costados de las ventanas de acrílico y un estante lleno de frascos bien asegurados para que no se cayeran con los pozos de la ruta. Todo adentro se movía al compás del andar pesado y noble del micro.
Desde mi posición en el banquito bajo, la dinámica familiar se volvía cada vez más evidente. Las dos niñas me miraban de reojo y sonreían como colegialas tímidas, tapándose la boca con las manos. Entre ellas se decían cosas susurrando en su indescifrable idioma nativo, compartiendo algún secreto que claramente me involucraba.
La madre se daba cuenta perfectamente de la situación, me miraba de reojo y sonreía con una mezcla de complicidad y disculpa materna, divertida por la curiosidad que mi visita despertaba en las chicas. Entre los murmullos, las risas ahogadas, los gestos y el traqueteo del Mercedes, la atmósfera se volvía por momentos confusa, pero intensamente amena.
La estepa patagónica seguía pasando del otro lado del vidrio.
Mientras conversábamos amenamente de cualquier cosa, la mujer, que se llama Katia, describía a su familia y contándome sobre ellos, hizo un comentario extraño que me sorprendió, al sugerir que formaban un matrimonio muy liberal y que bajo esa misma filosofía habían educado a sus hijas, no entendí bien o quizás ella se refería a otra cosa con lo de “liberal”, en fin.
Y una pregunta llegó de la nada, directa y sin anestesia,
-“¿Tienes novia?”
No fue una consulta casual. Tuve la sensación que había en su tono, en la forma de su mirada y en la cadencia de la frase una intención evidente que me encendió alarmas de atención y de sorpresa.
El ambiente ameno se volvió confuso de golpe. Mientras la mujer esperaba mi respuesta con una sonrisa sugerente, el marido seguía al volante, manteniendo su sonrisa inalterable en el espejo retrovisor, y las nenas continuaban con sus susurros y miradas fijas desde el asiento.
En ese instante, el rugido del motor pareció amplificarse y los kilómetros que faltaban para Bariloche se sintieron más largos que nunca.
Mi respuesta fue un seco y directo «no».
Apenas la palabra salió de mi boca, a la mujer se le iluminó la mirada de una forma instantánea, y su sonrisa se ensanchó con una alegría genuina, casi triunfal, mientras soltaba un entusiasta
-“¡Oh, qué bueno!”. Aquella reacción terminó de confirmar que mis sospechas no eran paranoia de mochilero.
El ambiente dentro del micro, ya de por sí exótico, se cargó de una sensación extraña, la madre se dio vuelta de inmediato hacia el fondo del micro y, con un tono animado, les tradujo mi respuesta a las nenas. Al escucharlo, las adolescentes duplicaron los susurros, se miraron, rieron entre sí con complicidad y volvieron a clavar sus ojos curiosos en mí, esta vez con una picardía mucho menos tímida. Por el espejo retrovisor, el marido seguía sonriendo con la misma calma inalterable, como quien asiente ante un plan familiar que marcha sobre ruedas.
Yo me acomodé en el banquito bajo, sintiendo el peso de las miradas de los cuatro integrantes del motorhome.
La ruta se estiraba delante de nosotros entre cañadones y mesetas bajas, y yo no podía parar de pensar en qué dirección iba a tomar esa conversación en los próximos kilómetros.
El silencio que siguió se volvió denso, casi tanto como el aire encerrado del micro, fueron varios kilómetros donde el único protagonista fue el zumbido constante del Mercedes Benz devorando el asfalto.
Las nenas seguían jugando y el marido mantenía la vista fija en el camino. De repente, Katia se levantó de su asiento. Dijo ir a buscar algo en el fondo del micro, caminó por el pasillo y desapareció detrás de una mampara de muebles que dividía los ambientes.
Pasaron los minutos y no volvía.
El traqueteo del micro continuaba y de golpe, su voz rompió la monotonía del motor.
Me llamaba desde el fondo, preguntando en su castellano pausado si podía ir a ayudarla con algo pesado que no podía mover sola. Miré de reojo hacia el frente, el marido seguía sonriendo frente al volante, imperturbable, me hizo señas que vaya, que me encargue, sin preocuparse demasiado. Me levanté del banquito bajo, sintiendo el piso del micro vibrar bajo mis pies, y caminé hacia la parte trasera sin tener la menor idea de con qué me iba a encontrar al cruzar esa cortina.
Me encontré a Katia con una caja grande y me pedía si podía ponerla arriba de unos muebles y atarla, asentí le di una mano.
Terminé de acomodar la caja en el armario y, al darme vuelta para bajar los brazos, me encontré de frente con ella. El espacio era tan estrecho que quedamos a escasos centímetros de distancia. Katia no se movió, al contrario, acortó la última separación física entre los dos. Se inclinó lentamente hacia mi oído y, con un susurro que contrastó con el traqueteo sordo del Mercedes Benz, me dijo con total claridad que le gustaba y quería que la tenga.
Las palabras resonaron en mi cabeza con un impacto seco sin entender demasiado que quería.
-“Qué tenga qué?” pregunté inocentemente
-“ A mí..!” me respondió ella.
Ahí estaba yo, en el fondo de un motorhome en movimiento, en medio de la nada patagónica, con una mujer letona que apenas conocía haciéndome una propuesta directa, mientras su esposo manejaba imperturbable a unos metros y sus hijas cuchicheaban del otro lado de la mampara. La atmósfera amena del principio se había transformado en una situación de pura adrenalina y desconcierto absoluto.
Quedé completamente azorado, inmóvil en el estrecho pasillo sin terminar de procesar lo que estaba escuchando. Al notar mi desconcierto, Katia se inclinó un poco más, rompiendo cualquier distancia, y me aclaró el panorama con una naturalidad que me heló la sangre, la familia entera estaba de acuerdo con eso, por esa exacta razón todos me sonreían desde que había subido al micro.
Teniéndola así de frente, a escasos centímetros bajo la tenue luz del fondo del motorhome, su presencia física se volvía imponente. Katia era una mujer rubia, de una belleza nórdica y contundente, sumamente voluptuosa. Tenía los hombros grandes y una estructura robusta que denotaba fuerza, contrastando con una piel extremadamente blanca, casi traslúcida. Su figura quedaba expuesta de manera evidente bajo la bata entreabierta, revelando unas tetas enormes y firmes que subían y bajaban al ritmo de su respiración pausada.
Toda la escena cobró un sentido geométrico y perturbador en mi cabeza. La sonrisa constante del marido por el espejo retrovisor no era simple amabilidad de ruta, los susurros cómplices de las nenas y sus miradas de colegialas tímidas no eran travesuras adolescentes. Todo formaba parte de un código familiar preestablecido del que yo, un mochilero que solo buscaba llegar a destino, acababa de convertirme en el centro.
El viejo micro seguía devorando los kilómetros de la ruta en medio de la inmensidad patagónica, pero ahí adentro, acorralado por la imponente figura de Katia, el viaje había entrado en un terreno completamente desconocido.
Dudé unos segundos, paralizado por la sorpresa y tratando de asimilar la situación, pero ella no me dio tiempo a reaccionar. Tomando la iniciativa con total seguridad, me tomó por el cuello y me besó apasionadamente.
El beso fue intenso, húmedo y decidido, marcando el inicio de las acciones en ese rincón oculto del micro, donde el espacio reducido pareció encogerse todavía más mientras el micro continuaba su marcha pesada sobre el asfalto.
Respondí a su beso y la abracé apretando sus inmensas tetas contra mí, sentí su espalda y sus muslos firmes como piedras.
Ella no me dio respiro.
Con una urgencia hambrienta, metió su mano firme en mi entrepierna, buscando saciarse sin rodeos a través de la tela de mi short. La respiración de Katia se volvió pesada y caliente contra mi cuello, mientras mis sentidos se agudizaban al máximo, el olor del micro se mezclaba con el perfume de su piel, y cada pozo nos empujaba violentamente el uno contra el otro en ese pasillo angosto.
Sabiendo que a pocos metros el marido manejaba con una sonrisa y las nenas esperaban el desenlace, la noción del peligro se disolvió en adrenalina de puro deseo.
Me dejé llevar por la iniciativa de esa imponente mujer letona, entregándome por completo a una de las experiencias más salvajes e irreales que la Patagonia me iba a regalar.
Le quité la bata y tomé sus tetas entre mis manos, no me alcanzaba la boca para saborear esos enormes pezones duros mientras ella jadeaba buscando mi herramienta con ganas, me corrió de lugar hacia atrás, mientras quitaba sus bragas y yo pude desnudarme.
El impacto visual transformó por completo la expresión de Katia al quedarme frente a ella sin ropa, su mirada recorrió mi cuerpo con una mirada que denotaba un asombro genuino.
Sus ojos, antes cargados de una picardía segura, se abrieron de par en par, reflejando una sorpresa mayúscula ante las dimensiones de mi anatomía, sin dudas una dotación que superaba cualquier expectativa previa que pudiera tener en mente.
La sorpresa de Katia ante lo que tenía frente a sus ojos era total, su mirada parecía perdida, recorriendo con incredulidad cada detalle de esos veinticuatro centímetros mientras su respiración se volvía más rápida. En la penumbra del fondo del micro, la imponente mujer letona balbuceaba frases entrecortadas e ininteligibles en su idioma natal, un murmullo veloz y cargado de una fascinación evidente que no necesitaba traducción alguna.
Aquel momento de admiración duró apenas unos instantes antes de transformarse en una determinación absoluta.
La timidez o el asombro inicial se disolvieron por completo, cuando con una sonrisa de complicidad dibujada en sus labios carnosos, Katia rompió la distancia que nos separaba, acorralándome, se arrodilló quedando frente a mí, con suavidad y firmeza a la vez, tomó mi miembro entre sus manos de piel blanquísima, recorriéndolo con una devoción que no necesitaba palabras y que confirmaba el asombro que había leído en sus ojos segundos antes.
Sin dejar de mirarme de reojo con una mezcla de picardía y deseo, comenzó a mamarlo con un ritmo pausado pero constante, adaptándose al balanceo noble de la ruta.
Cada movimiento de sus manos y su boca parecía una forma de adoración silenciosa, un preludio cargado de deseo que iba recorriendo el inmenso mapa de venas que surcaba mi herramienta, con sus labios, en una devoción absoluta.
La respiración de ambos se volvió un susurro pesado en la penumbra del fondo, mientras la complicidad de ese instante sellaba el inicio de lo que pasaría a continuación sobre la cama trasera.
Katia se puso de pie, con movimientos pausados me tomó de la mano, guiándome los pocos pasos que nos separaban de la amplia cama. El espacio allí era un nido de mantas pesadas y almohadones gastados. El vaivén del vehículo nos hizo perder el equilibrio por un segundo, obligándonos a caer juntos sobre el colchón en un abrazo espeso y cargado de anticipación.
Katia se acomodó por encima de mí, desplegando toda la imponente sensualidad de su silueta robusta y su piel blanquísima. Desde esa posición elevada, volvió a buscar mis labios con un beso profundo y devorador, mientras sus manos comenzaban a recorrer mi torso con una urgencia renovada, marcando el inicio definitivo de una intimidad salvaje en medio del desierto.
El giro de la situación añadió una dosis de adrenalina purísima al encuentro en el fondo del micro. Mientras nos acomodábamos sobre el colchón, Katia estiró el brazo hacia un costado y tomó unas tiras de tela fuerte que tenía preparadas, con movimientos sorprendentemente ágiles y precisos para su contextura robusta, me guio las muñecas hacia el respaldo de madera de la cama. Con sumo cuidado para no lastimarme, pero con una firmeza impecable, ató mis manos dejándome completamente expuesto y a su merced.
Estando inmovilizado, la sensación de vulnerabilidad potenció todos mis sentidos al máximo. Katia se posicionó nuevamente sobre mí, dejando caer el peso de su cuerpo voluptuoso y firme como una roca, su piel blanquísima centelleaba bajo la luz tenue y sus inmensas tetas rozaban mi pecho con cada respiración pesada. Con una sonrisa triunfal que iluminaba sus ojos nórdicos, comenzó a recorrer mi torso con caricias lentas y deliberadas, disfrutando de tener el control absoluto de las primeras acciones físicas. El traqueteo sordo del motor se sentía en la espalda, recordándome que afuera el mundo seguía girando, pero ahí adentro yo estaba entregado por completo al juego de esta imponente mujer letona.
Estando inmovilizado en el respaldo, Katia se movió con agilidad sobre el colchón y se posicionó por encima de mi rostro, distribuyendo su peso con una rodilla a cada lado. Desde esa posición elevada, su figura imponente dominaba por completo mi vista dejando su imponente vulva de labios gruesos totalmente a mi alcance. Ella sin rastro de vergüenza ni nada parecido con dos de sus dedos acarició sus labios y separándolos un poco me los ofreció para saborearlos.
Tomé sus labios con mi boca y escuché el gemido profundo escapando de sus pulmones, introduje la lengua tan profunda como pude y con suma determinación apreté el enorme misil de carne que era su clítoris, con mis labios chupándolo.
Segundos después, el tsunami se desató sin control.
Los espasmos de su orgasmo se transformaron en un temblor interminable de jadeos, mientras mi rostro recibía la marea de su flujo, que brotaba generoso entre sus labios carnosos. Ella gritaba de forma muda, invocando palabras en su letón natal.
En el post orgasmo, se acomodó a mi lado. Me acariciaba y besaba el rostro con ternura, hablándome suavemente en su propia lengua mientras envolvía con su mano mi miembro aún erguido. Estuvimos así unos minutos, suspendidos en el silencio. Luego, incorporándose a medias, volvió a chupar mi latiente humanidad mientras sostenía la mirada con una sonrisa. Me reiteraba en su pobre castellano que le había gustado mucho.
Tras envolverme por completo con su sonrisa, se incorporó con parsimonia. Con movimientos suaves pero firmes, procedió a atar mis pies, manteniéndolos separados sobre la cama, ante mi atónita mirada.
Me dedicó un beso cuidadoso en los labios y, sosteniéndome la mirada un último segundo, se dio la vuelta y se retiró desnuda y en silencio hacia el sector delantero del micro.
Luego de varios minutos volvió con sus dos hijas, mi sorpresa era enorme, yo estaba desnudo frente a las chicas quienes me sonreían de forma picara.
Se ubicaron una a cada lado mío arrodilladas, y con palabras que no pude enteder, la mayor extendió la mano y sujetó con firmeza el tronco de mi pesada pieza, demostrando una destreza que contrastaba con su aparente fragilidad. La menor se colocó de inmediato a su lado, ayudando a su hermana.
Miraba anonadado y aterrado observando en silencio la pericia de dos hermanas menores de edad, con una precisión técnica que ellas dominaban a la perfección.
Permanecí inmóvil en el centro de la cama, procesando la surrealista situación en la que me encontraba, atrapado entre el desconcierto y la intensidad del momento.
El contacto inicial dio paso a una serie de movimientos coreografiados, donde las hermanas ubicaron sus labios de tal forma que abrazaron mi verga de costado, recorriéndola de arriba abajo en una síncopa que surcaba mis venas hasta la cabeza, estremeciéndome.
Jamás me había sucedido algo así, dos menores estaban dándome la chupada de mi vida con una presión constante y rítmica que denotaba un control absoluto de la situación, transformando la sorpresa inicial, en una entrega tensa pero inevitable.
Instantes después y antes que el orgasmo venga a mi como un tren, ellas dejaron su actividad sobre mi miembro y se apoyaron sobre mi pecho, riendo las dos me decían cosas en letón que jamás entendí. Pero a juzgar por lo pícara de sus risas seguro se trataba de mi exposición atado y en pelotas.
Una de ellas, que creo era la mayor, jóvenes que no superaban los catorce años, se levantó y sentándose a horcajadas mío dándome la espalda, se posicionó para una penetración.
Yo les pedía que pararan, quería salirme de lugar, si nos descubrían iría preso sin dudarlo, les hablaba con un tono fuerte, pero ellas desoían mis voces mirándome sonrientes.
La menor me dijo algo que no entendí mientras acariciaba mi rostro y ponía mi miembro alineado a la entrada de su hermana, quien no me dio tiempo siquiera de prepararme. La joven niña bajó con ganas, dejándose caer sobre mi cuerpo y mi verga se perdió hasta la mitad dentro de ella.
Pegué un grito y ella también lo hizo, la cavidad de la niña era sumamente estrecha y mi verga sintió el violento apretón de su estrecho canal, esperó unos segundos y volvió a moverse y mi sorpresa fue notar que sus púberes labios vaginales se encontraban apoyados en mis huevos.
Una niña preadolescente de unos trece años tenía dentro suyo mis poderosos veinticuatro centímetros sin inmutarse.
Ella esperó unos segundos acostumbrando su cuerpo al tamaño y dándose vuelta para mirarme, me sonrió y algo me dijo en letón.
Comenzó su cabalgata, mi verga entraba y salía casi en su totalidad de su calabozo carnal y yo preso de una sensación que jamás había procesado, intentaba no venirme dentro de la niña. Ella volvía a mirarme con esa diabólica sonrisa mientras seguía empujando con fuerzas.
En un momento dado, vislumbró que me quebraría porque mi resistencia ya a esa altura, era inútil, y acelerando su cadencia, cuando emití un gemido profundo, ella se aquietó guardándome bien al fondo.
La eyaculación se abrió paso sin dejar nada por inundar.
Comencé a estremecerme en espasmos mientras mi blanca y espesa esperma llenaba el útero de la pequeña de forma continua en cálidos chorros. Ella gritaba de emoción mirándola a su madre, que festejaba como si hubiera recibido un premio.
Segundos después me sentí morir sobre el colchón, mi verga ya vacía, aún estaba profundamente anclada dentro de la niña, pero yo estaba vacío de toda sensación, muerto, el orgasmo se había llevado todo de mí, hasta la consciencia.
La joven se incorporó y al salirse, parte de la descarga quedó tirada sobre mí, ella dio media vuelta y succionando se tragó todos los resquicios que había sobre mi cuerpo.
En cuclillas al lado mío me señalaba su abdomen, abajo de sus pequeños pechos, con un dedo indicándome sonriente que hasta ahí le había entrado.
Katia le dio un sonoro beso en la mejilla y vino hasta mi agradeciéndome mi participación, las tres dieron media vuelta y se fueron para delante a contarle al padre, dejándome solo y atado.
Más de treinta minutos atado en esa cama, llamando a Katia para que me desate, pero no obtenía respuesta.
Luego de eso, aparecen de nuevo las dos niñas y Katia a verme, murmuran algo entre ellas, pero no las entiendo.
Katia se sienta al costado de la cama a mi lado, mientras una de las niñas comienza a manosear mi verga, logrando que vuelva a reaccionar, parándose. Estaba a medio inflarse y algo le dijo a su madre que giró su rostro asintiendo, la pequeña metió el glande en su boca y empezó a mamarme firmemente y sin pausa.
Al rato estaba retorciéndome en temblores, la delicada boca de la niña hacía estragos en los pliegues de mi glande, su lengua lo aprisionaba contra el paladar y con movimientos lentos, lo mordía, logrando exasperarme de placer. En cualquier momento me iba a correr indefectiblemente.
Ella sintió que la dureza venía en aumento y rápido, la quitó de su boca, la sonrisa nuevamente cubrió su aniñado rostro.
Volvió la primera niña también a la escena, y mientras ella hablaba con su madre, no me percaté que la menor se había desnudado y estaba subiendo arriba mío a horcajadas de espaldas.
Dentro de la desesperación que me embargaba pude apreciar lo menudo de sus pies al costado de mis muslos, eran de una belleza increíble, perfectos y pequeños, sus dedos de una proporción y perfección notable.
Mientras absorto observaba los pies de la pequeña, la otra hermana tomó mi verga, le escupió el glande y la dirigió a la entrepierna de su hermana. Escuché entre ellas decirse algo en letón y la menor asentir, mientras yo, ya resignado las observaba hacer.
La niña presionó su cálida vulva contra mi glande, suspiré, temblando, y entonces se movió un par de centímetros y comenzó a empujar con ímpetu.
Vi cómo mi glande hinchado desaparecía repentinamente en el ano de la niña. Ella ante la invasión murmuró un profundo gemido de dolor, pero no dejó de empujar con firmeza.
Me dolía, mucho, la estructura venosa del esfínter de la niña era extremadamente estrecha y presionaba con fuerza contra la circunferencia de mi miembro, aguantándose estoicamente el diámetro.
Katia observaba con una sonrisa de suficiencia, era innegable la perversión que había en lo que sucedía, dado que su pequeña sufría, pero ella comenzó a alentarla.
Y la niña empezó a moverse, pude oír sus sollozos entre la insoportable presión que ejercía sobre mi miembro.
Y poco a poco, se relajó, y la valiente joven aumentó gradualmente el ritmo. Ya sus sollozos se habían convertido en gemidos, y sus movimientos, ya eran largos y más profundos.
La candencia, se convirtió en un ruido carnal, donde sus nalgas rebotaban en mi cuerpo y mis testículos. Tan profundo iba, que empecé a sentir que mi glande golpeaba dentro de ella contra algo, jadeé fuerte arqueándome y ella al darse cuenta, aumentó la profundidad y la presión de sus estocadas.
No pude aguantar demasiado, le pedí entre temblores que parara un poco, que aminorara la marcha, pero ella tenía ese ritmo grabado a fuego y obviamente, no pensaba darme el gusto.
Tres o cuatro embates más y me fui…
Sentí esa punzada fuerte en el vientre, la que sabés que, afloja todo y deja fluir tu vida…y en espasmos fuertes liberé la eyaculación dentro de las entrañas de la niña, bañándola profusamente con una esperma, viscosa y tibia que se desparramaba por sus intestinos buscando los rincones más recónditos de su anatomía.
Ella se quedó quieta disfrutando mi muerte y sintiendo como a través de su apretado esfínter, sus nervaduras le transmitían una y otra pulsión de mi gruesa verga en su interior. Se giró y mirándome me dedicó una sonrisa y un par de palabras que nunca entendí
Y luego de unos instantes se levantó retirando mi miembro de su ano, al pararse pude apreciar el enorme agujero que le quedó fruto de semejante trajín. Era muy joven, iba a volver a cerrarse en breve seguramente.
Katia, que estaba cerca, abrazó a la niña y su hermana también y celebraron como si un triunfo memorable las hubiera alcanzado, riendo y besándose.
Luego de esto, vino a mi lado, me dio un beso en la boca y me agradeció por lo que hice. No entendía nada, estaba atado y a decir verdad no pude hacer ni un poco de lo sucedido.
Nuevamente las tres se fueron hacia adelante, escuchaba las voces de los cuatro con un ánimo de festejo hablaban entusiastamente.
Y a mí…me dejaron atado otra vez…
Otra vez solo, de nuevo al igual que antes, más de media hora atado sin venir a soltarme, llamé a todos varias veces, pero jamás apareció ninguno.
De golpe viene Katia, se acerca, me pide disculpas, me da un beso y me acaricia el rostro tiernamente, mientras lo hace con suma delicadeza me susurra al oído
-“aún……falto yo….yo también quiero, si?”
Sin más preámbulo se quitó su bata nuevamente y se acostó a mi lado, mientras me besaba con su mano masajeaba mi miembro para activarlo. Sus manos pasaban por mi pecho con fuerza, apretándome, daba la impresión que había juntado ganas como para saciarse de mi sin reparos.
Me besaba apasionadamente, hurgando en mi boca con su lengua como buscando un tesoro perdido, fue bajando por mi pecho y abdomen, con sus labios, jugando.
Llegó a mi miembro y sin demasiada espera hizo de la felación un acto de entrega sublime, recorriendo con su lengua y aprisionando con sus labios el glande, los huevos, toda mi topografía venosa fue venerada con hilos de saliva, dejando rastros de una desesperación minuciosa.
Poco antes que pudiese acabar, con ella dándose cuenta, soltó mi herramienta y con cuidado desató mis piernas y luego mis manos.
Mirándome a los ojos en su pobre castellano mezclado me susurró al oído
-“Para mí, te quiero completo…”
Nos abrazamos en un beso interminable, agarré con furia sus nalgas y en un rápido movimiento la di vuelta dejándola de espaldas sobre la cama, levanté sus piernas tomándola por los tobillos y mirándola arrodillado, le puse el miembro sobre los húmedos y carnosos labios de su vulva, ella suspiró. Jugué un rato mientras chupaba los dedos de sus pies con mucha dedicación, saboreándolos uno por uno, Katia seguía gimiendo mientras susurraba levemente unas palabras inaudibles.
Al separar más sus piernas, busqué de inmediato la calidez de su intimidad. Ante ese primer roce al contacto del glande, ella jadeó y buscó mi mirada. Al encontrarnos, comencé a adentrarme lentamente en su interior, fusionándome con su mundo y entregándome por completo a la intensidad de ese momento, la del ingreso a su altar más íntimo.
El ritmo se aceleró de golpe, impulsado por una urgencia que ya no podía frenar. La delicadeza del inicio se transformó en una necesidad profunda y posesiva, cada embestida se volvió más firme, marcada por la fricción intensa y el calor húmedo que nos envolvía. Katia arqueó la espalda, aferrándose con fuerza, y clavando firmemente las uñas en la manta mientras sentía la presión directa y constante de mi rugosa virilidad, firme y completamente expandida, que reclamabe cada rincón de su cofre con una presencia ineludible.
El deseo se volvió desesperación pura.
Sostuve sus caderas con firmeza, hundiéndome en ella con un compás rápido y profundo que no daba tregua. Con cada movimiento, las venas tensas y el grosor de mi miembro marcaban su territorio, llenándola por completo y arrancándole gritos agudos, rotos por la falta de aire.
El sonido de nuestros cuerpos impactando, el roce constante contra su punto más sensible y la mirada fija de Katia, nublada por el placer, transformaron el micro en un torbellino de puro instinto y entrega absoluta.
En un acto de desesperación, Katia cruzó sus piernas firmemente alrededor de mi cintura y me rodeó el cuello con los brazos, atándose a mí para no perder el equilibrio ante la intensidad del placer.
Ese agarre total solo alimentó más el fuego.
Sujetando sus muslos desde las nalgas, con fuerza para abrir aún más el camino, empujé con furia y sin reservas, hundiendo mis generosos centímetros dentro de su intimidad. En ese abrazo desesperado, la fuerza del encuentro nos envolvió por completo, el ritmo del contacto constante marcaba el compás de entrega total.
El descontrol se volvió total cuando Katia alcanzó el límite de su resistencia. Su cuerpo se tensó por completo, y ella se entregó por completo a la fuerza de ese orgasmo devastador que la atropellaba, su intimidad comenzó a contraerse con una fuerza descomunal. Esos espasmos vaginales, rítmicos y violentos, aprisionaron mi miembro con una firmeza tal que dolía, su altar moldeándose al diámetro y atrapándome como a un auténtico prisionero en el centro de su celda. Era como si un puño detuviera mi verga dentro de su conducto apretándolo con furia.
El micro se inundó de gritos rotos y estertores de goce, mientras las contracciones consecutivas e involuntarias la envolvían por completo, desarmando la mujer que era minutos antes y desatando un mar de temblores incontrolables que sacudían todo su ser.
Espoleado por la brutal presión de las contracciones de Katia, no me detuve, al contrario, aproveché la firmeza de ese canal que me aprisionaba para buscar el desahogo definitivo de mi inmensa carga. Cada espasmo de ella actuaba como un imán que aceleraba el final, empujándome a darle embestidas, profundas y cargadas de una urgencia incontenible. Quería fundirme por completo, llenarla hasta el borde de esperma y hacerle comprender, incluso, en medio de su estado de shock y descontrol, la magnitud de semejante acto de posesión y entrega.
El clímax me estalló en el rostro con una fuerza incontenible justo en el fondo de su altar íntimo. Una ola de calor denso subió desde mi centro hasta mi rostro y comencé a inundar a Katia desde lo más profundo, con una carga densa y cálida, mientras me anclaba con pesadez sobre su cuerpo, espasmódico y sin aliento.
Ella, atrapada todavía en las secuelas de sus propios temblores, sintió perfectamente la invasión líquida y la pulsación constante de mi miembro que la colmaba, sellando el encuentro en una unión total donde los cuerpos quedaron fundidos, latiendo al mismo compás, abrazados uno sobre otro.
Yo literalmente…morí…
Caí a plomo sobre el cuerpo de Katia, completamente exhausto, con el pecho subiendo y bajando de forma errática mientras buscaba recuperar el aire que la intensidad del momento me había robado.
Esa inmovilidad pesada, casi como la de un cuerpo inerte y rendido tras la batalla. Katia, lejos de sentirse abrumada por el peso, me recibió con un suspiro profundo, rodeando mi espalda con sus brazos temblorosos en un abrazo protector.
El silencio, solo roto por el ronroneo del motor del micro, se llenó con el sonido acompasado de las respiraciones. La humedad del encuentro empezó a enfriarse lentamente sobre la piel de ambos, pero la conexión seguía intacta, mi miembro, aún atrapado en la laxitud del conducto vaginal de ella, testificaba la profundidad de la entrega.
Katia acariciaba suavemente mi cabello empapado, recorriendo con sus dedos la tensión que empezaba a abandonar mis hombros.
Tras unos minutos de puro letargo, la madre letona rompió el silencio, con su característico acento suave y la voz todavía rasgada por los gritos del clímax, pegó los labios a mi oído para hacer una confesión cargada de vulnerabilidad
-“nunca… nunca nadie me había hecho sentir así mi desesperación “ susurró, entrelazando sus dedos con los míos.
-“En mi país somos reservados, no demostramos, pero tú entraste en mí, y rompiste todas mis barreras, esto no fue solo el placer… sentí que me reclamabas por completo. Me asusta lo mucho que esta familia te pertenece ahora después del día de hoy…”.
Conmovido por la sinceridad de sus palabras, levanté levemente la cabeza para buscar sus ojos, encontrando en la mirada de Katia una mezcla de devoción y alivio, no había rastro de timidez, la sinceridad de la letona había derribado cualquier distancia restante entre ambos.
Mientras, el movimiento constante del micro y el ronroneo del motor servían de fondo para afirmar el final de esta tarde inolvidable.
Justo en ese instante, la cortina del compartimento se deslizó levemente y las niñas interrumpieron con una calidez desbordante. Ellas, que viajaban en los asientos más adelante y habían permanecido en una complicidad silenciosa pero atenta, se hicieron presente con una alegría contagiosa que eliminó cualquier tensión en el ambiente, se tiraron encima nuestro abrazándonos y riendo.
Katia mirándome exclamó riendo
-“¡Tenés que quedarte con nosotros un poco más. Sumate a nuestro viaje, te aseguramos que locura y pasión no te van a faltar ni un solo día !”
La propuesta, cargada de esa espontaneidad tan característica, flotó en el aire del micro.
Katia, con las mejillas todavía encendidas por el clímax reciente, me miró con una sonrisa expectante, uniendo su deseo al de su familia.
Y a decir verdad, rodeado por esa atmósfera de celebración y por el cuerpo aún cálido de la joven letona, comprendí que el verdadero viaje, quizás, apenas estaba comenzando…